ENTRE EL PAÍS REAL Y EL IMAGINADO: EL REGRESO DE QUIENES EMIGRAN A SU LUGAR DE ORIGEN
Claudio era un brillante sociólogo, un analista nato y un lector compulsivo; uno de esos tipos raros que engulle con los ojos cualquier cosa que le caiga en las manos, y que puede saltar de Alain Touraine a Gilles Lipovetsky o al anuncio del supermercado con la misma facilidad que alguien cambia con un dedo el canal de televisión. No obstante, y a pesar de ese afán, después de vivir cinco años fuera de su país, Claudio sólo sabía dos cosas. Sabía que todas las preguntas contienen una respuesta y que todas las mentiras incluyen una verdad.
Lo fue descubriendo de a poco, en el transcurso de ese tiempo de exilio. Primero, como una intuición, más adelante como un hecho probable y, finalmente, como una certeza:
Cada vez que alguien formula una pregunta, te está dando información. Te hace saber lo que desconoce, te descubre su ignorancia, te señala sus intereses y te enseña su visión del mundo. Es una suerte de axioma aplicable a casi todas las cosas, sin importar su complejidad. Digamos que alguien se acerca y te pregunta qué hora es. Con ese gesto tan simple, tú conoces lo que la persona desconoce; ahora sabes que no sabe la hora. Pero también sabes que está interesada en el tema, que el asunto del tiempo le importa y que, probablemente, tenga algún compromiso en breve.
De camino a Montevideo, sentado en una cafetería del aeropuerto de Barajas, Claudio buscaba el ejemplo más plano para explicarle la teoría a su mujer.
¿Recuerdas la semana pasada, cuando fui a la carnicería? El hombre, al oírme hablar, me preguntó si era extranjero. Le dije que sí, que soy sudamericano, y entonces volvió a preguntar: ¿De verdad? Ya sabes que esto ha ocurrido mil veces. La gente no cree que sea sudaca. Sin embargo, aunque sean otros los que formulan esa pregunta, siempre soy yo quien recibe más cantidad de información. Desde el domingo sé que, para el carnicero, no soy el inmigrante tipo y me basta con mirarme en un espejo para conocer cuál es la imagen que tiene él sobre la gente de América del Sur. Soy alto, soy blanco y tengo los ojos claros. En consecuencia, los sudacas son bajitos, medios parditos y te miran con los ojos negros. Por lo menos, los que residen en el imaginario del carnicero. La cuestión, Teresa, es que no importa la pregunta. Lo que importa es escuchar el enunciado con atención. Si lo haces, obtendrás más datos de los que puedas dar.
El sociólogo continuaba con su disertación improvisada mientras terminaba de comerse un bocadillo de jamón.
En cuanto al otro asunto, ese de la mentira y la verdad, podría parafrasearte un refrán: «Dime con qué engañas y te diré qué necesitas». O: «Dime sobre qué mientes y te diré qué cosas sueñas» O, también, «Dime a quién le mientes y yo sabré cuáles son tus miedos» Lo que intento decir es que, más allá del calibre de la mentira —o precisamente por él—, siempre podrás sacar algo en limpio, algo cierto. Si mientes sobre tu edad, como hiciste cuando nos conocimos, yo puedo saber que te da miedo envejecer. Sé que necesitas sentirte joven y que, potencialmente, mi opinión te importa. Si yo no fuera un candidato del amor, tú no te habrías tomado la molestia.
