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ISLA GORÉE: PATRIMONIO TURÍSTICO DE LA HUMANIDAD DESMEMORIADA
La isla de los esclavos
Frente a la costa de Dakar, se erige isla Gorée, un enclave que portugueses, holandeses, ingleses y franceses emplearon para traficar esclavos hasta el siglo XIX. Hoy, además de Patrimonio Histórico de la Humanidad, la esclavería senegalesa ofrece un aire de lo más turístico: pescadito frito, cervezas frías, panorámicas idílicas y mucho que fotografiar. Por suerte, en las paredes de la Casa de los Esclavos pervive un espíritu negro que canta lo que los blancos olvidan.
Alberto Torres Blandina
albertukituk@yahoo.es
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—Los indios americanos tienen alma.
Esta fue la conclusión del intenso debate teológico que en el siglo XVI mantuvieron Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas.
—Y si tienen alma no pueden ser esclavizados, pues va en contra de los preceptos cristianos.
España se encontró entonces con un problema logístico. Sin esclavos era imposible mantener aquel imperio en el que nunca se ponía el sol.
—Pues esclavicemos a los negros.
Problema resuelto. Como era sabido por todo cristiano, los negros carecían de alma. Así acabó el único debate planteado sobre la esclavitud durante la conquista y construcción —destrucción— de América. El resto de naciones ni siquiera pensó en hacer un debate.
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Isla Gorée es una diminuta isla frente a la costa de Dakar que durante siglos sirvió de esclavería. Portugueses, holandeses, ingleses y franceses utilizaron la isla para el tráfico de esclavos. Allí almacenaban y subastaban a los africanos, que eran hacinados posteriormente en los barcos que salían hacia América. Hoy en día es un lugar precioso —declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1978— con casas bajas de aspecto colonial, pintadas de colores vivos y adornadas con plantas y flores. Aguas cristalinas donde darse un chapuzón. Niños deseosos de posar para después verse en la pantalla de la cámara digital. Interesantes mercados de pintura y artesanía al aire libre. Búnkers militares reconvertidos en curiosas viviendas y unas vistas geniales del skyline de Dakar. Resumiendo: un lugar inevitable para el turista. Uno de los pocos lugares de Senegal donde se puede comer en buenos restaurantes, alojarse en hoteles con encanto, comprar obras de artistas locales, visitar museos sobre el país y pasear tranquilamente.
Pero su atracción principal es la visita a la esclavería.
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La Casa de los Esclavos es mucho más pequeña de lo que esperaba. Paseo por varios cuartos de piedra verdosa, algunos tan pequeños que apenas cabemos tres turistas occidentales sin sentirnos incómodos por haber roto nuestra distancia personal y no tener encuadre suficiente para hacer las fotos.
Apenas caben tres donde cabían más de cincuenta.
Allí embotellaban a los esclavos según su sexo y edad: niños, mujeres y hombres. El peso y la dentadura eran importantes para determinar el precio de venta. Si estaban demasiado delgados los llevaban a la sala de engorde antes de la subasta. Las etnias a las que pertenecían también eran motivo de distinción, pues las características físicas y de carácter de estas determinaban precios distintos. Los yoruba de Nigeria, por ejemplo, eran muy apreciados.
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El mecanismo era muy simple. Los cazadores se adentraban en las tierras del interior, donde apresaban a los nativos sin apenas discriminación. Todos podían ser esclavos con una u otra función y, si no se vendían en las subastas, sólo había que empujarlos al mar para deshacerse de ellos.
Durante varios meses los africanos esperaban amontonados en la Casa de los Esclavos hasta que llegaba el día de atravesar la denominada «puerta sin retorno», una estrecha puerta que da directamente al mar. No tenían permitido asearse ni ir al lavabo. Las mujeres sí. Las mujeres estaban obligadas a estar limpias para que los oficiales pudiesen violarlas. Pero los hombres y los niños debían hacérselo encima. Las enfermedades y epidemias aparecían inevitablemente poco después.
Cuando llegaban los barcos, los esclavos eran subastados y embarcados como si de ganado se tratase, hacinados de tal forma que sólo la mitad de ellos conseguía llegar al Nuevo Mundo. El resto eran lanzados al océano. Esa es la razón por la que Isla Gorée es considerada zona de tiburones.
