BALSEROS, UN DOCUMENTAL SOBRE LA EMIGRACIÓN HACIA EE. UU.

Espérame en Cuba que ya vuelvo

Multitud de cubanos escapan en balsa hacia Florida. Se trata de un viaje difícil y peligroso que no tiene vuelta atrás. Balseros lo deja bien claro. Sin embargo, en mucho casos lo peor está por llegar: la estancia en EE. UU., la pena del desengaño y el abandono definitivo de los familiares.

Por Óscar Soler P.
oscar_teina@yahoo.es

 

Por suerte, no todos los documentales tratan sobre delfines y koalas estupefactos. Ni tampoco en todos se graba con ánimo de machacar conciencias europeas con etíopes hambrientos o malhechores matafocas. A veces sólo se trata de reflexionar sobre la vida misma; ese es el caso de Balseros (2002), un documental que brinda la oportunidad de pensar acerca de qué queremos y adónde vamos.

Balseros cuenta la historia de los cubanos que escapan hacia EE. UU. en busca de un empleo que les dé dinero bueno y abundante. Así de claro. El documental —filmado por un equipo de periodistas de TV3 (Televisión de Cataluña)— retrata las etapas por las que pasan siete de estos emigrantes: desde que preparan las balsas con palos y neumáticos hasta que consiguen trabajo al otro lado del Estrecho de Florida, en un país bien distinto al que imaginaban. Estados Unidos tiene buenos centros comerciales, pero no es el paraíso.

EN BUSCA DEL PAÍS DE JAUJA
El documental comienza en 1994, cuando Fidel Castro decide permitir que su pueblo chapotee hacía las costas de Florida. En aquel año, multitud de cubanos aprovecharon el permiso de Castro y dejaron a los suyos; eso sí, con una promesa: o regresaban en un futuro no muy lejano, o se llevarían consigo al resto de la familia en cuanto pudiesen. Para muchos de estos primeros viajeros, en EE. UU. no sólo les esperaba una vida con aire acondicionado y carros metalizados; también los familiares que ya habían escapado tiempo atrás y que aguardaban la llegada de los suyos.

De ahí que muchos cubanos tuviesen la camita lista en Miami, Filadelfia y otros puntos del país. Sin embargo, el viaje en balsa tuvo una primera parada en el campamento militar de Guantánamo, y no precisamente para descansar y tomar el sol. Los guardacostas estadounidenses capturaron a los protagonistas en alta mar y los retuvieron allí durante nueve meses. La película da testimonio del interior de los recintos y del buen humor de sus ocupantes. Con todo, los balseros esperan hasta que llega el día de la entrevista con las autoridades estadounidenses: una prueba para determinar quién pisaría la tierra de los gringos y quién se volvía hacia Cuba.

Porque hay que ser digno del sueño americano; el documental lo deja bien claro. Los ganadores del premio llegaron a Florida, donde se les asignó un destino con un puesto de trabajo y una residencia. Por supuesto, también les advirtieron de la importancia del inglés porque el español les valdría para poco o nada. Dicho esto y puestas las maletas en el autobús, comienza lo mejor de la película y lo más lamentable: las decepciones, matarse a trabajar los siete días de la semana, cobrar una nómina miserable y encima, la nostalgia, que ahoga y para colmo, no calienta la cama.

LA VIDA SIGUE Y UNO SE CANSA
Y es que mientras la realidad desilusiona, los lazos familiares aprietan. Los protagonistas llegan a buen puerto y les toca recaudar fondos para la familia. Al principio la estancia duele porque hay juramentos de por medio. Sin embargo, los compromisos acordados revientan por los aires cuando se descubre el auténtico estilo de vida estadounidense.

En este sentido el documental plasma dos maneras de concebir y disfrutar la vida. En Cuba los personajes viven entre chabolas, casas a las que se entra y sale sin preguntar y calles por las que correr y jugar. En cambio, en EE. UU. el asunto funciona diferente: la gente cierra el pestillo de sus viviendas y, si quiere visitar al vecino, le pide cita como quien va a la consulta del médico. Así, los emigrantes cubanos se vuelven estadounidenses: si el trabajo y los impuestos ahogan, si la gente no se ayuda, al final lo que cuenta es uno mismo. Porque uno no se mete mar adentro para esclavizarse. Para eso, que viva Castro.

Con respecto a esta situación hay una escena formidable: Miriam, que abandonó a su hija en Cuba para salir a ganar puñados de dólares, lucha por traerse a la nena consigo. Año tras año falta el sello de la embajada, la firma del consulado, el certificado de no se sabe dónde y, en cada ocasión, le dan la palmadita en la espalda. A esperar un año más: «Aquí estamos para ayudar. Ah, y aquí tiene una biblia de regalo. No se vaya a ir sin ella», dice el funcionario de turno.

NOMINADOS A LO GRANDE
El conjunto de estas historias pone en evidencia la excelente dirección del documental. El trabajo de Carlos Bosch y Josep Maria Doménech mereció el Oscar, pero se quedaron con las ganas. Aun así, consiguieron un documental que se aleja de tópicos: sus protagonistas no son héroes ni tratan de serlo; se limitan a soñar, llorar, trabajar y sobrevivir. Las imágenes no sólo muestran sus desilusiones y los obstáculos a superar, sino también su vida como estadounidenses en un magnífico epílogo rodado cinco años después.

Con todo, Balseros retrata la escapada al paraíso, al mundo de los negocios y del dinero fácil, al país de jauja donde dan duros por pesetas. Un lugar donde hay chicha para congelar en el frigorífico y preparados para el microondas. Un lugar que no existe, pero que abandera el sueño de la gente que se muere de hambre.