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INVITACIÓN AL VIAJE
Walenski toma el micro par ir al centro
Luis Gusmán
«Puteríos y chatarra», dijo Walenski en voz baja para que no lo oyera el resto de los pasajeros, mientras desde el micro miraba la avenida Calchaquí.
Atrás iban quedando las fábricas abandonadas que parecían esqueletos brillando de forma extraña. El calor levantaba el alquitrán del asfalto y se podían ver marcas de pisadas cuyas huellas iban haciendo un camino negro.
Detuvo su mirada en una edificación sencilla, pintada de blanco, que sólo por una pequeña cruz en lo alto se podía advertir que se trataba de una iglesia.
Después de mucho tiempo, se persignó. Lo hizo sin darse cuenta, como si una antigua costumbre hubiese retornado de pronto para tomar primero su cuerpo y después su alma. Tuvo un asentimiento de reconciliación con el mundo. Observó con piedad a una vieja que cruzaba la calle con la bolsa de las compras y se sobresaltó cuando el micro estuvo a punto de pisar un perro que atravesó la ruta. Estar vivo le produjo un sentimiento de felicidad. Respiró hondo y se avergonzó cuando notó que había suspirado.
Desde que el país estaba otra vez en democracia, su vida sexual había cambiado. Una o dos veces por mes, según su economía se lo permitiese, iba hasta el centro como cliente de una casa de masajes. Con el transcurso de los meses su curiosidad se fue imponiendo sobre cierto sentimiento racista y hasta llegó a acostarse con una japonesa.
En esos viajes leía el diario con suspenso. Comenzaba por la sección Política, salteaba las noticias económicas, se detenía largamente en las policiales, miraba la cartelera de los cines. En cuanto a la sección Deportes, hacía años que había dejado de leerla. A veces, de manera ociosa, se interesaba por el precio de las casas y los automóviles. Finalmente, buscaba el rubro Servicios.
Se dejaba llevar por nombres exóticos o por el afán de acostarse con mujeres de otros países. Mentalmente las iba contando: una rusa, una chilena, una española, una italiana. Buscaba una polaca, pero nunca la encontraba.
La sensación religiosa que lo invadía no le causaba ninguna contradicción con el hecho de ir a acostarse con una prostituta. En su vida, ciertos hechos sucedía por separado, sobre todo el sexo. Únicamente en su oficio se podía decir que Walenski era un hombre de palabra.
La ruta se hizo más pesada. Miró hacia el camino y vio que un camión frigorífico demoraba el tránsito. Recordó los años que había pasado en un camión igual y un frío le heló los huesos. Hasta le pareció que los hombros se le vencían por el peso de todas las reses que había descargado en su vida. «Nunca pude soportar el olor a carne», dijo y sintió ganas de vomitar. Abrió la ventanilla y el aire y el paisaje lo despejaron.
«Hace mucho que me escapé de la cámara frigorífica, no voy a volver nunca», se dijo Walenski a la manera de un juramento. Quizá porque, a pesar de los años, seguía soñando una y otra vez que entraba en la cámara helada donde una bolsa de arpillera sobre la espalda se convertía en una segunda piel que lo protegía del frío. Comenzó a transpirar y la sensación de calor en el cuerpo lo alivió.
Mientras el camión se perdía en el camio y antes de entrar en un sueño profundo, se vio emergiendo de la cámara frigorífica, y recordó a aquel hombre providencial que lo había iniciado en el deporte de las pesas, oficio que le permitió alejarse de los frigoríficos para siempre.

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