La mujer de Claudio sonrió, bebió lo que le quedaba de refresco en el vaso y miró hacia el panel de televisores donde estaba la información de los vuelos. «Ya tenemos que embarcar», le dijo. «Y, para que lo sepas, no necesito sentirme joven. Lo soy», agregó en tono de broma mientras se levantaba de la silla. «Bueno, vale, está bien. Voy a buscar otro ejemplo…», respondió Claudio con el bolso de mano a cuestas, siguiéndole los pasos. «Cuando tenía dieciséis años, una noche llegué tarde a casa y mis padres, por supuesto, estaban despiertos y preocupados. Esa noche había estado con mis amigos tomando unas cervezas, bobeando con las chiquilinas y, para hacerme el machote, fumando. Mi padre me preguntó por qué llegaba tan tarde y yo le dije que Marcelo, uno del grupo, tenía problemas con su hermano y que nos habíamos quedado horas hablando sobre eso. Pero mi madre, que me sintió el olor a tabaco, me preguntó si había estado fumando. Le dije que no, claro. Así que, en menos de cinco minutos, les mentí a los dos. El tema es que, en ese doble engaño, sí existía una verdad: tenía miedo de mis padres, de romper la confianza y, más que nada, de las posibles represalias… que las hubo, obvio, porque ellos no eran tarados. Las parejas también se engañan por miedo, o para no lastimar, o porque temen los posibles problemas y pérdidas derivados de la mala acción. En cambio, cuando Ignacio miente en el bar sobre sus proezas en la cama, lo que en verdad te está contando son sus deseos y necesidades, lo que a él le gustaría ser». «¡Claro, hombre, está clarísimo. Son los sueños de grandeza masculina!», ironizó Teresa y dio por zanjada la ponencia.
VOLVER AL PAÍS
El avión aterrizó en Montevideo, aunque podría haber sucedido en cualquier otro aeropuerto. Y Claudio, que iba en él, podría haber sido también cualquier otro pasajero. Más allá de su profesión, de su historia personal o, incluso, de su nacionalidad, lo que sentía en ese momento no era nada diferente a lo que podría sentir otro inmigrante en el día de su regreso y el minuto previo al reencuentro. Sí, era uruguayo. Y sí, era sociólogo, aunque trabajaba como fontanero. Pero eso no era importante. Ni siquiera su nombre importaba. Tan sólo era un extranjero más de los 4 millones que residen en España (1), uno más que volvía a su tierra después de añorarla durante mucho tiempo y uno más que, como todos los viajeros de ese vuelo, sintió un nudo en la garganta cuando el avión se detuvo en seco.
La sensación era una mezcla de alegrías y de miedos. La ansiedad se notaba en el ambiente y la mayoría de los pasajeros saboreaba ese mismo cóctel. Lógico. Era 30 de diciembre y, al asunto del regreso, se le añadía el factor fin de año. «Si existe algo mejor que volver a abrazar a los nuestros, es hacerlo en esta época de fiestas», pensó Claudio, y no fue
el único. Según los registros de AENA —el organismo español de navegación aérea—, la cantidad de viajeros a Sudamérica aumenta en noviembre y diciembre de manera considerable. Los meses típicos de ocio en Europa, que van de junio a septiembre, son, por el contrario los que registran menor afluencia (2). Claro que, en esa estadística, el clima incide muchísimo y, cuando es posible elegir, difícilmente alguien quiera pasar sus vacaciones a merced del invierno austral.
Pero lo afectivo es más importante. Más que la playa, el sol y el calor. Sin duda, en el momento de comprar el billete aéreo, la idea del reencuentro es más nítida que la necesidad de comprar una toalla, unas sandalias o un bronceador. «Abrazos, sí. Mirar otra vez a los ojos. Tocar a quienes queremos».
Claudio recordó, de pronto, una noticia que leyó en el diario y unas imágenes televisivas que le habían revuelto el estómago. Fue un par de semanas antes, en pleno caos previo al viaje, con su casa patas arriba y las maletas a medio hacer. Fue el 15 de diciembre, si la memoria no le engañaba. Miles y miles de personas como él, extranjeros sudamericanos residentes en España, se encontraron en los aeropuertos con que no podían viajar. Habían comprado pasajes a la compañía Air Madrid, pero ésta suspendió sus vuelos, bajó todas las persianas y dejó varados en tierra a muchísimos inmigrantes. Eran más de 120.000 personas (3) que lloraban y protestaban con sus carritos y sus maletas. Se quejaban ante al mostrador, con los periodistas y decenas de cámaras. Sufrían por el sueño roto. Y ninguna mencionó la playa.
Mientras esperaba hacinado en el pasillo a que se abrieran las puertas del avión, Claudio se aferró a su mujer y, en silencio, dio las gracias. Había estado a punto de comprar los pasajes en esa misma compañía porque los precios eran muy buenos. Si no lo hizo fue porque Air Madrid no tenía ruta con Montevideo. Lo más cercano era Buenos Aires, pero con los activistas de Gualeguaychú cortando los puentes de acceso (4), llegar a Uruguay se perfilaba más como una utopía que como un viaje cansado. Daba igual. Lo fundamental era estar allí, pisar el suelo de siempre y brindar por un nuevo año en compañía de los suyos. Se sintió muy afortunado y siguió dando las gracias en la pista, en la zona de aduanas, en el lobby del aeropuerto y, días después, en su casa.
