ESCRIBIR UN POEMA: EDUARDO GARCÍA, EL POETA QUE BAJÓ DEL OLIMPO

La poesía está en las palabras, no en las ideas


¿Se corrigen los poemas? ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Qué lugar ocupa la inspiración en la escritura poética? ¿Cómo se emplea el «correlato objetivo» de T.S. Eliot? ¿Da lo mismo usar un verbo que otro en un verso? Esas y otras preguntas contesta de manera práctica, humilde y sencilla este libro del poeta Eduardo García.

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es


Que el poeta sea más consciente de su trabajo. Ese es el objetivo de Escribir un poema, el libro que ha escrito Eduardo García (Sao Paulo, 1965) dedicado a su oficio, el de escribir poemas. Pero «oficio» en el sentido del artesano que conoce las herramientas con que trabaja y que se preocupa de adquirir nuevas destrezas a diario; no «oficio» entendido como el ejercicio de un trabajo mecánico, encriptado por fórmulas mágicas o pautado por libros de instrucciones. En pocas palabras, lo que dice el autor —con gran humildad— es que los poemas, como cualquier otro texto, se trabajan, se podan, se reescriben.

Y el libro, en conjunto, pone ese asunto sobre la mesa: crear y reescribir son valores complementarios, sinérgicos, no antitéticos. Según da a entender García, quizá dependa de la musa inspiradora la primera fulguración —ésa que obliga al autor a borronear una hoja de papel o la pantalla del ordenador hasta obtener una primera versión del texto—; sin embargo, para llegar hasta el poema quien escribe debe tirar de esa punta de la madeja, entrar al laberinto, perderse allí y confiar en que algún día saldrá con el minotauro muerto, negro sobre blanco, hecho poema. Entre un instante y otro —que pueden diferir incluso años—, según el autor, al poeta sólo le queda resignarse a la manera de Goethe: «No podemos hacer otra cosa que apilar leña y dejar que se seque; se incendiará a su debido tiempo». Leído este libro queda claro que los mejores abonos para hacer florecer la poesía son la paciencia y la perseverancia.

INSPIRACIÓN MÁS INGENIERÍA
Sedimentación. Calma. Habilidad para separar el grano de la paja. Como queda claro en Escribir un poema, si bien el inconsciente arrastra material psíquico de gran valor poético, no todo el limo que circula por las turbias aguas de ese río enriquece el texto literario por donde se lo deja discurrir. Como ejemplifica el autor a lo largo de las más de 270 páginas, el poeta es quien criba y cincela con detallismo de orfebre ese material hasta convertirlo en un artefacto capaz de generar una emoción a quien lo lea. Algo, que como recoge el texto, ya decía Wordsworth en la siguiente sentencia: «El poema nace de la emoción revivida en tranquilidad».

Y es que sin emoción, no hay poema. O al menos así lo plantea García, quien en los 6 capítulos en que divide el libro —Recado de escribir, La escritura del poema, Visibilidad, Énfasis, Construcción de la frase y Metáfora e imagen— intenta desmitificar la visión clásica del poeta iluminado, la del prohombre de letras que hereda por ciencia infusa el fuego prometeico de la poesía, la del bohemio ebrio de sí mismo que dice escribir todos sus poemas de un tirón cada vez que las musas lo preñan de sentimientos filantrópicos o existenciales. Para este ganador de los premios Juan Ramón Jiménez y Ojo Crítico, escribir poesía consiste, además de en saber entregarse a las intuiciones, en aplicar un buena dosis de ingeniería a esas iluminaciones rimbaudianas que aparecen en la hoja en blanco. Dicho de otro modo: los textos quizá partan de la inspiración, de arrebatos repentinos, pero sin una mano hábil y un espíritu paciente que los corrija difícilmente esos suspiros afectados se convertirán en un artefacto capaz de emocionar a quienes los lean. Vamos, que una cosa es la confesión sentimental y muy otra, el arte.

SE ESCRIBE CON LAS PALABRAS, NO CON LAS IDEAS
De ahí que Escribir un poema se ocupe de cómo transustanciar el lodo sentimental en arte. Por ello, más que elucubrar sobre qué es la poesía, dedica sus páginas a la parte más ingenieril del asunto: la técnica, esto es, qué recursos usan otros poetas para modelar su material psíquico y lograr determinados efectos. Pese a lo moderno que suena «técnica poética», la terminología no la han inventado los talleres de escritura creativa —García da clases en uno—; siempre ha existido. Basta echarle un vistazo al prólogo de Gerardo Diego en Antología poética de Góngora —un homenaje de los poetas del 27 a don Luis— para entender que cualquier nueva generación de poetas investiga los recursos que aplicaron los vates que los precedieron. Es decir: nadie escribe desde cero, sino ya subido, como diría Newton, a hombros de gigantes, dentro de una tradición que lo precede. Y a ese carro es al que se sube Eduardo García, quien acota: «Sólo se desarrolla un arte apoyándose en los hallazgos ya alcanzados, aunque sea para alejarse o modificar algunos de ellos, a fin de explorar nuevos territorios».

