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EL NOVELISTA Y LAS NOVELAS: EL REALCATOLICISMO NARRATIVO DE MANUEL GÁLVEZ
El peligro de tomarse demasiado en serio a uno mismo
Manuel Gálvez nació poco antes de que acabase el siglo XIX y vivió lo justo para ver el Boom del 62. Escribió 30 novelas, varios biografías famosas y militó en la novela realista con voluntad de hierro: ¡que vivan Galdós, Baroja, Zola y, Tolstoi!, ¡que se mueran Faulkner, Greene, Flaubert y Kafka! Lo malo —o lo mejor para los lectores con buen humor— es que también militó en la «novela católica». Una lectura desopilante para escritores y lectores contemporáneos.
Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

El novelista es un hombre normal. No podría serlo de otro modo, pues su oficio consiste en manejar hechos reales y en hacer revivir la realidad. Si no fuese normal, vería el mundo falsamente. No sé de ningún verdadero novelista que haya sido borracho, o vicioso en materia sexual, o dedicado en exceso a las mujeres. Ni menos, aficionado a las drogas.
(El novelista y las novelas, 1959).
Manuel Gálvez concibió este libro de ensayos con seriedad... O al menos eso espera el lector de un intelectual que fundó el PEN Club de Buenos Aires en 1930, que perteneció a la Academia Argentina de las Letras desde 1931 y que obtuvo el Primer Premio Nacional de Literatura en 1935. O que intercambió con asiduidad opiniones literarias con Stefan Zweig, Horacio Quiroga y Leopoldo Lugones. Quizá El novelista y las novelas gozara de cierta pátina de seriedad a mediados del siglo XX, cuando este prolífico autor de 30 novelas lo publicó; en 2007, sin embargo, solo puede leerse como una desopilante obra digna de Boris Vian. Y es que de tan en serio como se toma este «hombre normal» a sí mismo, termina convertido en un humorista casi genial.
Este verdadero novelista —asexuado, abstemio y virgen de todo opio— es de esos fundamentalistas que luchan a capa y espada contra cualquier cambio en la sacrosanta novela decimonónica. Para él no hay vida en este género si no es al amparo de Tolstoi, Zola y Galdós, no hay esperanza si no se torpedea antes a los infieles renovadores de la época, esto es, Faulkner, Dos Passos o Graham Greene. De hecho, este ultratolstoigaldozolista profesa con tal ortodoxia su credo, que su máximo desvío programático consiste en mostrarse comprensivo con las 32 páginas que Tolstoi le dedicó a la agricultura rusa en Guerra y paz. Eso. No más que eso. El resto de El novelista y las novelas es casi pura cacería contra cualquiera con ánimo de modernizar la literatura o de salirse de las lindes del realismo.
SIN PELOS EN LA LENGUA
Porque otra cosa no, pero este escritor antilicencioso y antivicio parece estar de safari mientras escribe. Y eso —la pólvora gastada a mansalva contra tanto tigre, hipopótamo y cervatillo literario—, para qué negarlo, se convierte en uno de los grandes alicientes del libro. Nadie lo arredra: la cabeza de cualquier escritor puede acabar colgada y disecada en el salón de sus páginas. Según él, André Gide «acabó de demostrar, en ese libro [Los monederos falsos] cómo nada tenía de novelista». De John Dos Passos, señala que, al eliminar este las acotaciones del narrador en los pasajes dialogados, «no logró otra cosa que escribir novelas ilegibles». De Faulkner opina que ¡Abasalon!, ¡Absalon! sería «ininteligible si no hubiese al final una lista de los personajes, con el parentesco entre ellos» y que esa novela es «incomprensible y aburridora», mala técnicamente «aunque sea originalísima y su autor haya obtenido el premio Nobel». Para otro premiado en Oslo, Anatole France, deja el siguiente recadito: «escribió en perfecta prosa novelas sin vida». Y así, bayoneta en ristre, este Guardia de Corps del Realismo ensarta y achura incluso a Kafka y a Flaubert. Del primero dejó escrito: «cierto que Kafka es lo más moderno que existe, pero ¿es Kafka un auténtico novelista?». Y al segundo lo tildó de anacrónico: «El concepto de Flaubert, dogma de mi generación, hoy resulta anticuado». Desde luego que de tímido Gálvez tuvo poco. Pero de visionario, bastante menos.
Claro, que una biblioteca según el canon del normalísimo Gálvez (Paraná, 1882 - Buenos Aires, 1962) aburriría a más de uno. Tan claras como sus fobias —los homosexuales entre ellas— son sus filias. Así, la Argentina la resume en Hugo Wast y en Eduardo Mallea; España, en Baroja, Galdós y Pereda; en Portugal sólo existe Eça de Queiroz; en Francia las cumbres son Proust —aunque con matices—, Stendhal, Zola, Goncurt y Balzac, y en Alemania, novelas son las de Goethe, Werfel y los hermanos Mann... Y ya está; porque lo demás, a pesar de correr el año 59, es silencio.
