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DE MODO QUE ESTO ES LA MUERTE, CUENTOS CON GOL CUBANO Ronaldo Menéndez, paraíso en prosa
Cuentos duros, pero con un sentido del goce más cercano al Gogol de Novelas de San Petersburgo que al sufrimiento de Flaubert en Tres cuentos, salpicado todo con unas gotas de lirismo a lo Juan Rulfo. Variaciones sobre el tema cubano con un excelente manejo técnico. Edén y dolor en un mismo libro.
Alberto Olmos
olmospress@yahoo.es

(Juramento previo: a pesar de conocer fugazmente al autor reseñado, de haber estrechado su mano y de haberle derramado encima –de manera involuntaria- el pecio de cubitos de mi copa, lo que escribo sobre su libro De modo que esto es la muerte es la verdad, toda la verdad y nada más que honestidad.)
Los libros de relatos son estresantes. Creo que no se ha ponderado ni analizado suficientemente la importancia de los factores externos de la lectura. Uno de ellos me parece fundamental: tener el libro en las manos. Un libro siempre avisa: por su peso, es decir, por el número de páginas que tiene. Una novela, por ejemplo, nunca acaba de pronto, sino que va acabando. Un cuento, sin embargo, confundido dentro de una sucesión de cuentos, se acaba sin avisar, como esa música que ponen a los niños cuando dan vueltas alrededor de las sillas. Los cuentos, como las sillas, siempre dejan a alguien fuera.
Para leer libros de cuentos, en este caso, De modo que esto es la muerte, de Ronaldo Menéndez, yo llevo a cabo una práctica que deseo confesar: cuento las páginas. Antes de iniciar la lectura compruebo dónde acaba el cuento, si diez páginas más allá, o sólo cuatro, o tantas como cincuenta y dos. Necesito saber donde me meto: eso es todo.
De modo que esto es la muerte obliga a esta práctica. Primero, porque sus apenas 100 páginas acumulan cuentos que se dividen en dos partes; después, porque algunos cuentos abarcan seis hojas y otros treinta. La claridad con la que se ordenan los relatos en el volumen carece de objeto: el hecho de que tipográficamente quede claro que son relatos distintos a mí, como lector, no me sirve de nada. Yo, al leerlos, tengo que aislarlos aún más, como si fueran enemigos entre sí, porque lo son: al final siempre acabaré concluyendo que dos de los cuentos son los mejores, y realmente eso es lo que voy a recordar por el resto de mi vida.
En la novela, por acabar de reflexionar, no sucede eso. En la novela, en muchas páginas, puedes bajar la guardia y dejar que la novela, por su propia dinámica, te despierte, te diga: eh, ahora viene lo bueno, esto es el clímax, esto, lector, no te va a dejar impune.
DE MODO QUE ESTO ES RONALDO MENÉNDEZ
El volumen que reseño quiere, como todos los libros de relatos, vender que los textos que concurren entre las tapas son hermanos de sangre, que tienen una filiación. En el caso que nos ocupa, la línea de puntos hace referencia al hambre, la miseria y la muerte, a un cierto tremendismo tropical y al anhelo de supervivencia.
Dicho esto, por orientar al lector desde el propio libro, hay que apuntar que, precisamente, una de las virtudes que aloja De modo que esto es la muerte es la variedad de sus cuentos, la polifonía de un estilo que sabe exhibirse con vestidos distintos.
Hay que decirlo ya mismo: Ronaldo Menéndez escribe muy bien, es decir, hace literatura, porque no escribir bien significa de inmediato matar la palabra, negar la literatura, avasallarla. La literatura se defiende a sí misma, se reivindica, por la palabra. Si no hay adjetivo, ni ritmo, ni sabor verbal, no hay literatura.
Dos cuentos (avisé más arriba) me fascinaron de este volumen. Uno lo abre: Carne. Se trata de un relato corto en el que caben varias voces, la clásica variedad de puntos de vista. La historia es la de unos ladrones de vacas. El cuento da una sorpresa final, y supongo que por eso habrá pasado a las antologías. La sorpresa verdadera de Carne no está al final: está por todas partes. Con un estilo directamente emparentado con el Juan Rulfo de El llano en llamas, Ronaldo Menéndez desparrama vida en cada una de las frases del cuento, alcanza el cielo de la retórica: ser sencilla a la vez que poética.
Casi da pereza comentar otras dos virtudes de este relato: son técnicas. La primera: Ronaldo Menéndez estudia lo que cuenta. En este caso, cómo se destaza una vaca. Vocabulario y nomenclatura se dan la mano para no escribir a humo de pajas. La segunda: estructura. El autor mide la narración con el lápiz, engrasa personajes con unas gotas de diálogo, deja caer, como olvidadas, un par de pistas fatales entre metáforas. Total: golazo.
LA ISLA DE PASCALÍ
28 páginas. Con diferencia, mi favorito. Aprovechando que el texto se condecora con una cita de Gogol, podemos compararlo con las Novelas de San Petersburgo del autor ruso. Estas novelas breves de Gogol son el opuesto perfecto a los Tres cuentos de Flaubert. Donde Flaubert sufre, Gogol goza; donde el lector de Flaubert sufre (yo, mucho) el lector de Gogol ¿qué hace? ¡La goza!
En Gogol, en La isla de Pascalí, la prosa se relaja, se lo toma con humor y se divierte a sí misma. Hay línea narrativa, se va hacia alguna parte, pero no es necesario llegar, ni mucho menos ser perfecto (adjetivo miserable en literatura).
La isla de Pascalí nos habla de Cuba, de informantes y policías, de amores y televisión. El autor, ahora, no ha tenido que leer un manual de destazamiento: el manual es él. Habla no sólo de lo que conoce, sino de lo que ama, de lo que le ha dolido y de lo que no olvida. El relato, por tanto, no sigue las guías de la técnica, sino las guías de la memoria emocional. La lógica caudal que rige sus páginas es impecable: es única. El autor está haciendo el texto que nadie más puede hacer: el texto de su vida.
De modo que esto es la muerte, como, aventuro, el resto de la obra de Ronaldo Menéndez, se asienta en esa rareza que es edificar con palabras y no con informaciones. Ronaldo Menéndez nos hace creer en lo edénico de escribir; nos hace creer que, efectivamente, el paraíso es la prosa.
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