BRUCE CHATWIN Y SU LIBRO AUSTRALIANO, LOS TRAZOS DE LA CANCIÓN

La Tierra como partitura musical

El inglés Bruce Chatwin es uno de los viajeros más conocidos y controvertidos del siglo XX. Obsesionado por el espíritu errante del ser humano pasó largas temporadas entre pueblos nómadas. De su experiencia con los aborígenes australianos surgió su mejor obra, la poética Los trazos de la canción. Según él, murió por la picadura de un murciélago chino...


Alberto Torres Blandina
albertukituk@yahoo.es

Vamos a imaginar que nos perdemos en el desierto de Australia. Nos perdemos y preguntamos a un aborigen cómo se llega a nuestro destino. Este se quedará unos instantes pensando, recordando el camino exacto. Después nos mirará seguro de sí mismo y comenzará a cantar. Cuando acabe, probablemente le volveremos a preguntar.

—Muy bonita la canción, pero ¿podría indicarnos el camino?

El aborigen se marchará ofendido. En su canción estaba el camino.

LAS MELODÍAS QUE GUÍAN A LOS NÓMADAS
Los australianos no necesitan mapas. Tienen canciones. Cada colina, cada río y cada llanura tiene su verso correspondiente. Según la mitología aborigen, los antepasados (de todos los seres) se crearon a sí mismos y después crearon el mundo con las canciones. Canciones que son el alma de la creación. Coincidiendo con rilkes, mallarmés y heideggers, afirman que lo verdaderamente importante es el ritmo, cuyo significado secreto trasciende las diferentes lenguas aborígenes y los une en un conocimiento común.

Las canciones hablan sobre estos antepasados que crearon la Tierra. Las huellas de sus andanzas son visibles para aquel que sepa mirar y conozca las melodías sagradas. Ellas marcan puntos de paso dirigiendo los itinerarios de los nómadas australianos. Una montaña quizá sea el cuerpo sin vida de la ballena Lumaluna —a la que abatieron con lanzas por comerse a unos niños— y una charca, el lugar donde los antepasados pájaros campana acecharon al antepasado emu. Pozos, yacimientos o zonas frutales tienen su verso correspondiente. Sin estas canciones-mapa sería difícil sobrevivir en las áridas tierras en las que habitan.

CANCIONES QUE DAN LA VIDA Y LA QUITAN
Los australianos tampoco necesitan fronteras. Cada tribu tiene sus canciones. Poseer la canción supone poseer el lugar al que esta hace referencia. Los versos delimitan las zonas de paso de las diferentes comunidades. Más que territorios, las estrofas marcan caminos. Caminos que corresponden a los diferentes tribus. A veces se cruzan, a veces coinciden o discurren paralelos.

Una comunidad puede comerciar con sus canciones. El dinero no tiene importancia en el universo nómada. La moneda de cambio son los versos, que amplían los puntos de paso de una comunidad. Saber la canción de la hormiga melera supone adquirir la propiedad —o copropiedad— del territorio que corresponde a este antepasado, con sus lugares para resguardarse, sus charcas y otros puntos de interés para la supervivencia.

Las tribus tienen prohibido el paso a aquellas tierras cuyas canciones no conocen. La falsificación de una canción —para apropiarse de un lugar, por ejemplo— está castigada con la muerte. Los aborígenes creen que quien equivoca las canciones descrea el mundo, que nació a partir de ellas y al que reflejan en copia exacta. Un verso mal colocado o inventado puede acabar en una catástrofe. Eso no se puede permitir.

LOS TRAZOS DE LA CANCIÓN
Real o fabulada, esta es la curiosa cosmología que Bruce Chatwin describe en los Trazos de la canción, escrito después de visitar Australia, donde acompañó a un australiano, Arkadi, en sus viajes por el desierto. Arkadi había sido contratado por el gobierno para trazar una línea de ferrocarril que no pasara por ningún «trazo sagrado de canción». Una misión muchísimo más difícil de lo que parecía a priori.

Dicen los antropólogos que este libro está a mitad de camino entre la realidad y la ficción. Que Chatwin apenas entendió la cosmovisión aborigen y que su visión de ellos es más poética que realista. Por cierto, nada raro: esta no es la única acusación de falsedad que pesa sobre el incansable viajero... Algunas de las personas a quienes retrató en su obra En la Patagonia denunciaron que las historias que cuenta sobre ellos eran inventadas o falseadas. Ni siquiera la propia biografía de Chatwin se vio libre de polémica. No murió por la picadura de un murciélago chino ni por una fiebre africana, tal y como él quiso hacer creer. Murió de sida. Era bisexual y fue uno de los primeros ingleses que murieron infectados por el virus del sida.

4 ANÉCDOTAS PARA UNA BIOGRAFÍA APRESURADA
1. A los veinte años, cuando trabajaba como mozo de carga de una empresa de subastas, descubrió un Picasso falso y lo nombraron experto en arte. Se convirtió de la noche a la mañana en joven prodigio con dinero y reputación.

2. De tanto observar cuadros se quedó ciego y el médico le recomendó cambiar lienzos por horizontes despejados. Sin pensárselo se fue a Sudán, donde recuperó la vista en el propio aeropuerto.

3. Obsesionado por el nomadismo viajó por el mundo publicando artículos, escribiendo libros y, según se dice por ahí, rompiendo corazones.

4. Murió a los 48 años por la mordedura de un murciélago chino. O al menos eso quería que todos pensasen...

ARTE EN MOVIMIENTO
Chatwin tenía clarísimo que narrar es crear. De esto va su libro Los trazos de la canción, pero de eso va también su biografía. Todo narrador interpreta al contar y, si el narrador es bueno, su interpretación queda unida a la historia como si formase parte inevitable de ella. ¿No es eso crear? La propia selección de los materiales ya es una interpretación subjetiva, pues prioriza unas ideas sobre otras. Por esa razón Chatwin eligió concienzudamente qué anécdotas de su vida debían formar su retrato para que la posteridad le sacara favorecido. Las seleccionó y las repartió en sus escritos, esperando que de su unión surgiese un bello dibujo mental, una suerte de mandala que lo resumiese. En fin, se empeñó en que su biografía fuera tan breve como literaria y que sus lectores no pudieran dejar de preguntarse por los matices. Una biografía —a fin de cuentas— tan falsa como cualquier otra, pero que al menos cuenta con el beneplácito del propio protagonista (y con cierta poesía, lo que siempre es de agradecer).