La nómina de autores que circulan por las páginas de este libro confirman esa aseveración. Eso sí, la lista de citados tiene una peculiaridad. Si bien figuran grandes poetas como Eugenio Montale, Ezra Pound o Charles Baudelaire como artífices de excelentes citas teóricas, los versos que circulan por el libro pertenecen todos al acervo hispanoamericano. Es decir: no hay versos traducidos. Con ello García revela un aspecto fundamental de su ideología poética: no hay traducción que pueda mostrar la sonoridad del idioma original; para educar el ritmo, la respiración del verso, uno debe leer a los grandes en su lengua. Por tanto, los versos y poemas expuestos como paradigmas pertenecen a los Neruda, Girondo, Borges, Valente, Juan Ramón, Octavio Paz, Vallejo, Cernuda, Gamoneda, etcétera. Sin embargo, curiosamente una cita de un francés, Mallarmé, hablando con otro francés, Degas, es la que mejor ilustra el porqué de esta decisión: «No es con las ideas, mi querido Degas, con lo que se hacen los versos. Es con las palabras».

Y con esa insistencia en las palabras, llega el punto álgido de libro: el análisis de la técnica del «correlato objetivo» de T.S. Eliot. Las páginas que le dedica García al poeta de La tierra baldía son las que mejor compendian el oficio del poeta: cómo tomar una emoción y trabajarla para, a través de objetos, símbolos, acontecimientos, situaciones o sensaciones, revivirla en forma de poema. Como sintetiza al respecto el autor, Lady Macbeth dice mucho más cuando declama «¿Qué?, ¿nunca estarán limpias mis manos?» que si dijera «Me siento culpable y tengo una angustia terrible». Y a grandes rasgos, en esa capacidad de elipsis consiste la poesía. O cuando menos resulta un buen punto de partida para evitar los seudopoemas.

UN LIBRO ÚTIL Y QUE INVITA A LEER
Quizá ofrecer todos los puntos de partida mencionados anteriormente sea el punto de fuerte de este libro. En cuanto a las críticas, pueden hacérsele un par, aunque menores. La primera es que en la elección de los poetas contemporáneos se nota mucho que el autor barre para casa. Es decir: apenas hay algún poeta latinoamericano actual, casi todas las flores al elegir textos quedan en la España de Felipe Benítez Reyes, Pablo Casado, Félix Grande, Blanca Andreu, Julio Martínez Mesanza, Pablo García Baena... Y eso, en un libro que insiste casi a la manera de Gaston de Bachelard en la respiración del poema, se echa en falta un poco de aire del otro lado del océano, al menos de los más conocidos: Joaquín Gianuzzi, Juan Gelman, Gonzalo Rojas, Blanca Varela... No es grave, pero deja descompensado el libro como sistema de referencias bibliográficas para los noveles.

La otra advertencia se refiere a los capítulos de Construcción de la frase y Metáfora e imagen. Ahí el ágil tono de ensayo que los precede deviene en un enfoque pedagógico, que ralentiza la lectura. Los más experimentados con la escritura notarán que su interés decae ahí; sin embargo, los más nuevos o quienes den clases de escritura agradecerán el detenimiento con que el autor explica qué paralelismos hay, qué aporta un polisíndeton a la velocidad de un verso o cuál es el plano real y el imaginario en una metáfora. En fin, quienes no estén interesados, siempre pueden leer en diagonal esos apartados.

Por lo demás, ante las reticencias que suelen despertar este tipo de libros, vale argumentar la defensa de Eduardo García: este libro compila unas cuantas «pequeñas verdades» y «problemas técnicos» que cualquier poeta profesional sabe que existen. Ni más ni menos. Y lejos de fórmulas para el éxito o para escribir un poema en 10 minutos, lo que le aportará el contenido al escritor aficionado —poeta o narrador; para ambos sirve— es un ahorro considerable de tiempo y nuevos puntos de vista para reflexionar sobre el material que genera. Más claro: recomendar a un escritor que lea sus textos en voz alta para que descubra las cacofonías, que preste atención a la familia de palabras que usa o qué revise si utiliza verbos que escenifican acciones no es chamanismo poético; es sentido común. Y dar como consejo angular «Lee mucho, escribe mucho, confía en ti» es, sin querer caer en las profundidades de las sentencias koan del zen japonés, la mejor receta que puede seguir cualquiera que escriba. Por eso, poner un poco de cordura entre tanto sentimentalismo poético contemporáneo, no está de más. En definitiva, he aquí un libro útil, escrito sin soberbia ni desde olimpo alguno y que invita a leer poesía como quien invita a una copa de vino.