EL ARQUERO INMÓVIL: NUEVAS POÉTICAS SOBRE EL CUENTO

Papá: ¿qué le pasa al cuento moderno?

Varios escritores hispanoamericanos reflexionan teóricamente sobre cómo construir un cuento en los tiempos que corren. Autores como Andrés Neuman, Eloy Tizón, Ronaldo Menéndez, Fernando Iwasaki, Rodrigo Fresán, Ana María Shua o Marcelo Cohen revisan los postulados de Poe, Chéjov, Hemingway o Cortázar. La edición es de Eduardo Becerra —profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad Autónoma de Madrid— y el epílogo, de Ricardo Piglia.

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es


El cuento ya no es lo que era. O como mínimo ha sufrido cambios y resignificaciones en sus postulados desde que Poe —con «la unidad de impresión»— y Chéjov —con sus atmósferas narrativas y finales abiertos— pusieran en órbita el cuento moderno a finales del siglo XIX. Según Eduardo Becerra, profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad Autónoma de Madrid y persona al cargo de la edición, hoy día los escritores están reformulando el género. Tanto es así que han producido un cambio de paradigma en la poética del cuento. Este libro colectivo intenta reflejarlo.

En el prólogo, el editor enumera algunos de los cambios más significativos. Por ejemplo cuenta que en la actualidad los escritores

  • prefieren los finales abiertos a la esfericidad;
  • optan por la digresión, y no por la brevedad;
  • gustan de las ramificaciones en vez de la historia única;
  • forjan estructuras en apariencia caóticas y huyen del orden cerrado;
  • apuestan por la metaliteratura frente a la exigencia de narrar una acción.

Según Becerra, «No es descabellado pensar que esta redefinición del género arranque de las exigencias que una nueva visión del mundo impone a la construcción del relato». En otras palabras: como el mundo cambia, varía también la manera de narrar, es otra la manera de asentar las palabras sobre el papel en blanco.

De ahí que, para reflejar la nueva cosmovisión —o poética— de los cuentistas actuales, el libro reúna a 22 escritores hispanoamericanos, cada uno de los cuales firma un artículo, un ensayo, un decálogo o una declaración de principios (que de todo hay). Unos se reconocen como seguidores de Arreola y Rulfo, otros citan a Quiroga, Cortázar y Borges, otros aluden a  Lezama Lima, alguno se reconoce en Julio Ramón Ribeyro, Monterroso o Bolaño, de otros se sabe que admiran a Medardo Fraire... Otros parecen sentirse incómodos en la tradición en lengua española y leen sobre todo a Cheever, Carver o Isak Dinesen. Es decir, que el libro ofrece un interesante crisol de miradas, con el añadido de que muchas de ellas pertenecen a escritores nacidos después de 1960. Eso sí, si lo que dicen algunos de los autores alcanza para redefinir el género, eso es harina de otro costal.

LOS PARADIGMAS REVISADOS
En cualquier caso, y quizá eso se lo más destacado, el libro transmite la sensación de que los escritores necesitaban este espacio para reflexionar. Algunos dan la talla y otros no, como siempre pasa en este tipo de emprendimientos; sin embargo, en conjunto, la antología cumple con su cometido y sirve como punto de referencia para ubicar por dónde andan los cuentistas contemporáneos, sobre todos los más jóvenes. Y es que, en líneas generales, los ensayos funcionan como una suerte de ventilador de los fantasmas que acosan a los cuentistas de hoy, casi todos con ganas de mostrar su ascendencia en el zodíaco cuentístico o de revisar en voz alta los postulados clásicos. A saber:

1. Poe y aquello de que los cuentos deben poder leerse de una sentada. Cada cual ha releído al «borracho fabuloso» —así lo llama el cubano Ronaldo Menéndez— y su Filosofía de la composición como mejor le ha parecido. Así, Menéndez concuerda con el de Boston y dice que los cuentos son para leerlos del tirón. El argentino Rodrigo Fresán apoya a ambos y, además, anota que eso significa que el texto debe poder leerse entre 30 minutos y 2 horas. Por su parte, el hispanoargentino Andrés Neuman reniega de los exégetas que convierten a Poe en adalid de la concisión y aboga por evitar el fundamentalismo de la sobriedad; según él, el autor de El escarabajo de oro era un maestro de la digresión. Claro, que de la digresión en el sentido de una distracción calculada o de predisponer de un modo particular el ánimo del lector.

