| ENTREVISTA A ROBERTO FONTANARROSA
«Quisiera ser talentoso, popular y millonario, pero me basta saber que mis libros se venden bastante bien»
En sus 63 años desarrolló una prolífica obra tanto en la literatura como en el humor gráfico. Es autor de doce libros de relatos, tres novelas y decenas de recopilaciones de las tiras que publica en Clarín desde hace más de tres décadas. Aquejado por una esclerosis que afectó sus movimientos, no pierde el optimismo a pesar de haber tenido que dejar de dibujar. Un diálogo con una de las personas más queridas de la Argentina.


El sábado 4 de mayo, Roberto Fontanarrosa estuvo en la Feria del Libro de Buenos Aires. Era una de las últimas jornadas del evento, y la charla —con la excusa de la presentación del 31º volumen de Inodoro Pereyra— fue uno de los eventos más concurridos. Cuando el Negro apareció, previsiblemente, el auditorio estalló en una ovación. Sin embargo, el encuentro del escritor rosarino con su público se debió interrumpir antes de lo previsto: no pudo seguir hablando por un problema en la voz debido a una bronquitis, según él mismo explicó.
Ocurre que, en los últimos tiempos, la salud de Fontanarrosa se deterioró mucho. El creador del personaje Boogie el Aceitoso sufre de esclerosis lateral amiotrófica, que afectó su sistema locomotor. Desde hace unos meses, debe desplazarse por medio de una silla de ruedas. El 14 de enero de este año, una carta suya apareció publicada en la sección Correo de lectores de Viva, la revista dominical de Clarín. El texto es una muestra del tesón y de la fortaleza de ánimo que mantiene aun en el momento más difícil de su vida:
Finalmente, la mano derecha claudicó. Ya no responde, como antaño, a lo que dicta la mente. Por lo tanto e independientemente de que yo siga intentando reanimarla, me veo en la necesidad de recurrir a alguno de los muchos excelentes dibujantes y amigos que tengo para que pongan en imágenes mis textos. (…) Vale este informe a los lectores para que no se sorprendan al advertir que he mejorado notablemente la calidad de mis trazos y mis colores.
LA VOZ DEL INTERIOR
Esta entrevista es fruto de tres diálogos mantenidos por su autor con Roberto Fontanarrosa. El primero data de enero de 2005 y fue por correo electrónico. Los otros dos fueron este año, realizados telefónicamente. El autor habla de su obra, de sus pasiones, de sus amigos y de los reconocimientos.
Si tiene que hablar de sus influencias literarias, ¿cuáles son los primeros nombres que le vienen a la cabeza?
Los narradores norteamericanos: Hemingway, Mailer, Capote, Salinger, los de corte periodístico. Después, muchos; los latinoamericanos. Y Salgari, London, Oesterheld, Boris Vian, Pavese, etcétera, etcétera.
Su obra se inscribe dentro de cierta tradición de la literatura norteamericana: publica muchos libros, con muchos cuentos cada uno, y siempre son textos donde «pasan cosas», que parecen privilegiar la acción por sobre la forma. ¿Está usted de acuerdo?
Alicia Quino (Alicia Colombo, esposa del humorista gráfico Joaquín Salvador Lavado, Quino) dice que yo escribo como un historietista: imagen, acción y diálogo. Trato de escribir cosas que me gustaría leer, que me puedan atraer como lector. Casi nunca profundizo sobre la personalidad de los personajes, procuro que se muestren a través de lo que dicen y lo que hacen. Intento, en lo posible, conseguir una situación de conflicto y de allí parto. Encontrar una historia que me gustaría contar a mis amigos. Y no cuento experiencias personales dolorosas, prefiero no echarle a nadie el fardo de mi catarsis. Por eso no seré nunca un escritor muy profundo, ni visceral.
Hay quien divide a los escritores en dos grandes grupos: los escritores que leen y los lectores que escriben. ¿Usted dentro de cuál de los dos grupos se considera?
En los dos, obviamente. Es muy difícil que uno se sienta impulsado a escribir si no se ha entusiasmado con la lectura, previamente. Pienso, por otra parte, que la lectura es imprescindible para el escritor, como escuchar música lo es para el músico. Leer me realimenta y me dispara ideas. Aunque ahora no estoy leyendo casi nada de ficción, sino informes periodísticos, biografías, reportajes. Supongo que necesito más información que estilo.
CÁNONES, POLÉMICAS Y ACADEMIAS
¿Le interesan las polémicas literarias?
No frecuento a muchos escritores. Por eso, quizás, me llevo bien con todos. Suelo encontrarme con Juan Martini, o con Sasturain, lo hacía con Soriano. Pero seguramente no escribiré una Carta Abierta cuestionando el estilo de Tolstoi, por ejemplo.
¿Qué lugar cree que usted ocupa dentro del canon de la literatura argentina?
No lo sé. No me desvela, tampoco. Lógicamente quisiera ser, por ejemplo, como los Beatles: talentoso, popular y millonario. Me basta saber que, dentro de un mercado acotado, como el nuestro, mis libros se venden bastante bien. Porque yo no publico para mí, quiero que mis libros lleguen a muchos lectores.
