Dejar la tierra de uno nunca es una decisión fácil. En muchos casos, la decisión de quien emigra está relacionada con la esperanza de lograr un futuro mejor para sí mismo y para los demás miembros de la familia. También con buscar una mejor calidad de vida, más libertad, una sociedad democrática y más oportunidades profesionales y económicas.
Así, la inmigración está relacionada con el sueño de hacer de la nueva tierra un lugar que pueda ser llamado «hogar». Pero esta transición no está exenta de dificultades. La mayoría de los inmigrantes debe enfrentarse con los desafíos que implican las demandas de la sociedad a la que llegan. El estudio —aún en desarrollo— El proceso de aculturación de un grupo de mujeres latinoamericanas en Australia refleja muchos de esos obstáculos. Pero también descubre las razones de por qué estas mujeres, entre 45 y 60 años, y pese a vivir desde hace 30 años —en promedio— en Australia, todavía no consiguen sentirse parte del país.
Si ya es difícil ser inmigrante, más todavía es ser mujer e inmigrante. Así lo afirma, por ejemplo, Silke Staab, autora de varias investigaciones sobre ese tema: «en lo que respecta al género, la mujer migrante se encuentra con múltiples formas
de discriminación, en donde factores de clase, raza/etnia y estatus legal se combinan con su estatus de mujer» (1). Además, cuando la migración femenina ocurre como parte de una reunificación familiar o como «esposas dependientes» de sus maridos, su estatus oficial en el nuevo país puede limitarlas a la hora de acceder al mercado de trabajo y a los programas sociales y de salud. Como sugiere la hipótesis de la «doble carga», en el caso de muchas mujeres inmigrantes, la posibilidad de trabajar significa un factor de sobrecarga si es combinado con las responsabilidades domésticas y familiares.
En el caso de este estudio sobre las mujeres latinas en Australia, los motivos y circunstancias por los cuales estas han decidido emigrar son variados. La mitad de las consultadas han escapado de dictaduras militares, y las restantes emigraron principalmente para buscar bienestar económico. Las participantes de esta investigación son de Chile, Argentina, Uruguay, Perú y Colombia, en su mayoría provenientes de capitales y al menos con estudios secundarios completos. Algunas de ellas han seguido estudios universitarios tanto en sus países de origen como en Australia.
EL GRAN PROBLEMA DEL IDIOMA
La principal gran dificultad con la que estas mujeres se enfrentaron al llegar a Australia estuvo relacionada con el inglés. A pesar de que algunas de ellas había estudiado algo antes de emigrar, la realidad diaria en Australia les impuso muchas limitaciones.
Muchas de estas inmigrantes se vieron forzadas a buscar trabajo inmediatamente después de llegar a Australia y, si bien varias de ellas intentaron estudiar el idioma, los esfuerzos no siempre dieron los resultados esperados. Y, como suele ocurrir con los inmigrantes sin un dominio total del idioma, obtuvieron trabajos poco cualificados y mal remunerados (costureras, empleadas de fábrica o de limpieza). Estos ambientes de trabajo no solo limitaron sus posibilidades de contacto con el idioma, sino que algunas sufrieron fuertes traumas físicos y psicológicos.
Incluso habiendo alcanzado un alto nivel de conocimiento y uso del idioma, las dificultades relacionadas con él no se acaban. El inglés representa hasta hoy la primer carta delatadora de que «No son de aquí». Hasta en casos en que el conocimiento del idioma ya no constituye un problema, el acento que todavía mantienen las separa de las personas locales.
Esto, a veces, las ha puesto en un peldaño más bajo al intentar conseguir trabajos o han sido confundidas con empleadas de limpieza en donde eran, de hecho, profesionales del lugar.
La mayor parte de ellas ha pasado por experiencias de discriminación o de racismo por su condición de inmigrantes. Si bien se trata de un país habituado a los inmigrantes y donde conviven múltiples culturas, parece que el peso de la antigua política de inmigración conocida como Australia blanca continúa ejerciendo gran influencia en el ideal subjetivo de lo que significa ser australiano.
LA LATINIDAD COMO VÍNCULO
Todas las mujeres de este grupo han hecho pareja o están casadas con latinoamericanos. Aunque un tercio de estas mujeres ha emigrado a Australia con su pareja, las restantes también han buscado hombres que compartan con ellas el mismo bagaje cultural e ideológico. Como una forma de preservar «lo de uno», estas personas han formado familias latinas en Australia en cuyas casas reina el español y donde el inglés casi no lo permiten hablar.
«El idioma español». Esto es lo primero que respondieron todas cuando se les preguntó sobre los valores o tradiciones que
buscaron preservar en su vida familiar en Australia. Además del idioma, las mujeres han sido importantes vehículos de la cultura latina para sus familias en Australia. La música, la comida y las reuniones con familiares y amigos en fechas tradicionales como Navidad y Fin de Año también fueron factores muy resaltados.
Ser inmigrante en Australia une a estas personas en un gran grupo que borra límites geográficos y que los engloba en una amplia cultura «latina». Aquí todas estas mujeres y sus familias se identifican como «latinos», como si fuese una forma positiva de diferenciarse de la tendencia más británica de comportamiento personal y social en Australia.
Otro hallazgo fue la constatación de que el grupo social de amistades de estas mujeres está integrado esencialmente por latinos. Estar «entre los nuestros y hablar de nuestras cosas», como una de las participantes comenta, parece esencial para mantener valores étnicos y culturales, dando así más sentido a una vida social y laboral con ciertas contradicciones y limitaciones. (En ese sentido, conviene recordar las grandes limitaciones que impone el dominio limitado del idioma inglés para el establecimiento de relaciones sociales más íntimas con personas que no sean de habla hispana).
Estas circunstancias han provocado que estas mujeres consiguieran adaptarse al ritmo de vida y a las exigencias laborales encontradas en Australia, pero no que lograran sentirse parte del país. El proceso de inmigración para ellas ha sido causa de sufrimiento, luchas y conquistas, pero sobre todo de crecimiento personal ante las dificultades presentadas.
Con todo, se consideran felices y satisfechas de haber emigrado. Y reconocen que no regresarían a sus países de origen, aun cuando la referencia de su «lugar en el mundo» siga al otro lado del planeta.
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