Una camarera monárquica seducida por un lector de Bataille

Reseñas

Presente y futuro: no hay lugar para las felices utopías

Babel, una película de Alejandro G. Iñárritu

Textos cinéfilos

Escritos de Luis Buñuel, edición de Manuel López Villegas



...........................

 

 

 

BABEL, UNA PELÍCULA DEL TÁNDEM IÑÁRRITU Y ARRIAGA

Mundos distintos para un mismo dolor


Alejandro González Iñárritu presentó en 2006 su tercer largometraje: Babel, una historia bien atada pero con mucha cuerda. Suficiente como para cruzarse el planeta desde EE.UU. a Japón pasando por Marruecos. Y todo en poco más de dos horas.

 

Óscar Soler P.
oscar_teina@yahoo.es

 

Alejandro González Iñárritu ha conseguido que lo traten de usted en cualquier festival. Hasta el momento ha presentado tres largometrajes espléndidos junto a su compinche, Guillermo Arriaga, guionista de la trilogía y quién está ya harto de secundar a su compañero. Babel (2006) es la última película de este dúo mejicano, un trabajo esencialmente comercial que atrae tanto a puritanos del cine de autor como a seguidores de los thrillers de toda la vida.

Y es que la película contiene los ingredientes idóneos para conseguir una buena audiencia: actores famosos, suspense y acción trepidante, aunque esta última no se traduzca en explosiones, matanzas y terremotos. El argumento de Babel se sustenta gracias a su particular desarrollo, porque en sí mismo el argumento no tiene nada especial. La película narra tres historias simultáneas que suceden en tres escenarios distintos.


HISTORIAS A PEDAZOS
La primera de ellas se sitúa en Marruecos, donde una pareja de estadounidenses disfruta de sus vacaciones. Y eso hacen: disfrutar de las vacaciones, hasta que comienzan los tiros. De esta primera trama surge la cuarta historia —la más emotiva— que atañe a una familia autóctona del país. La segunda trama narra las peripecias de una criada que cuida a los hijos de un matrimonio que salió de viaje —aten cabos ahí con la primera historia—. Y por último, el tercer hilo argumental se desarrolla en Japón, donde una muchacha sordomuda se siente despreciada por el resto de la humanidad y trata de agradar a base de ofrecerse sexualmente.

Hasta aquí las tres historias. Sin embargo, la película destaca gracias a un montaje bastante peculiar, aunque no inédito. Las diversas tramas de Babel se desarrollan de forma paralela, pero a trozos: es decir, el espectador viaja un rato a EE.UU. (luego México), otro rato a Japón, otro a Marruecos, y luego vuelta a empezar. La obra no tiene un solo hilo conductor y apuesta por dosificar las tramas en pequeñas dosis, de manera intercalada. Así no se aburre nadie y los personajes quedan atados bajo una historia global.


EL REPARTO VIAJA LO SUYO
De ahí que los personajes sean la clave en esta historia. Además, el director escogió buenos actores, famosos y con muchos adeptos. Brad Pitt por ejemplo. Se dice que hace su mejor papel en esta película, y no lo hace mal. Lo que sucede es que llora, y eso suele dar más puntos en la interpretación que el mero hecho de reír o hacer reír. También sale Kôji Yakusho (Agua tibia bajo un puente rojo, Shall we dance?), quien no pasa de actor secundario, pero que aporta mucha elegancia a la vertiente nipona de la película. Asimismo, destacan la emotiva actuación de la familia marroquí y la de Gael García Bernal, quien tiene su momento de gloria como conductor borracho.

Igualmente sucede con las actrices: Cate Blanchett (Little fish, Veronica Guerín) llora también, como su marido Pitt, y Adriana Barraza está impresionante. La mejor y la más creíble. No diré que dan ganas de contratarla como criada —su papel—, porque a su personaje le da por asistir a la boda del hijo. Y eso no tendría nada de malo de no ser porque esta se celebra en México, la canguro no tiene papeles, se lleva a los niños consigo y el conductor va borracho. En cambio, Rinko Kikuchi —la actriz japonesa, claro— se porta como una santa, muy calladita y muy de infarto.


TRILOGÍA DEL DOLOR
Aparte de los actores, otro de los puntos comerciales de Babel es la temática que aborda: sus buenas intenciones, su crítica a la incomunicación, a la intolerancia, a los prejuicios, las fronteras, etcétera. Una serie de temas manidos que atrae tanto a cinéfagos —estos ven lo que sea— como a un público preocupado por los males del planeta. Son temas que se han contado ya en las salas de cine de mil maneras, pero, y hay un pero, la situación, los entornos que rodean a las tres historias, el enlace entre estas y el trepidante modo de contarlas, todo esto consigue el milagro. El conjunto funciona; funciona a las mil maravillas.

Porque la verdad es que la película engancha. El drama fastidia y roza lo previsible. Tanto es así que muchos espectadores habrán calculado el final de la obra a mitad del metraje, para luego equivocarse del todo al llegar a los títulos de crédito. Así es. Por suerte, el final no es el que uno se teme durante dos horas. La tragedia apunta muy alto—no sé si Haneke u otros artistas del dolor lo habrían conseguido— pero no llega tan lejos como se podía sospechar. Si a esto se añade que con la misma entrada del cine, viajas a México, Marruecos y Japón, pues nada, entretenimiento asegurado.

Además, Babel completa la trilogía del señor Iñárritu y Guillermo Arriaga. Le preceden Amores perros (2000) y 21 gramos (2003). En conjunto, las tres películas integran una terrible —y nada frívola— trilogía sobre la muerte y la aflicción que sufren sus supervivientes. En ese sentido Babel duele, pero también entusiasma y honra a sus creadores.

 

Arriba