DOS PAÍSES EN UNO
Durante el tiempo que pasó en Uruguay —cuatro semanas, para ser exactos—, además de tomar buenos mates y paliar a lo bestia su «nostalgia estomacal», Claudio descubrió que existían dos países: el real y el recordado. Mejor dicho, el imaginado. Bien sabía él que la memoria de la gente es selectiva y que funciona como un tamiz. Con el tiempo, el cristal se empaña y deja muchas zonas borrosas que, al final, acaban por olvidarse. Lo primero que le sorprendió fue el elevado coste de la vida. Cuando miraba los precios en cualquier supermercado, después de hacer unos cálculos, se quedaba impresionado por el valor de algunos objetos. A decir verdad, antes que averiguar el resultado de la operación aritmética, más le impresionaba encontrarse a sí mismo haciéndola con total naturalidad. Por alguna extraña razón, 5 años después de haberse ido, repetía el mismo proceso de «calcula por ti mismo el precio de cada cosa». La diferencia es que, en España, tenía que hacer una multiplicación y, ahora, en Uruguay, miraba una cifra y la dividía.
Se sintió raro, un poco traidor por haberse olvidado tanto del sistema monetario. Pero se quedó completamente estupefacto al descubrir que muchos artículos costaban lo mismo que en Europa o que, incluso, eran más caros. Los sueldos no acompañaban. Ya en 2004 el país ofrecía, junto a Cuba, los salarios mínimos más bajos de toda América Latina (5) y ahora había que añadirle el 15 por ciento de la tasa de desempleo.
Descontando a los mayores de su propia familia —muchos con trabajo estable y algunos ya jubilados—, Claudio observó en sus amigos los problemas de su generación. 30 años de edad en promedio. La mayoría, profesionales, bien preparados y con idiomas. La minoría, «currando bien», como diría su mujer, que era española, y casi todos con empleos de mierda, como diría él, que era realista.
No es que España fuera la bomba ni que él tirara mantequilla al techo. La hipoteca bien costaba su migraña y no ejercer su profesión le frustraba. Pero igual, como fontanero, ganaba lo suficiente como para disfrutar de las vacaciones, aportaba a la seguridad social e iba al cine o a cenar si tenía ganas de hacerlo. El coste afectivo era alto, pero existía la clase media. En Uruguay no. Y a él, como uruguayo y como sociólogo que era, esa nueva realidad le resultaba estremecedora.
No existe la clase media, Teresa. De algún modo, desapareció. La gran masa productiva que llamamos «colchón social» se fue polarizando hasta situarse en los extremos. Donde antes había gente, ahora hay un abismo inmenso y las huellas que quedaron no alcanzan a cubrir el hueco.
Se había puesto poético. O filosófico. O las dos cosas. Estaba sentado en un bar, tomándose una cerveza, impresionado y también dolido porque sabía de sobra que la salud de una sociedad reside en el grosor de la clase del centro. Miró por la ventana. Ni dunas, ni costas, ni cerros, ni montañas. No. De todos los paisajes que le ofrecía su país, ese agujero inocultable era el más imponente de todos. El cráter no era reciente, pero se había extendido hasta convertirse en un fenómeno nuevo que no había estudiado en ninguna clase de Geografía y que, ciertamente, no aparecía en ningún folleto turístico. Era cierto que estudios recientes mencionaban el vaciamiento de la población y que los indicadores económicos respaldaban esa tendencia, pero una cosa era leer informes a diez mil kilómetros de distancia y otra cosa muy diferente era ver los efectos allí. El niño que se acercó a su mesa para pedirle las sobras del sándwich no era un número simplemente impreso en un papel de baremo. Estaba a todo color, con la carita sucia, los pies descalzos y el hambre en 3D.
