APUNTES SOBRE EL INCLASIFICABLE ENRIQUE BUNBURY

¿Y si todo sólo fue un zarpazo al corazón?

 

En el ojo del huracán desde finales de los 80, cuando apenas tenía 20 años, cantaba en Héroes del Silencio y jugaba a ser estrella del rock'n'roll. En 1997 emprendió el camino en solitario para dar rienda suelta a sus gustos musicales. Bowie, Elvis —Presley y Costello—, Johny Cash, el cabaré, el tango, las rancheras, los ritmos árabes... Su reciente disco con Nacho Vegas volvió a dejar fuera de juego a seguidores y detractores.

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es


Más de 20 años intentando clasificarlo y nadie ha podido. Quienes lo idolatran sostienen que es el heredero (español) del camaleón Bowie. Quienes lo odian argumentan que sólo alcanza para una mala copia de Jim Morrison. Y él, que siempre ha luchado contra las etiquetas, comenta que admira a Leonard Cohen y Raphael o va y dice: «me gustaría ser más un intérprete, tipo Camilo Sesto, Elvis Presley o Engelbert Humperdinck. Una cosa así. Y ahorrarme lo de hacer canciones, que es más doloroso» (1). ¡Ma-mi-ta, linda! Lo dicho: incluso a Darwin le hubiera llevado una vida encontrar un hueco definido y bautizarlo en latín.

Y es que con este músico zaragozano vale el clásico de «No deja indiferente». Incluso el Príncipe de Asturias —no su amigo Nacho Vegas, sino Felipe de Borbón— quiso conocerlo en 1993. Lo recibió en el Palacio de la Zarzuela, junto con los demás integrantes de Héroes del Silencio (HDS). En aquella época  la banda, además de famosa desde Guatemala a Japón por su rock'n'roll saturado de flanger y delay, era conocida por él, un veinteañero rebelde propenso a los excesos de las estrellas del rock. Entonces ya usaba el nombre artístico por el que hoy todos lo conocen: Enrique Bunbury.

La época con HDS duró hasta 1997. Si bien ése era el momento de máximo esplendor de la banda de rock más internacional que haya alumbrado la España de julioiglesias, chimobayos, faralaes y bisbales, la separación fue inevitable. Muchos apuntan a los celos como el detonante de la disolución. Y puede que fuera así. Sin embargo, la trayectoria posterior de Bunbury indica que éste también necesitaba espacio para crecer. Si quería interpretar a lo Camilo Sesto y componer con la hondura de Leonard Cohen, desde luego, esa banda de rock se le había quedado pequeña.

EL HOMBRE DE LOS CRUCES IMPOSIBLES
La separación ocurrió en el momento justo. Es más: el tiempo demostraría que sucedió en el instante idóneo para que los seguidores convirtieran al grupo en un mito. En 1997 la banda había alcanzado su cenit compositivo con Avalancha de la mano de Bob Ezrin —productor de The wall de Pink Floid, de Music from the elder de KISS o de Get you wings de Aerosmith—. Gracias a Ezrin, un grupo que coqueteaba con el gótico ochentero, el rock'n'roll de siempre y el simbolismo lírico encontró un sonido compacto, equilibrado y que algunos seguidores han definido como cercano al de los Led Zeppelin o a The Cult (2). Dicho de otro modo: en 1997 el horno del silencio no estaba para bollos bunburianos.

Por otro lado, el grupo lo formaban chicos muy jóvenes y el grado de exposición pública al que estaban sometidos era muy grande. Sus excesos como las estrellas del rock'n'roll que jugaban a ser, hacía gastar tinta y saliva a muchos detractores, entre ellos a parte de la prensa especializada. Además, la banda era muy discutida debido al cantante. O mejor dicho: debido a la voz muy grave y a la particular manera de interpretar de éste.

