ENTREVISTA A COTI SOROKIN: SOLISTA, PRODUCTOR Y COMPOSITOR ARGENTINO «La música popular
ha
evolucionado hacia un
grado
de frivolidad poco sano»
El cantautor argentino, radicado en España desde hace 5 años, habla de su último disco. De lo que significó para él emigrar. De las diferencias entre la escena en su ex patria y en la actual. Del rock como discurso rebelde pero inherente al sistema. De las opciones de libertad creativa dentro del mercado, y de la falta de riesgo de las propuestas musicales.
Juan Pablo Palladino
juanpabloteina@yahoo.es
Una gira de promoción suele resultar extenuante. Sobre todo si el músico goza de una mínima fama. El rostro de Coti Sorokin (32 años, Rosario, Argentina) lo atestigua a la perfección. Sobran las explicaciones: el desgaste queda patente cuando desciende del vehículo que, junto a su grupo, lo trae procedente de un conocido programa itinerante de televisión de paso por Valencia. Por la noche, Coti tocará allí un par de sus últimos éxitos.
En el café del Hotel Oceanic —un hospedaje de lujo abierto ante la supuesta oleada de turistas ricos atraídos por la Copa del América o la presumible Fórmula Uno de 2008—, desde hace media hora tres medios de comunicación lo esperan para turnárselo. Cuando se sienta, saca un cigarrillo del atado y ofrece otro. Cuando anda, cuando habla, hasta cuando respira, la estrella parece agotada. Quizá sea su forma de ser. Pero resulta imposible desconocer el hastío por tanto protocolo obligado. Casi da pena quitarle un minuto.
Nadie dice que los músicos de cierto caché la pasen mal en las giras. Pero el imaginario popular guarda sólo la parte mitificada de la historia: las lujuriosas fiestas en hoteles y el regocijo de la popularidad. Una imagen ésta, en todo caso, incompleta. Al margen quedan los kilómetros de viaje, las distancias de los afectos, las horas de ensayo, el ritmo frenético poco saludable y, sobre todo, la rutina propia de toda actividad. Esta realidad poco interesa al circo de la cultura —con minúsculas—, más centrado en vender fantasías.
A ese circo pertenecen artistas como Coti. Gente como él simboliza el éxito, aunque más bien sean productos de un negocio lucrativo, estrellas sujetas a la fugacidad del firmamento histérico de las pantallas. Frente al capricho del mercado cultural, a esta clase de músicos sólo les queda defender sus creaciones cuando hablan. Y a ese discurso se aferran con la misma necesidad existencial de justificaciones que cualquier ser humano. Por eso Coti tiene incluso más de un minuto para hablar de su trabajo, amén de que la profesionalidad y los contratos discográficos lo obliguen. Sabe que es el precio que tiene que pagar por haber vendido más de 300 mil copias de Esta mañana y otros cuentos (2005), su tercer disco como solista.
Hace un par de meses publicó el cuarto: Gatos y palomas, un trabajo que registró en los Estudios PKO de Boadilla del Monte (Madrid) y que después mezcló en Buenos Aires, en los Estudios Panda. Con este nuevo disco —y con cinco años ya de residencia en Madrid—, Coti consolida su carrera artística en España, una carrera ésta que complementa sus facetas de productor y compositor desarrolladas desde sus orígenes profesionales en la Argentina. De hecho, músicos como Charli García, Fito Páez, Andrés Calamaro (con cuyos rasgos musicales se lo identifica) o Diego Torres han contratado alguno de esos perfiles.
ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA
El título de tu nuevo trabajo, Gatos y palomas, sugiere polaridad.
Los discos reflejan un momento especial de cada músico. Este disco lo bauticé así porque al terminarlo encontré que tenía un disco polarizado en cuanto a sonido, letras, estilos... Cuando hay rock and roll hay rock and roll y cuando los temas son tranquilos, tranquilidad. Es un trabajo muy variado... Bueno, en mis discos siempre hubo variedad, pero este tiene un universo sonoro amplio.
¿Así te lo habías propuesto a la hora de componer?
Es lo que yo soy. En cada disco me tomo la libertad de hacer lo que siento, no me propongo ir hacia algún lado, como si fuera música programática. Trato de sentirme libre en mis canciones, de hacer letras que me involucran. Lo de «gatos y palomas» es lo mismo que el yin y yan; refiere a la convivencia entre cielo y suelo, a los polos opuestos que se necesitan, que conviven en la naturaleza ciudadana, un equilibrio ecológico urbano. Un equilibrio que tenemos todos dentro internamente: momentos de conexión con la realidad y luego momentos de vuelo, de fantasía, que me parece muy importante seguir manteniendo. Este disco trata de incentivar al público en ese sentido
¿Y ocupar un lugar destacado en la industria musical te permite tener momentos de libertad?
Eso depende de cada uno. Todos los grandes artistas, desde los Beatles en adelante, han pertenecido a la industria de la música. Está en cada uno saber escucharse a sí mismo, mantener su propio sonido y manera de contar. No se trata de acostumbrarse a la industria sino de acostumbrar la industria a uno, de acostumbrar el medio a lo que uno hace; lo cual me parece más interesante, además. Por otra parte, el rock nunca fue fuera de la industria, ¿no?
