| 
ESCRITOS DE LUIS BUÑUEL: ANTOLOGÍA DE TEXTOS
Fotogramas surrealistas y poemas de cine
Director de cine, boxeador y escritor. Surrealista, compañero de André Breton y antiguo amigo de Dalí. Descarado y con una fijación obsesiva hacia el erotismo, la religiosidad y la muerte. Un libro que refleja a Luis Buñuel en estado puro.
Óscar Soler P.
oscar_teina@yahoo.es

Luis Buñuel (1900-1983), además de director de cine, fue escritor. Sí: escritor, por poco que le gustase darle a las teclas y por mucho que odiase devanarse los sesos para redactar sus párrafos. Le costaba expresarse con la pluma, pero le gustaba mucho. La prueba la presenta Manuel López Villegas en un libro: Escritos de Luis Buñuel, una colección de relatos, reseñas y fragmentos que compila la herencia textual del cineasta aragonés.
Realmente el libro consigue componer la vida del autor aragonés. En su interior abundan las notas autobiográficas, las conferencias e incluso cartas que atan nudos y sitúan al lector en el contexto del artista. Entre sus páginas, se descubre que Buñuel abandonó los estudios de ingeniería agrónoma, que anduvo por la facultad de Filosofía y Letras y que pasó muchas tardes de café con sus colegas. Me refiero a compañeros como Dalí, Lorca o Moreno Villa. Con estas amistades, lo lógico fue que el futuro director se enamorase de la literatura, del arte, y que colaborase con revistas de vanguardia.
JIRAFAS, PERROS Y MISÁNTROPOS
Y es que Buñuel no se lo montó nada mal. Durante los años 20 se licenció, se sacó el título de campeón nacional de boxeo amateur y se marchó a París con la bendición económica de su madre. Allí, un golpe de suerte le metió a director de teatro y de rebote le coló en el mundo del cine, convirtiéndole en asistente de Jean Epstein. Durante dos años, Buñuel aprendió el oficio junto a este director —aunque no gracias a él— y mientras tanto siguió con la escritura.
De hecho, el libro recopila una serie de relatos —asombrosos y absurdos— donde Buñuel demuestra su progresivo interés hacia el surrealismo. Destacan entre otros Diluvio, La agradable consigna de Santa Huesca, Una historia decente o la Carta a Pepín Bello en el día de San Valero. Además, el manual recoge reseñas cinematográficas que Buñuel escribió por entonces y un poemario huérfano de nombre —Un perro andaluz se iba a llamar—, que además quedó incompleto porque Buñuel se puso manos a la obra en su primera película.
Tras su primer éxito en la taquilla, Buñuel conoció al grupo surrealista de André Breton. El libro reproduce el trabajo más extravagante de Buñuel junto a sus nuevos amigos: Una jirafa, un proyecto que terminó en menos de una hora para presentarlo en una fiesta del mecenas del surrealismo. Buñuel redactó unos textos que luego pegó tras las manchas de una jirafa de tamaño natural. Con la ayuda de unas bisagras, los textos quedaban al descubierto. De esta época, el libro ya solo recuerda que el aragonés abandonó a sus compañeros —les consideraba unos misántropos— para centrarse exclusivamente en el mundo del cine.
INSTRUMENTOS DE POESÍA
De la década que prosigue, el libro presenta el documental Tierra sin pan (1933), un trabajo polémico, testigo de la vida y la muerte en la región de las Hurdes. Una obra que generó prensa y conferencias acerca de una zona neolítica cercana a Salamanca. En palabras de Buñuel: «lo que caracteriza a Las Hurdes como ejemplo único de sociedad humana no es la miseria, sino lo permanente de esa miseria». Ídem con el dolor. Sus habitantes no emigraban a otra parte; si algunos marchaban, más adelante volvían allí para morir entre los suyos.
Junto al material dedicado a Tierra sin pan, el libro recopila los últimos escritos del director: proyectos cinematográficos, colaboraciones con artistas como Juan Larrea o también un par de ponencias posteriores a la Guerra Civil Española. Entre estas destaca la que se publicó en 1958 en la Universidad de México. Su título: El cine, instrumento de poesía, un trabajo espléndido donde opina acerca del cine y de su utilidad.
Sin embargo, aquella conferencia no fue una charla sin más. El autor elaboró un alegato contra el cine en general, contra el neorrealismo, las filmaciones de lo cotidiano, contra el espejo de la vida real. Para eso no pago la entrada, le faltó decir. Buñuel detestaba que el cine imitase a la novela con tanto descaro, sin aportar ningun elemento de sorpresa para el espectador. ¿Dónde quedaba la poesía, el mundo de lo desconocido, el subconsciente, la fantasía? Ahí es donde el autor ponía su esfuerzo, a pesar de sus enemigos, la censura y la falta de dinero.
BOMBAS ATÓMICAS Y PESIMISMO
Para finalizar, el último capítulo del libro recoge un fragmento de Mi último suspiro, la biografía del director —manuscrita por Jean-Claude Carrière—, donde queda patente su consternación ante la sociedad. En sus últimos años, el director aragonés despreció sus trabajos, detestó el arte en general y deseó que la naturaleza diezmara la humanidad: «Creo que el mundo está perdido. Será destruido por la explosión demográfica, la tecnología, la ciencia y la información». En efecto: la última época de Buñuel estuvo marcada por el pesimismo y el asco.
De todos modos, pese al rechazo hacia gran parte de su obra, Buñuel respetó sus escritos durante toda la vida, un respeto que le retiró incluso al mundo del cine. El director de Viridiana o Nazarín corrigió en varias ocasiones sus propios poemas, sus reseñas y los textos de sus conferencias. De ahí que la colección de López Villegas recoja las palabras de un artista, un director y, sobre todo, de un escritor.
Arriba

|