Usted declaró que no leyó los clásicos. Que no leyó, por ejemplo, el Quijote. ¿Cree que eso lo limita o lo ha limitado en algo?
Sí, es cierto que leí muy pocos clásicos. Pero ojo, que lo entiendo como una falencia mía: no lo expreso para levantar una bandera reivindicatoria de la barbarie. Aún estoy a tiempo de leerlos, siempre que cuando empiece a hacerlo, no me aburran. A los 60 años, cuando el tiempo por delante ya no parece infinito, el aburrimiento es un pecado.
Se cuenta que Osvaldo Soriano sufría por la falta de aceptación por parte de «la Academia». ¿Usted cómo vive esa situación?
A mí la única «academia» que me preocupa es Rosario Central… Por supuesto que me gustaría que todo el mundo dijera que soy extraordinario pero, repito, me conformo con que mis libros sean leídos por bastante gente. Por otra parte, me paso todo el día pensando los chistes para Clarín y las tiras de Inodoro Pereyra. Luego, en la formación de Central para el domingo. No tengo demasiado tiempo para preguntarme ¿quién soy, adónde estoy, adónde voy? Es extraño que al Gordo le inquietara eso. Él tenía lo más importante: el cariño de sus lectores.
¿Cree que usted y su obra continuaron el camino de Soriano, o que ocuparon el lugar que él dejó?
No… Ojalá yo pudiera tener la repercusión que ha tenido el Gordo con su literatura. Pero mi visión es muy parcial y eso es algo que habría que preguntárselo a los lectores. Ojalá, te repito, mi literatura pudiera tener la trascendencia y el arraigo popular que tuvo el Gordo. Yo no puedo medir eso.
LOS RECONOCIMIENTOS
¿Para qué sirvió el Congreso de la Lengua de Rosario?
Sirvió para poner en el tapete el tema del idioma, que todos hablamos y en el cual nadie repara, que para eso sirven esos congresos. A la ciudad le elevó considerablemente la autoestima, porque nos demostró a los rosarinos que éramos capaces de organizar un evento así y dio la casualidad de que todo salió muy bien. Revitalizó el orgullo de la ciudad. Y a mí me dio una inusual exposición mediática. Y me dejó un bolsito muy lindo, azul, para colgar en el hombro, que le regalaban a todos los participantes y que sigo usando.
¿Qué significó para usted haber sido elegido para cerrar el Congreso?
Para mí representó una sorpresa, una distinción y una responsabilidad. Confieso que me agarró un cagazo considerable.
En los últimos tiempos, los homenajes al Negro Fontanarrosa se multiplicaron. El 6 de febrero del año pasado, sus amigos le hicieron una enorme fiesta en la calle, frente a su casa, cuando él regresó luego de ser premiado en el Festival de Cartagena. Después, el 27 de abril, el Senado de la Nación le entregó la Mención de Honor Domingo Faustino Sarmiento, en reconocimiento a su vasta trayectoria y a sus aportes a la cultura de este país. Las piezas de teatro basadas en obras suyas inundan la calle Corrientes y Canal 7 emite un ciclo de unitarios también inspirados en sus cuentos. En febrero, Rosario Central presentó su nueva camiseta, que incluye la imagen del personaje que, a pedido, el Negro creó como mascota: Canaya.
Quizás la más importante de todas las manifestaciones de cariño y admiración que el Negro está recibiendo sea el blog Fontanarrosa con F de fútbol. El Museo de la Caricatura Severo Vaccaro y el Museo Itinerante de Humoristas Gráficos convocaron a casi 200 dibujantes de todo el mundo para realizar trabajos relacionados con el argentino. ¿El resultado? Obras que se van subiendo, de a tres por día, en esa bitácora en Internet.
Pero el Negro es reticente al momento de hablar de su enfermedad. «No quiero hacer de esto un motivo de publicidad», dijo en una entrevista de febrero de 2006. En otra, de unos meses después, sí fue más explícito. Le preguntaron cómo reaccionó cuando le diagnosticaron la enfermedad. «Fue muy bajoneante y muy angustiante», dijo, «son enfermedades raras, todo es muy experimental y paulatino, entonces uno va ajustando el bocho. A veces, digo: ¿cómo carajo puede ser que esté así, en silla de ruedas y no pueda ni caminar cuatro pasos? Llega un momento en que lo asumís».
¿Cómo hace un tipo de su oficio para asumir que una enfermedad que ya no sólo no lo deja caminar sino, tampoco, dibujar? El gran secreto, seguramente, es no perder el buen humor a pesar de las malas noticias. Para, por ejemplo, advertirles a sus lectores que no se asombren por encontrar mejores sus dibujos cuando ya no estén hechos por él… Una cosa es segura: para mantener ese espíritu no hay fórmulas. O quizás una sola: las intenciones de seguir viviendo.
¿Tiene pensado editar sus Cuentos Reunidos aquí, como ya hicieron en España?
No sé si harán una antología de cuentos como hizo allá Alfaguara. Es posible, pero son volúmenes que suenan a obra póstuma: Fontanarrosa: su obra. Y no tengo agendado morirme en estas dos próximas semanas…
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