Cómo cantaba Bunbury fue polémico desde el principio. Enrique Campos en la revista Popular 1 (3), enuncia la pregunta que desasosegaba a los detractores de entonces: «¿qué forma de cantar era esa que parecía un cruce imposible entre Robert Plant y Raphael, entre Paul Rodgers y Nino Bravo?». Eso pasaba, que era una voz muy grave, que cantaba textos recargados y que salía de un cuerpo que parecía haberse caído en la marmita de Elvis Presley (la misma de Shakira): ¡Mueve tus caderas o muere! Por tanto, la gente cool decidió que Bunbury era del mal gusto y que pertenecía a la farándula, no al mundo de la música. Por cierto, un prejuicio que todavía perdura en 2006.

Pero volviendo al asunto de la separación: en 1997 HDS se había convertido en una máquina de éxito para EMI —aun extintos siguen en la brecha y han superado los 4 millones y medio de discos vendidos—. Para Bunbury, debido a discusiones internas y a inquietudes propias, el grupo se presentaba como un molde sobre el que repetirse, encasillarse y hacer siempre el mismo rock'n'roll. Así que su genio artístico lo guió: borrón y cuenta nueva.

UN CAMBIO RADICAL
El mismo año que HDS pasó a mejor vida, apareció Radical Sonora, su primer álbum en solitario. Incluso apareció un nuevo Bunbury, con el aspecto cambiado por completo. Si en sus inicios vestía a lo Bauhaus o Depeche Mode o si después se había quitado la camiseta y parecía Jim Morrison, ahora flirteaba con la estética raver: pelo corto, llamativas gafas de sol y ropa de bailongo pastillero. Entre lo uno y lo otro, los románticos cantores de Entre dos tierras etiquetaron a Bunbury como traidor (dicho en fino). Traidor, sí, así nomás.

Quizá por eso Radical Sonora, aunque sea un disco menor, tiene importancia debido a su carácter catártico. Éste es un álbum bisagra entre Avalancha —el último de HDS— y Pequeño, el inicio genuino de Bunbury como solista; por tanto, es un disco que registra posibles caminos de exploración, pero que no se adentra del todo en alguno de ellos. En conjunto, transmite la necesidad de un punto de inflexión. Y en ese sentido letras y música van de la mano. Por ejemplo:

Derrumba los muros. Abre las puertas. Deshazte los nudos que te sujetan. Rompamos barreras. Corta ataduras, que tanto te alejan de aquello que buscas. ¿Qué decides,  qué prefieres?  Tú eliges, ¿qué?

(Nota: ya dijo Tom Waits que reproducir las letras de una canción sin la música que les da sentido es como arrancarle la cabeza a un pájaro. En fin, qué va a ser, el periodismo tiene sus limitaciones. Aviso: de aquí en adelante habrá unos cuántos pájaros descabezados. De todos modos, acá va la versión funky.)

La canción es la primera del disco y se llama —ojito— Big bang. Pero no es la única que apunta en esa dirección explosiva. Los títulos y las letras de otras —Encadenados, Contracorriente y Servidor de nadie— tampoco dejan espacio para interpretaciones complicadas; la mayoría hablan de cambio, de un cambio personal. De un punto y aparte.

Asimismo, esta manera de escribir tan explícita puso fin a las letras recargadas que lo habían caracterizado. Para sus seguidores, resultó extraño darse cuenta de que ahora sí entendían las canciones. Los asuntos estaban ahí, bien claritos: las drogas, los «bribones apetitos» por las mujeres, los amigos de la Estación del silencio —un bar de Zaragoza—, los reparadores viajes a Sudamérica o los «discos rayados» de Elvis Presley y David Bowie. En conjunto, las canciones desprendían que, a partir de ahora, el reto consistiría en lograr textos desnudos.

Eso en las letras. En la música, el disco también anunciaba un nuevo orden pasional. Si bien los ritmos industriales al estilo Garbage predominaban, las cadencias árabes y los ritmos mediterráneos asomaban de continuo. Entre lo uno y lo otro, Radical Sonora supuso un cambio demasiado brusco para gran parte de los (nocturnos y alevosos) karaokistas de «He oído que la noche...». Así que muchos de ellos se aferraron al mito de HDS y abandonaron al ex héroe Bunbury en su odisea por reencontrarse consigo mismo. Y no se arrepienten; de hecho, creen haber saltado a tiempo del Titanic.

