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CELIA BLANCO: LA NIÑA MIMADA Y ALTERNATIVA DEL PORNO ESPAÑOL Una camarera monárquica seducida por un lector de Bataille Solo ha rodado 8 películas X, pero su legado ya interesa a los académicos del cine como Román Gubern. Lo suyo, más que el sexo es la fama: concede entrevistas en la tele, participa en chats con internautas y hasta ha escrito un libro sobre la profesión de pornoestrella. El rostro más mediático en estos momentos del porno femenino español. Rubén A. Arribas
Porno alternativo. Porno con estilo. Porno estético. Esas son algunas de las etiquetas que han recibido las películas de Celia Blanco (Madrid, 1977), una actriz que entre méritos propios y propaganda publicitaria se ha convertido en una supernova mediática. En el ambiente X desde 2001 y con apenas 8 películas entre sus piernas, esta ex camarera de discoteca ha alcanzado un impacto social casi equiparable al del actual monarca del género: Nacho Vidal. Eso sí, a diferencia del insaciable valenciano, ella prefiere hacer apología de la contención en sus entrevistas: «me gusta participar en una película X si tiene algo artístico, no sólo sexo por sexo», ha dicho. Y es que con sólo 8 películas parece una monja en comparación con Jeenna Jameson o Sylvia Saint, que cuentan sus rodajes por cientos. Claro, que a la estadounidense o a la checa, tan dedicadas ellas, no las avalan sofisticados títulos como Delirio y carne, Compulsión o Las Lágrimas de Eros. Y mucho menos uno tan conceptual como El relámpago y la orina, una despiadada obra sobre el sexo y las drogas de la que Román Gubern —sesudísimo intelectual del cine— ha comentado que es «una absoluta obra maestra». Y no solo eso, sino que el bueno de Román incluso ha dictado charlas académicas sobre la cinta o ha ido de la mano de su musa erótica a presentar el libro de esta, Secretos de una pornostar, a unos grandes almacenes de Valencia. Huelga aclarar que la admiración guberniana es sólo la punta del témpano del éxito mediático. Pero no sólo tiene buena presencia, también tiene un ideario claro. Celia mantiene un tono en sus actuaciones mucho más recatado que la voraz y experimental Belladona. Según explicó en el diario El Mundo, a ella no le van las «modas mega-hards», esto es, «sado, zoofilia, coprofagia...». Ella piensa más allá. De hecho, como le contó a dos periodistas —Julia Giribets y Magí Torras—, si bien disfruta de que los hombres la hayan convertido en objeto de su deseo, la felicidad es que las mujeres le traigan su libro para que se lo firme. Y es que, como le dijo en la tele a Andreu Buenafuente en un arrebato de filantropía que la honra, el porno debería servir para educar sexualmente. En verdad, casi que la única pega es que se declara monárquica. Entonces vino el subidón del amor. Según ella, Ramiro se aprovechó de su juventud... y la inició en los placeres de la carne más excesivos. Visto dónde ha llegado ella y a qué dedica el tiempo libre, no parece que opusiese resistencia ni que esté tan arrepentida como dice. Sin embargo, su noviete también fue la puerta a otros mundos paralelos al universo X; con él supo de las drogas, el alcohol, los celos, la agresividad y las intrigas histéricas para convertirse en estrellas de la tele. Y, como cuenta Celia en sus entrevistas, con el tiempo, por ahí comenzaría a resquebrajarse el idilio entre ambos. Pero la separación tardaría en llegar. Si bien Ramiro tenía más de latino posesivo que de hombre liberal, era un pornógrafo que estudiaba cine y que idolatraba a Bataille o a Sade, no era un señor salido de un gimnasio cualquiera. Dicho de otro modo: su sueño revolucionario pasaba por convertirse en director de cine X y estetizar el género por la vía de la literatura. Había programa ideológico detrás del asunto. Tanto es así que a Celia la convenció para formar equipo: él y su hermano Pablo serían los directores y ella, la actriz. Con las siguientes producciones —Delirio y carne, Compulsión, Las Lágrimas de Eros o El relámpago y la orina—, los hermanos Lapiedra desarrollaron aún más sus postulados literarios y siguieron aportando detalles inusuales al género: encuadres novedosos, fotografía impactante, hombres con cabezas de toro o eróticas escenas con maniquíes. La crítica tardó poco en considerarlos unos «visionarios» y, con ello, Celia ascendió a musa alternativa, cariátide del «porno distinto», diva intelectual del metesaca. Había un hueco en el mercado y ellos traían una manera diferente de hacer las cosas; por tanto, el público se enganchó con esa posibilidad de un porno menos yanqui y mecánico, más creativo, y le permitió a este singular trío que lamiera las mieles del triunfo. Sin embargo, el tiempo y los rodajes deshicieron la pareja Lapiedra-Blanco. Los chicos se desenamoraron. Dejaron de quererse. Cosas de la vida. Él estaba obsesionado con que Celia fuera una estrella mediática, pero era muy posesivo, algo violento, aclara ella en su libro de secretos. Fue lo mejor que les pudo suceder. Ramiro y su hermano dirigen ahora una factoría de películas, conservan la aureola de undergrounds del género y han encontrado recambio para la musa, Lucía Lapiedra, tan mediática como la otra. Por su parte, Celia juega a ser la Ava Gadner o la Zsa Zsa Gabor del mundo X: dice que espera propuestas con un buen guión y una escenificación a su altura, y protagonizar así la gran película porno que lleva dentro... Quizá debería pedir una subvención al ministerio correspondiente. Muchos estarían dispuestos a ceder una parte de sus impuestos para tan noble fin.
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