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DE LEÓN 1986 A BUENOS AIRES 2006: LA EVOLUCIÓN DE JOAQUÍN SABINA EN CUATRO CONCIERTOS Veinte años cosidos a retazos Joaquín Sabina no ha dejado de crecer con el correr de los años. Desde las salas de café concert de los 70 hasta el «No hay entradas» en los estadios de las grandes capitales del mundo hispanohablante, el andaluz ha recorrido un largo camino marcado por la evolución artística y el aumento de seguidores y detractores. Aquí va la pequeña gran historia de este camino, dividida en cuatro etapas que son cuatro conciertos.
Con estos ingredientes, Sabina elabora un puñado de himnos (Princesa, Calle Melancolía, Juana la Loca, Pongamos que hablo de Madrid) que los leoneses corean con ganas. En la plaza hay una buena entrada, pero sin apreturas y, la gente animada por la buena banda que es Viceversa (ya con el imprescindible Pancho Varona), puede bajar de la parte alta de las gradas hasta la mitad de la arena sin agobios para bailar y dar palmas en los bises. CAMPO DE FÚTBOL DE SANTA MARÍA DEL PÁRAMO (LEÓN), VERANO DE 1992 Como artista honesto que es, ha dejado de cantar a la marginación de la que ya no forma parte; de hecho, su filón temático es casi exclusiva el amor. El desamor, en realidad (es difícil conseguir más de tres o cuatro temas de amor en toda su discografía), en su forma más golfa y bohemia. Sus canciones se pueblan de correrías nocturnas, maridos despechados que beben para olvidar, urgencias amatorias en los portales, aves de paso. Este es el Sabina más clásico, el que ha quedado fijado en el imaginario colectivo de sus seguidores. Pero también para sus muchos detractores, quienes lo acusan de mal músico y peor cantante, de escritor de ripios más efectistas que efectivos, de hortera. Así pues, con un Sabina metido a cantante del desamor, parecía un buen programa de noche estival acercarse a Santa María del Páramo, a 50 kilómetros de León, para verlo en la presentación de Física y Química. Los temas emblemáticos del momento son Y nos dieron las diez, La del pirata cojo, Peor para el sol. El lugar es el campo de fútbol municipal, sin gradas, y los concurrentes no llegamos más allá de mitad de cancha. Nada multitudinario aún. Todavía no hay estrecheces para estar a unos metros del escenario, decorado con una gran bandera pirata. Este Sabina es más lúdico que el del 86 y disfruta divirtiendo al poco pero fiel público; en su voz, apenas hay lugar para la nostalgia en canciones como Así estoy yo o Una de romanos. Eso sí, s íntoma de los excesos de su vida personal, el Flaco olvida partes de la letra de algunos temas. Todos los que estamos allí sabemos hacer la vista gorda y volvemos a León con la sonrisa pintada en el rostro y el corazón un poquito más caliente. TEATRO MUNICIPAL DE SAN FERNANDO DE HENARES (MADRID), JUNIO DE 2002 A pesar de que la mención de Sabina seguía (y sigue) retrotrayendo al cliché positivo o negativo que cada uno tiene del cantante, es evidente su evolución a lo largo del tiempo. En 2002 Sabina ha seguido con una producción discográfica regular, en la que se advierte a cada disco la mejoría de su música, de sus letras y, particularmente, de una cada vez más cuidada producción, con mejores arreglos, a la altura de cualquier artista internacional. De las letras, su gran sostén como artista, ha ido eliminando los ripios y estas han ganado en madurez y poesía. Su voz, castigada como pocas, ha perdido en calidad lo que ha ganado en intensidad y desgarro. Su repertorio de pop-rock plagado de efectos fáciles y hasta infantiles, se ha ido ampliando con registros de boleros, tangos, rancheras, salsa, reggae, valses (e incluso con una irónica incursión en el hip-hop). Esta ampliación del espectro guarda una estrecha relación con su exitoso y creciente contacto con Latinoamérica, en especial México y la Argentina. Desde el otro lado del charco, llegan colaboradores y oportunidades de colaborar como Chavela Vargas, Charly García, el infaltable Andrés Calamaro y especialmente Fito Páez, con quien publica en 1998 el excelente Enemigos íntimos, punto cumbre en la carrera de ambos. En definitiva, que Sabina ha crecido y cada vez suena mejor. En 2002 está enfrascado en Nos sobran los motivos (primer disco grabado en vivo desde aquel lejano Viceversa), una gira esencialmente acústica, pensada para teatros y lugares pequeños. El concierto de San Fernando se aplaza una semana por sus ya evidentes problemas de salud, pero cuando llega al fin, colma las expectativas. El espectáculo hace continuos guiños al teatro, al vodevil, al café concert que tanto le gustan a Sabina y que le remontan, mucho más sofisticado, a los tiempos de La Mandrágora. Gran parte del público son vecinos henarenses en familia, que apenas alcanzan a tararear los temas que han ido llegando al número uno de las listas (los hits del momento, 19 días y 500 noches, Y sin embargo, Contigo). Pero todos estallan de júbilo y reconocimiento cuando llega Yo me bajo en Atocha, nuevo himno oficial del corazón de los madrileños sustituyendo al anterior Pongamos que hablo de Madrid. ESTADIO DE BOCA JUNIOS, BUENOS AIRES, DICIEMBRE DE 2006 Y así pasaron las noches (y algunos días), hasta que en 2005 publica el disco llamado de forma intencionada Alivio