No, para nada. El rock siempre fue una expresión de rebeldía dentro del sistema, y me parece interesante que así sea. Hay que saber darle a los medios que tenemos dentro de la música popular un sentido propio, el sentido de la rebeldía y libertad que están implícitos en cada uno.
Por ejemplo, trabajando las letras. En tu último disco hablas de temas como la inmigración. ¿Te preocupa que las canciones aporten contenido?
Sí. Pero no sólo contenido sino también formas. A veces el contenido se va trazando a medida que uno hace. El estilo está tanto en el fondo como en la forma. Hay canciones que sólo hablan de amor, pero la cuestión está en cómo lo hagas. Me gusta sentirme libre en ese sentido: tocar los temas que quiero, aunque no estén presentes en la opinión pública, como por ejemplo en el caso de la inmigración. En el debate que existe sobre esto nunca se habla de que la mayoría de los países europeos y americanos están hechos históricamente de inmigrantes y de emigrantes. Y yo compuse una canción que puede ser cantada hoy por un inmigrante americano en Europa como lo pudo haber sido por uno europeo hace 60 años en América. La situación de ambos es exactamente la misma. La inmigración está presente en toda historia, no es sólo de ahora. Hay países que han nacido y crecido a partir de inmigrantes.
En todo caso, el rock refleja subjetividades que trascienden los límites de la industria musical, que van más allá de la comercialización, ¿no te parece?
Creo que sí, siempre pienso que uno tiene que tomar como aliados a las compañías y a los medios de comunicación, y nunca como carceleros. Son mucho más esclavizantes, a veces, las propias compañías independientes, a menos que sea tu propia compañía [se ríe]. Porque si uno se pone a ver, muchas veces los contratos con las independientes son más leoninos que las que puedes realizar con otras más tradicionales, en serio.
¿En qué sentido?
No estoy haciendo un discurso en contra de las compañías independientes, ojo. Me parece que hay gente válida en todas partes. Pero, a veces, quizá por contar con pocos medios, la sociedad con el artista es mucho más fraternal. ¡Pero mucho más, eh!. De llevarle la publicidad, la administración, la producción, etcétera. Y eso, con frecuencia, te termina esclavizando más.
LA OTRA ORILLA
¿Qué te ha aportado emigrar a España?
Muchísimo, conocer otra cultura, meterme en ella, conocer otras formas de trabajar, de vivir. Eso influye en la forma de escribir, de hacer música, de hacer las giras. Hace cinco años que estoy aquí y ya tengo una manera de hacer con mucha influencia española.
¿Encuentras diferencias entre el panorama del rock en Argentina y el de España?
Con el tiempo encontré muchas, no tanto porque haya cambiado el panorama en España sino porque ha cambiado el panorama en la Argentina. Allí el escenario de la música popular se ha vuelto muy rockero, si bien ha sido un país con tradición importante en este género. Hace cinco años, en los medios empezó una oleada rock que abarca desde grupos a sellos. Es muy interesante lo que está pasando, y tiene que ver con los momentos sociales en que vive cada país: la crisis del 2001 generó una reacción en la gente que, por medio de la cultura, y la música en particular, se transmitió en una presencia más rockera, con mayor contenido. En España, al no haber habido ese tipo de crisis se mantiene cierta estabilidad y, por momentos, mayor frivolidad.
Pero esa frivolidad se desprende en la mayor parte de la música popular que se escucha a diario en los medios, ¿no crees?
La música popular ha evolucionado en los últimos tiempos hacia un grado de frivolidad poco sano. Parece que lo único que funciona es repetir fórmulas, falta un poco de variedad, de riesgo, en la música popular. Me consta que hay mucho más de lo que reflejan los medios, sobre todo aquí en España, hay un mundo establecido y otro más under muy diferenciados. Y eso es dañino, es mucho más interesante cuando los polos empiezan a fluctuar, cuando hay un intercambio entre lo que está abajo y lo que está arriba, como ahora está pasando en la Argentina, aunque no siempre haya sido así. O como pasa en Inglaterra o en Estados Unidos, pero no en México.
¿Se trata de una falta de riesgo por parte de la industria, acaso?
Todos somos responsables. Los artistas exitosos o populares tenemos que asumir siempre riesgos, tenemos el deber de hacerlo, y no repetirnos en las fórmulas. Puede resultar bonito e interesante una vez, pero no dos. Yo trato de no dormirme en la comodidad, nunca lo hice. El ejemplo está en la elección de este nuevo single [Canción de adiós] que tiene que ver con un camino. Quise mostrar, más que hacer algo distinto —porque mi estilo sigue siendo el mismo—, que no me tentaba salir con un sencillo de difusión que fuera por el lado de Fue un error. Si bien amo esta canción, y la voy a seguir cantando, no me interesaba salir a competir con ella. Es una parte de Coti, mi mundo es mucho más amplio, por eso intento que no me encasillen.
Ése es el riesgo de vender miles de discos, el encasillamiento por parte del público, ¿no?
Sí, pero está en cada uno saber desafiar los encasillamientos, seguir libre y escapar de las presiones.
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