2. Cortázar y aquello de que el cuento debe ganar por k.o. Pues sí y no. Al sí se anotan Ronaldo Menéndez, quien dice que «hoy en día el cuento no puede darse el lujo de no ser demoledor». Entre los que critican a don Julio, está su compatriota Marcelo Cohen, para quien el planteamiento cronopio resulta erróneo: los cuentos no deben dejar al lector aturdido y sin capacidad de respuesta —eso es un k.o.—, sino que deben dejarlo necesitado de otra dosis de narración más. Por cierto, una tesis con la que parece estar de acuerdo el peruano Fernando Iwasaki, quien escribe: «La novela quita el hambre y el cuento abre el apetito»

3. Hemingway y su teoría del témpano. Otro clásico. La catalana Mercedes Abad, no sólo está a favor de don Ernesto, sino que lo llama «papá» y, además, escribe de manera militante —y algo panfletaria cuando irrumpe la primera persona del plural— sobre esta tradición que comienza en Chéjov, sigue con Hemingway y llega hasta Carver. Por su parte, el mesurado Andrés Neuman, ante el extremismo tempanístico que asola al cuento moderno, acota en su ensayo: «No siempre menos es más». Según él, lo que importa es la proporción.

4. Poe y aquello de que sólo se puede empezar a escribir un cuento cuando se conoce el final. Según la argentina Ana María Shua, hay otras maneras de escribir un cuento, no sólo esa. Argumenta ella que también se puede comenzar por un personaje, una situación, una imagen, una idea, un título; no únicamente cuando uno tiene el final. Más o menos lo mismo opina el español José Ovejero: «a menudo trabajo al revés que quien sugiere la necesidad de conocer de antemano el final: no lo tengo, y por eso lo busco; y en esa búsqueda encontraré toda la historia». Sin embargo, y para que no parezca que todos están contra Poe, el mexicano Guillermo Fadanelli dice que sí, que el como mucho tarda dos días en terminar un cuento porque «después de todo, cuando he empezado es porque de alguna manera el final se encuentra contenido en el principio».

5. El cuento debe ser redondo, perfecto.  Que sí, que sí, dice Ana María Shua. Más o menos, sostiene la española Cristina Cerrada, quien lo ve más bien como el «agujero del dónut». Que no, explica Rodrigo Fresán, para quien los cuentos de hoy «ya no tienen por qué rendirse a una estructura casi prusiana a la hora de contar algo». Que no, de verdad, sostiene Andrés Neuman, para quien después de un siglo y medio practicando estructuras simétricas, el escritor que redondea el cuento suele terminar aflojando la tensión de este. Pero, como él es un hombre moderado, aclara que demasiada (moderna) dispersión consigue el mismo efecto que demasiada redondez: destensar el arco.

LA BATALLA ENTRE EL CUENTO Y LA NOVELA
Bien, ¿hay algo en lo que todos los autores estén de acuerdo? En principio la mayoría alude a que encontrar el tono es lo fundamental; de ahí parte lo demás. También coinciden en que cada cuento tiene su propia lógica interna y que la tarea del escritor es sentarse frente al texto y aprender cómo funciona ese mecanismo particular, siempre distinto cada vez. Asimismo, parecen estar de acuerdo en que hoy día cualquier texto puede ser un cuento porque, como argumenta José Ovejero, lo que se lleva son «pequeñas historias que se vuelven significativas gracias a la forma de mirarlas del escritor». ¿Algo más? Ah, sí:

a) ya está bien de que la gente crea que los cuentos se escriben sin esfuerzo, sólo para descansar de la escritura de las novelas y
b) todos los cuentistas del mundo están hartos de que los editores prefieran publicar novelas.

En este último aspecto de la militancia del cuento contra la novela, el más urticante es el español Ángel Zapata. Este, además de atacar a cañonazos psicoanalíticos la Sociedad del Espectáculo diagnosticada por Guy Debord y el consumo pasivo de imágenes y de relatos, la emprende contra la novela con cierta saña. Y, si bien dignifica la labor del narrador y rescata el surrealismo, también escribe frases tan discutibles como «Desencantar el mundo ha sido la labor de la novela. El novelista se sitúa frente a los hechos con la misma frialdad con que un biólogo examina una estrella de mar». O como esta otra: «Una novela se recomienda mientras que un cuento se contagia». En fin, se ve que están requetecalientes los cuentitas con los novelistas.