La población, empobrecida y vieja de manera exponencial. No sólo se había ido una gran parte de los jóvenes. Sus hijos estaban naciendo y criándose en otra parte. Mientras España, el país que él más conocía, llevaba una década de rejuvenecimiento social, Uruguay envejecía rápido, quedándose sin dos generaciones. La pobreza, por su parte, tocaba varios aspectos. El primero, en las carteras. El más visible, en la cultura. Si algo había caracterizado a su país, era el nivel de educación de su gente. Los uruguayos siempre se jactaban —y con razón— de su sistema educativo público y sus niveles de alfabetización. Podía venir cualquier crisis, que nunca faltaban doctores. Y podrían no tener ni un céntimo, pero bien que tenían diploma. Ahora, en cambio, lo que había era un profundo deterioro. El país de los intelectuales nostálgicos se deshacía de sus cerebros y utilizaba a los consulados como sala de operaciones. Lo que para unos eran simples fenómenos migratorios, para otros significaba una sangrienta trepanación social.
ESPEJISMOS DE PANTALLA
Sin embargo, no fue allí, sino en las conversaciones más llanas, donde Claudio comprobó sus teorías, aquellas de las preguntas, las mentiras y las verdades. Gracias a ellas pudo saber cuál era la imagen que tenían los suyos de España. Toros, tapas, flamenco y olé. Dinero fácil, trabajo seguro. Una sociedad avanzada que carecía de problemas graves. Todo estupendo y una vida fenomenal. Esa idea, por supuesto, derivaba de la tele. Al menos eso era lo que creía Claudio hasta que coincidió con Julio en un bar. Y con Francisco, en la playa. Y con Matilde, en la farmacia. A todos los conocía desde hacía muchos años. Los dos primeros eran amigos del barrio y Matilde era la madre de una compañera suya de facultad.
Julio y Francisco vivían en España y ahora estaban en Montevideo, igual que Claudio, de vacaciones. La diferencia era que, mientras él iba vestido con una camiseta cualquiera, un pantalón corto y un par de sandalias, sus amigos parecían dos anuncios de publicidad: de la cabeza a los pies iban cargados de marcas. Gafas de envidia, ropita cara y muchos gestos no improvisados que refrendaban su bienestar. Todo ello aderezando con unas cuantas historias fantásticas, ésas que versan sobre el éxito y omiten las partes flacas. «Dime sobre qué mientes y te diré qué cosas sueñas». Claudio recordó enseguida a varios extranjeros residentes en España, gente de varios países que él conocía muy bien. Recordó cómo, de pronto, se mataban todo el año trabajando sólo para volver a sus casas y alquilar un automóvil caro.
«Sólo hay tres clases de extranjeros que regresan a sus países —le había dicho una vez otro sociólogo español: los que fracasan estrepitosamente, los que al final alcanzan el éxito y los que pueden aparentar que lo tienen». Le pareció curiosa la frase, sobre todo por el final, pero ahora lo veía muy claro. Lo que buscaban Francisco y Julio cuando viajaban a Uruguay no sólo era un buen descanso y abrazos con la familia. Querían validación social. Justamente, lo que les faltaba en España. De ahí todas las marcas —que son símbolos de estatus— y todas las historias que repetían sin cesar. De ahí que Matilde, la madre de su amiga, le contara maravillas sobre la vida de Sara en Valencia; cosas que sonaban casi como un guión de película y que Claudio, por vivir en el mismo país, sabía que no eran ciertas. «Dime con qué engañas y te diré qué necesitas». No era culpa de la tele. Era culpa de la gente que mentía sobre sus carencias. Y no era un acto de maldad, sino un producto de la necesidad y de la presión absurda por tener que asemejarse al imaginario colectivo y mediático. Una combinación peligrosa que, como todo proceso mental, tamizaba las experiencias y construía un discurso selectivo.
«¿Es cierto que el salario mínimo son más de quinientos euros?» «¿En serio hay tantos problemas de violencia doméstica?» «Ya te has comprado un coche, ¿verdad?». «Fue fácil, conseguí trabajo enseguida». «No, nunca me discriminaron allá». «Tengo todo lo que quiero, no me hace falta nada». «No te preocupes por el dinero, esta cena la pago yo». Todas las preguntas contienen una respuesta. Todas las mentiras, algún tipo de verdad.
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