de luto y anuncia una nueva gira. Justamente alivio, y después ansiedad, inundan a sus miles de seguidores, que no han dejado de crecer en estos años. De forma paralela, Argentina inaugura el siglo XXI con una enorme crisis económica y social. Esta crisis provocó que durante años el país sufriera una especie de aislamiento internacional por el insalvable déficit cambiario, que hacía imposible para la mayoría consumir cualquier producto importado (incluyendo música en vivo). Entre 2004 y 2005 la economía se recuperó lo suficiente como para que los artistas internacionales volvieran a incluir Buenos Aires en sus tours mundiales y, desde primeras espadas, como Rolling Stones y Oasis, hasta segundones como Robbie Williams o Lenny Kravitz, provocasen el delirio, fueran recibidos como jefes de estado, llenasen noticieros y programas de televisión, nunca faltara el putón que facturara contando cómo eran en la cama, etcétera Y Joaquín Sabina no podía quedar fuera de esta especie de furor uterino de los argentinos por volver a contar en el mundo. Ansiedad es sin duda la palabra que define la relación entre Argentina y Sabina en 2006. Cuando se anuncian cuatro conciertos suyos en el teatro Gran Rex (su escenario porteño habitual) para febrero, se desata la locura y en pocas horas se agotan las entradas. Unos días después salen a la venta cuatro conciertos más y hay quienes hacen miles de kilómetros para acampar dos días antes a la entrada del teatro. La cola llena varias cuadras del centro porteño. Las entradas vuelven a volar. Ocho conciertos vendidos en apenas unas horas y la sensación de que se han quedado cortos, de que el Gallego puede llenar cualquier estadio argentino. En efecto, en junio Sabina anuncia que tocará en diciembre en la Bombonera, el mítico estadio de Boca Juniors, uno de los más grandes del país. Esta vez, ayudado por una considerable banda ancha, puedo conseguir entradas sin problemas. Por un momento, atribuyo mi éxito a que la euforia ya se habrá calmado un poco tras los ocho Gran Rex. Pero no, las entradas se vuelven a terminar enseguida y, aún más, se programa otro concierto para el día siguiente que se vende al mismo ritmo. Dos Bomboneras en cuestión de horas, algo inimaginable años atrás. Al fin llega el día, 16 de diciembre de 2006, empieza el verano austral. A pie de campo hay 35 ºC y cerca del 100 por cien de humedad. Todo el mundo mira desesperado al cielo implorando esa lluvia que antes o después tiene que caer. De todos modos ya nada importa cuando, a la hora señalada, suena la apertura de Y nos dieron las diez y los asistentes se vuelven locos. (En la Argentina, se ha instalado en los últimos años a nivel popular una especie de cultura de cancha mediante la cual el comportamiento en reuniones de masas es el mismo tanto si se está alentando en un partido de fútbol, protestando en una marcha sindical o asistiendo a una cena de empresa. Júntese a veinte argentinos de a pie con intereses afines y se obtendrá una barra que saltará desaforadamente y coreará las consignas pertinentes, sea por el motivo que sea). Volviendo a la Bombonera, el comienzo del concierto provoca un aluvión de gente apiñándose hacia delante, saltando y asfixiándose como si sobre el escenario estuviesen moviéndose los mismísimos Sex Pistols. Sin embargo, son Joaquín Sabina y sus músicos quienes están ahí. Un Sabina más viejo y por primera vez gordo, pero con todo su proverbial encanto y la capacidad intacta de hacer cómplices a los espectadores. Recita sonetos recién compuestos para la Argentina, Buenos Aires, la Boca, para enchufar a un público que ya está sobreenchufado, que no necesita ninguna motivación extra para cantar cada palabra como si les fuera la vida en ello. Mención especial merecen sus temas más argentinos, Con la frente marchita y, sobre todo, Dieguitos y Mafaldas, la canción ideal en el lugar indicado: Le toca a Palermo tocar el balón Van pasando las canciones más importantes de su carrera entre la euforia y la fiesta de todos. También llega por fin la deseada lluvia, refrescante primero, insistente después. Y con la lluvia, llegó el viento. A la hora y tres cuartos de concierto, Sabina y su banda acometen el excelente tema Ruido, al mismo tiempo que arrecia la tormenta. Nunca Ruido sonó mejor, en medio del temporal, aguantando el tipo como los músicos del Titanic en un escenario que se volaba y unas torres de luces que se balanceaban amenazadoras. Terminar Ruido y desatarse el diluvio fue todo uno, así que tuvimos que huir de una Bombonera y de un barrio, La Boca, que se inundaban. Fue como una especie de épico coitus interruptus. Aunque después nos enteramos de que nos habíamos perdido la reconciliación pública de Sabina y Fito Páez, quedó para el día siguiente, estoy seguro de que el recital del sábado 16 de enero fue el más memorable de la gira. Desde la Mandrágora a la Bombonera, de Santa María del Páramo a Buenos Aires, Sabina ha crecido mucho, y muchos hemos crecido con él. Ahora se habla de una gira con Joan Manuel Serrat, el otro gran ídolo español de los argentinos. No sabemos lo que le deparará el destino a Joaquín Sabina, pero quiero brindar desde aquí por otros veinte años de mitos mal curados. A tu salud.
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