Invitación al viaje

¿Hacia dónde, amor?


Viajeros

La Tierra como partitura musical

Itinerarios

¿Español?: ¡Hola hola Coca Cola, amigo! (tráfico de diamantes en Jaipur)

Tres maneras de viajar, tres maneras de ser extranjero

Canciones nómadas

Crónicas de viaje, una meditación a piano de Eo Simón

 

 

UN VENEZOLANO EN PAKISTÁN, UN JAPONÉS EN ESPAÑA, UNA ESPAÑOLA EN GUATEMALA

Tres maneras de viajar, tres maneras de ser extranjero

 

Un ciclista sudamericano salvado a los pies de la cordillera de Karakoram por un atlas escolar, y no por un pasaporte. Un estudiante asiático que aprende español para purgar penas a golpe de Luis Miguel. Una chica europea cautiva de ser pelirroja y de vestir vaqueros en tierra maya. Tres extranjeros y tres países en el punto de mira de un cuarto en discordia, el autor del artículo.


Alberto Torres Blandina
albertukituk@yahoo.es
Foto:Cristina Górriz

 

EL VENEZOLANO INEXISTENTE
Karakoram, verano de 2006.Había cruzado China en bicicleta. Desde Beijing hasta la frontera de Pakistán, donde lo retuvieron durante dos días porque no creían que Venezuela fuese un país. A los policías fronterizos les pareció una broma aquel extravagante nombre que jamás en su vida habían escuchado: Venezuela. Así que allí tenemos al joven ciclista, en un pequeño pueblo a los pies de la cordillera de Karakoram, intentando convencer a dos pakistaníes cabezotas de que su pasaporte no es falso.

El pobre viajero ya estaba a punto de cambiar su ruta y pedalear hacia la India cuando uno de los funcionarios tuvo una idea. Se levantó de la silla, se acercó a la puerta y llamó a un chaval que estaba en la calle. Le dijo unas palabras en urdu y el chaval salió corriendo. Varios minutos después aparecía una niña pequeña con un viejo Atlas geográfico. Se lo entregó a los policías y estos lo abrieron sobre la mesa, haciéndole gestos al ciclista para que se acercara. Este buscó un mapamundi en las amarillentas páginas y señaló su país. Los hombres hicieron un gesto de asentimiento y comenzaron los trámites fronterizos.

—Welcome to Pakistan.

La niña volvió al colegio con el atlas entre los brazos, sin saber muy bien qué había pasado.

EL JAPONÉS QUE ADORABA A LUIS MIGUEL
Valencia, primavera de 2001. El honor —y su correlato: la vergüenza— es uno de los sentimientos más desarrollados por los japoneses. Yukitaka había llegado a España para estudiar castellano y yo era su profesor. Según me contaba en nuestras largas conversaciones a 20 euros la hora, aquellos que se quedaban sin empleo se encerraban en casa de sus padres para que nadie los viese. Estos, en lugar de animar a sus hijos a salir, les compraban una videoconsola y aceptaban mantenerlos en secreto. A veces durante años.

También me contó que en los hoteles de Kyoto no dejan a las mujeres alojarse solas. Según decía, Kyoto es el lugar donde van a morir las mujeres despechadas que, incapaces de soportar la vergüenza, se tiran al río o se suicidan en solitarias habitaciones de hotel. Yo pensaba mientras tanto en los kamikazes o en el ritual del hara-kiri y me decía que a pesar de sus ropas, sus ipod y sus pelos modernos no habían cambiado tanto.

Yukitaka estaba en España porque había sido despedido. Incapaz de quedarse en Japón como parado había decidido irse al extranjero a aprender otro idioma. Eligió el español porque su luchador de lucha libre favorito siempre salía al ring con un bolero de Luis Miguel que le encantaba. Tras seis meses de estudios por España e Hispanoamérica volvería a Japón donde sus amigas le iban a preparar una gran fiesta a la que invitarían a todas las mujeres solteras que pudiesen conseguir. Y es que ya tenía 30 años y seguía soltero, me decía ruborizándose, y cuando eso ocurre la solución es una gran fiesta de solteras. Me lo imaginé en el karaoke, subiéndose las gafas y cantando un bolero de Luis Miguel ante decenas de novias futuribles.

—¿Funcionará? ¿Encontrarás una chica? —preguntaba yo, escéptico.
—Oh, sí, siempre funciona. 

UNA PELIRROJA ENTRE LOS MAYAS
Quetzaltenango, invierno y primavera de 2004. Cristina pasó seis meses entre los indígenas maya mam del altiplano de Guatemala. Alta, delgada, pelirroja y vestida con unos vaqueros, los aldeanos no sabían muy bien cómo tratarla. Normalmente la trataban como a un hombre: tenía prohibida la entrada a la cocina y era bienvenida en las asambleas. Vivía con la familia de la señora Juana — que no hablaba castellano, como el resto de mujeres de su edad— y dormía con dos de sus hijas. Ambas se llamaban Micaela. Cuando cogía el autobús todos los conductores la llamaban gringa y querían timarla. Le mentían en el precio del billete y se negaban a cobrarle lo mismo que al resto de pasajeros, a pesar de que todos los días hacía el mismo trayecto. Ella los miraba entonces muy seria y les decía: Mentir es pecado. Muchas veces era suficiente para que agacharan la cabeza y le dieran el cambio exacto. 

Un día, una hombre de la aldea le preguntó de dónde era:

—De España.
—¿Eso está en Estados Unidos?
—No. En Europa.

Intentó situar Europa en su cabeza. No sabía exactamente donde se encontraba, pero sabía que estaba muy lejos.

—Claro, por eso hablas tan mal español —respondió al fin.

Siempre que Cristina habla de sus días entre los maya mam, se emociona y describe una y otra vez la generosidad y amabilidad de este pueblo campesino y profundamente religioso, evangelistas al tiempo que guardianes del volcán sagrado de Chicabal. 

Sin embargo, en Ciudad de Guatemala, las cosas son diferentes. La capital del país está considerada una de las ciudades más peligrosas del mundo. Cristina evitaba acercarse después de sufrir un intento de agresión, que por suerte acabó bien para ella. Me contaron en otra ocasión que una turista de Madrid entró a un cementerio de esta ciudad a fotografiar las lápidas. Se arrodilló, comenzó a enfocar y antes de que pudiese hacer la foto un cuchillo se le clavaba en el costado. Alguien le arrancó la cámara de un estirón y salió huyendo. Lo último que vio antes de morir fue a una anciana llorando, rogando a Dios entre lágrimas que se apiadara del alma de aquella chica. Un alma que al parecer no valía más que una cámara de fotos.

 

Arriba