Pero silencio del de verdad. De hecho, resulta curioso repasar a quiénes no cita: Carpentier, García Márquez, Carlos Fuentes, Bioy Casares, Marechal o Cortázar... Y así, una larga lista de jóvenes y no tan jóvenes realidades del momento. Muy impresionante, que decía algún cronopio, sobre todo porque no tiene empacho en alabar a Cela, a Carmen Laforet —tan de moda ahora que premiaron el plagio de Sergio di Nucci— o a José María Gironella tan contemporáneos suyos como los otros. Asimismo, en su escrutinio del género, este hombre tan lleno de verdad no dedicó una sola línea a los padres de la literatura rioplatense: Echeverría, Sarmiento o Mansilla. Y solo una a Cervantes, el manco padre de la novela mundial. Se ve que había mucho efebo, alcohólico, drogón o habitual de casas de lenocinio, quién sabe. En fin, una ecuación rara este Gálvez.
LA REALIDAD TAMBIÉN ES UNA Y TRINA
O más que raro, sesgado. Si la cita inicial ya sería una prueba suficiente para justificarlo, no han de faltar los botones de muestra que hablen del (memorable) delirio novelístico de este casto y sano paranaense. En ese sentido el capítulo 17, dedicado a «La novela católica», es una joya invaluable. Ni siquiera el desternillante Alfred Jarry podría haber escrito con mano más suelta y prosa más limpia pasajes tan reveladores sobre el tema. ¿Que no? Ahí van dos ejemplos.
El novelista católico tiene otra ventaja, que, si no me equivoco, fue señalada por Emilia Pardo Bazán. El hombre que se confiesa ante el sacerdote está habituado a analizarse. Tiene, además, un hondo sentido del pecado y del remordimiento. El novelista católico, en consecuencia, puede llegar a gran altura en lo psicológico, sea que escriba novelas de análisis o no.
Nunca antes el psicoanálisis había estado tan cerca de la sacristía. Y tan inolvidable como ese fragmento, este otro:
Entre los hombres con aptitudes para el género novelesco, pocos tienen tantas posibilidades como el católico. (...) El católico ve todo el panorama de la humanidad, del ser humano; por lo cual su espíritu nunca será limitado ni pequeño. Lo ve desde muy alto, con imparcialidad y pureza. También ve las cosas desde dentro de ellas mismas, porque no se detiene en su periferia. Penetra en su interior, en su alma. El creyente es un hombre de esencias. Lo exclusivamente material, lo secundario, no le interesa. (...) El escritor católico posee un sentido exacto de la humanidad y de la vida.
Evohé, evohé, evohé. Sin duda, este es el mejor Gálvez: un recio señor que escribe sin temor a dividir en dos las aguas con cada oración, convencido como está de que tarde o temprano demostrará que el Parnaso, el realismo y el cielo católico son una misma entidad divina. Ni Ratzinger en estado de trance contra la Teología de la Liberación sería capaz de semejante arenga, de tanto candor sectario, de tanta miopía interesada. En cualquier caso hay que reconocerle a este hombre la valentía para escribir algo como «El escritor católico posee un sentido exacto de la humanidad y de la vida»... Sobre todo después de haber guillotinado en el cadalso a media literatura mundial. Ni Fernando Vallejo se habría animado a ser tan provocativo.
(Por cierto, con razón el libro se reimprimió en 1980, durante la última dictadura militar en la Argentina. Eso sí, en descargo de Gálvez puede decirse que en ese capítulo cita a Thomas Merton y a Juan de la Cruz).
REALISMO A ULTRANZA Y ALGO DE OFICIO
Críticas ideológicas y estéticas aparte, El novelista y las novelas también tiene sus aspectos valorables. A uno le puede caer mejor o peor el realismo católico de Gálvez, pero no puede dejar de reconocerle el oficio que le han dado sus muchas lecturas o las 30 novelas y las varias biografías —Rosas, Irigoyen y Sarmiento— que publicó. Aunque solo sea por eso, el libro tiene interés. Es más: aquí y allá, hay reflexiones válidas y vigentes sobre determinados problemas narrativos habituales. Así, por ejemplo, Gálvez se siente molesto porque los lectores confunden al narrador con el autor, señala las dificultades de escribir una escena con más de 3 personajes o explica cómo lograr una prosa vigorosa y firme, pero sin caer en el preciosismo (¡afuera los lugares comunes, las frases hechas, las palabras poco significativas, el galicismo inútil y la inoportuna cacofonía!, aconseja). Vamos, que loco del todo no está.
Y culto e instruido es más que muchos. Lee en francés —a Benjamin Constant, por ejemplo— y en inglés —a Joyce, sin ir más lejos—, está al tanto de la renovación que suponen coetáneos como Freud o Einstein y filosofa a ritmo de Bergson. Asimismo, salta con tanta familiaridad entre nombres como Thibaudet, Mauriac o Bourget, que da la sensación de conocer mejor la literatura francesa que la hispanoamericana. De hecho, gran parte de la bibliografía está en ese idioma, incluida la correspondencia del anacrónico y escritor de «novelas estáticas» Flaubert. Y hasta sigue de cerca casi cualquier libro sobre el arte de escribir novelas; de ahí que referencie incluso Aspects of the Novel de E. M. Foster, un clásico hoy. En fin, intachable en ese sentido este «hombre normal». Lástima que en casi todos los otros estuviese como un cencerro... O no. Mejor así, porque gracias a su católico «sentido exacto de la humanidad y de la vida» logró que El novelista y las novelas sea una lectura divertida, desenfrenada y surrealista. Como escribiría el autor: casi está dicho: hay que leer este libro.
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