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En la parte de arriba de la construcción de piedra rosada vivían tranquilamente los mercaderes. Hoy se pueden ver allí paneles informativos sobre el negocio de la esclavitud y sus prácticas inhumanas. También hay vitrinas con cadenas, grabados y otros objetos de la época. El silencio es sepulcral. El lugar infunde mucho respeto y el turista blanco —tan blanco como nunca— no puede más que sentirse culpable por las barbaridades de sus antepasados, por mucho que le escandalicen.
Los paneles dan información de cifras, años y períodos cronológicos. Información muerta, convertida en Historia. Al contrario que las paredes de la esclavería. En ellas todavía palpita el pasado. Decenas de comentarios escritos con rotulador o grabados directamente sobre la pared con objetos afilados recuerdan a las víctimas. Poemas copiados o inventados, citas de Senghor, Martin Luter King o Tagore, gritos de rabia o de solidaridad, improvisadas y emocionantes esquelas. Las heridas siguen abiertas. El dolor todavía permanece ahí.
5,
De pronto se oye una voz grave y potente. Me asomo al patio. Alrededor de un viejo se ha congregado una multitud. No hay blancos entre ellos. Algún turista despistado que no sabe qué ocurre. Yo —por ejemplo— observando desde la barandilla de piedra rosada del piso de arriba tras dos mujeres senegalesas muy atentas. No entiendo el francés, pero suena a discurso político. Entiendo las subidas y bajadas de su voz. Los momentos de calmada explicación y los de encendida emoción. Entiendo las frases de indignación —contestadas con aplausos— y las frases irónicas —contestadas con risas—. Siento que son uno solo. Siento que la Casa de los Esclavos los ha unido en un grito común.
También siento que yo estoy fuera, que aunque entendiese su discurso no podría formar parte de la excitada multitud. Me siento avergonzado de estar allí, de tomar fotos a las celdas con mi cámara digital. De ser un turista de la esclavitud. Un paseo por la esclavería, un par de comentarios sobre la maldad de los mercaderes y al restaurante a pedir pescado frito y una buena cerveza, que el sol lo merece.
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Tal vez nadie me ve como un blanco, como un símbolo de la opresión de su continente. Pero yo no puedo dejar de sentir que mi palidez es tal que brilla, dejándome en evidencia. Debo reconocer que cuando salgo de la construcción me siento más tranquilo. Me pesan pecados que nunca cometí. Ser el otro es siempre una injusticia. Te reduce al estereotipo, te deshumaniza, te convierte en algo que no eres.
Los africanos solían asustar a los niños con el hombre blanco. Si no te acuestas a dormir vendrá el toubab y te llevará. Mucho menos ridículo que los ilusorios hombre del saco o el coco que, a diferencia del hombre blanco, jamás raptaron ningún niño que yo sepa. Y lo maltrataron. Y lo vendieron a un mercader. Y enfermo y hambriento lo llevaron al Nuevo Mundo, una tierra llena de posibilidades, cuna de constituciones, libertades y cheerleaders.
y 7
El concepto de la otredad ha llenado páginas y páginas durante el siglo XX. La visión del otro, los prejuicios, el miedo a lo que no comprendemos, la malinterpretación y el esfuerzo —siempre arrogante— por la uniformación y la asimilación forzosa de las construcciones socioculturales imperantes. Lo triste es que algunas personas —como aquellos esclavos que construyeron América y muchos pueblos indígenas hoy en día— son «el otro» en la tierra de sus antepasados. Son el elemento extraño, que no acaba de encajar en las nuevas normas y, sobre todo, en los nuevos conceptos.
Es necesario ser el otro de tanto en tanto. Penetrar en un mundo cuyas reglas se te escapan, cuyo sistema no te incluye y cuyas gentes —para asimilarte— sólo pueden reducirte a tópicos o elementos simples: varón, blanco, occidental, etc.
En Camboya los niños se acercaban para tocarme, extrañados por mi aspecto y mi piel. En Malí fui el causante de los lloros de algún bebe y del miedo de una niña que se escondió tras las faldas de su madre. Pero no sólo los niños me veían como una rareza. Los adultos me observaban con desconfianza, no sabiendo muy bien a qué atenerse, cómo reaccionaría ante pequeños estímulos. Preguntándose qué pretexto me había llevado allí y cuáles eran mis verdaderas intenciones. Exactamente igual que hace occidente al ver un inmigrante paseando las calles de su ciudad.
En aquella esclavería me sentí el otro. Entre las pieles negras y brillantes mi palidez de larva resaltaba todavía más. Me convertía en un extraño, en una figura discordante, en la pieza perdida de otro puzle.
Espero haber aprendido algo de la experiencia.
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