EMOCIONES ESTÉTICAS FUERTES
Pero no todo es revisionismo de postulados clásicos o leña al mono de la novela y de sus editores. No. También hay espacio para que unos cuantos autores reflexionen sobre su proceso creativo. De entre todos, destaca el español Eloy Tizón —un narrador casi sin tramas, todo atmósfera y tono—, quien firma un texto luminoso. De hecho, su ensayo parece el crisol donde se entremezclan en dosis perfectas las inquietudes de parte de los compañeros de la antología. Por ejemplo, Hipólito G. Navarro o Andrés Neuman hablan de que el cuento concede más libertad creadora que la novela o que el poema, algo que está en sintonía con lo que escribe Tizón sobre Velocidad de los jardines, uno de sus cuentos más aclamados:

Un día, por azar, encontré el tono. Encontré mi voz. Agridulce, envuelto en poesía, hecho a partes iguales de humor, tristeza y ternura. En esa voz me reconocí, reconocí mi voz, reconocí mi mundo, desde entonces tengo voz y puedo hablar y escribir y dirigirme a los demás y a partir de ese momento me he dedicado a explorar y ampliar sus posibilidades fonográficas. Todos mis libros son la historia de una voz, la autobiografía de una mirada.

Un fragmento este, con el que también estaría de acuerdo Pablo Andrés Escapa, quien habla de conceptos como «emoción verbal» o «fascinación contenida» y quien le exige a los escritores que «la vida narrada ha de ser más intensa que la vivida». También Ronaldo Menéndez y su teoría de la  «sorpresa íntima» tienen cabida en otro de los axiomas que formula Tizón en su ensayo: «Busco emociones estéticas fuertes». Incluso ambos autores coinciden en la manera de explicar cómo se consigue eso. Según el cubano, si el primer sorprendido con el texto no es el autor, mal asunto. O como escribe el español: «Lo que busco cuando escribo es sorprenderme a mí mismo».

En opinión del autor de Velocidad de los jardines, esa sorpresa sólo surge cuando el escritor se adentra en la página en blanco sin planes preconcebidos. De ahí que Tizón asuma que antes del Verbo estaba la nebulosa y que rompa una lanza en favor de los escritores sin mapa, capaces de orientarse a golpes de intuición. Es decir: aquellos que, en vez de retratar o de fijar una estampa cotidiana predeterminada, salen a los caminos, como don Quijote, a ver que aventuras encuentran mientras escriben. Dice así:

Yo no veo con claridad el argumento, ni los personajes, ni casi nada. Las cosas se van aclarando a medida que voy escribiendo. La escritura surge de la escritura. El libro nace del libro. Las palabras van tirando unas de otras. Digamos que en esa fase inicial lo único que tengo claro es el sueño del libro. Intuyo el efecto emocional que su lectura causaría en mí, en el supuesto de que existiese. Pero todavía no existe.

O también así:

Escribir, para mí, es tener ganas de escribir. Ganas de que haya algo donde antes no había nada. Ganas de llenar un hueco. De cubrir un vacío. De salvar del olvido algo, algo pequeño, irrelevante, de poco peso, como el color del cielo una tarde, el traje arrugado de Sergio o un reflejo rojizo en la melena de Paula.

Recuperar del olvido algo pequeño. Luchar por encontrar la voz. Intuir el efecto emocional. Tirar de las palabras para que nazca el texto. Escribir, sobre todo escribir. Sólo escribir. Es decir: jugar con las palabras, entregarse a la literatura por la literatura misma, olvidarse de ese estigma moralizante y didáctico que persigue desde siempre a la escritura literaria —semejante al que perseguía a la pintura hasta que comenzó a existir la fotografía— y jugar, jugar con el lenguaje, abrir espacios nuevos con los viejos postulados, crear renovadoras líneas de fuga a partir de las recetas ya sabidas. Quizá el cuento, como insinúan Neuman, Escapa, Navarro, Fresán o Tizón sea el mejor patio literario donde experimentar con las palabras, donde tensar el arco que las dispara, donde olvidar érase una vez que el cuento era de prosa y de estructura prusiana. Quién sabe. Lo que sí parece claro es que, si hay una poética moderna y renovadora en este libro, quizá sea esa: una apología del juego, de la libertad de tomar cualquier texto y convertirlo en cuento: el proceso de transformación en sí es el propio cuento. Y es que, como indica Zapata, parafraseando a los surrealistas Jacqueline Chénieux y André Breton, ahora las narraciones deberían comenzar con Habrá una vez... Es decir: al cuento contemporáneo hay que salir a buscarlo. Un primer andén donde encontrarlo quizá sea este libro.


PD: También hay un epílogo de Ricardo Piglia sobre la nouvelle, eso que algunos llaman un cuento estirado casi hasta novela. El texto es una transcripción de una charla que dio en la Universidad Autónoma de Madrid sobre el género. ¿Qué decir? Lo de siempre, que el crítico argentino sigue en su papel de señor serio que dice cosas profundas sobre la literatura. A unos les encantará, a otros les dormirá.