LEJOS DE LOS CAMINOS ASFALTADOS
Y es que el futuro de Bunbury se parecía más al de la imprevisible Nina Hagen que al del venerable Robert Plant. En cuanto a calidad y grado de experimentación, Radical Sonora es casi irrelevante comparado con Pequeño (1999), Flamingos (2002) y El viaje a ninguna parte (2004). Además, éstos son discos más sólidos, repletos de matices, compuestos para crecer con cada escucha y muy distintos entre sí. De ahí, que si algo los hermana, sea la avidez por dejarse hablar a través de las influencias.

Es más: en ellos Bunbury parece querer echar mano de toda su discoteca para componerlos. A los flirteos electrónicos y mediterráneos anteriores, va uniendo la música de arrabal, la canción francesa, el cabaré, el tango, las rancheras, los corridos, las rumbas y hasta el folk estadounidense. De hecho, en sus discos la nómina de agradecimientos y de colaboradores servirían para montar un festival. Además de media España, por ahí aparecen los mexicanos Molotov, Julieta Venegas y Plastilina Mosh, los colombianos Aterciopelados o los argentinos Spinetta, Charly García, Daniel Melero, Andrés Calamaro y Ariel Rot. Es decir: desde la concepción se aprecia que los discos no persiguen el éxito comercial, sino que profundizan en una búsqueda.

Y esa búsqueda, cómo no, la resumen un par versos de una canción:

De pequeño me enseñaron a querer ser mayor,
de mayor quiero aprender a ser pequeño.

La canción es De mayor y contagia una melancolía digna de Rilke por la recuperación de la infancia perdida. Como todo el álbum Pequeño, incluida su portada —sin foto alguna de Bunbury—, es un ejercicio de humildad y de reflexión sobre cómo está asentada en el mundo la voz que canta (en poesía se habla de un «yo poético»; ¿cómo sería el de las canciones, un «yo cancionil»?). Es como si la estrella de rock, cansada de sí misma, se preguntase si quedaba algo del muchacho que subió por primera vez a un escenario con 14 años. ¿Quedaba algo?

LOS RESTOS DEL NAUFRAGIO
Las entrevistas y los discos apuntan a que sí, y bastante. Pequeño también es un álbum catártico, aunque en un plano distinto al de Radical Sonora; aquí el acento está puesto en recuperar la credibilidad como músico, y no tanto la libertad creativa (que ya la había conseguido en el trabajo anterior). Incluso es como si este Bunbury hablase con el del último disco de HDS, donde en la canción En brazos de la fiebre dice: «El disparate del caos me derrotó con palabras de alabanza». Una frase que parece darse la mano con Demasiado tarde, una canción de Pequeño:

Cuando los excesos nos tuvieron presos, caímos enfermos de estrella ficción. Cuando los celos —maditos— saltaron a gritos, ni cuenta nos dimos de la situación. Es demasiado tarde para poder parar. Pasó nuestro momento y pudimos bajarnos a tiempo. Esto es lo único que es cierto, es demasiado tarde. Es demasiado tarde para poder parar.

Con los textos, cada cual construye el sentido que más le apetece, que para eso tiene un inconsciente propio (eso sí, dentro de unos límites, como diría Umberto Eco). De todos modos, ese «enfermos de estrella ficción» y esos «celos» deben de haber alimentado encendidas conversaciones entre seguidores. Y no digamos el desánimo que debió de provocarles a quienes añoraban a HDS la voz de fondo que, hacia el final de la canción, comenta:

Tenemos experimentos aquí que son trascendentes para el futuro. La verdad es que tenemos de todo tipo.

Quizá la canción vaya de otra cosa, por qué no; en cualquier caso, también puede leerse como la constatación del punto y aparte que anunciaba Radical Sonora. A partir de aquí, experimentar y darle vueltas al carrusel de las influencias será la receta para recuperar la credibilidad perdida. De hecho, desde Pequeño cada disco debería haber llevado un cartel de advertencia: «Silencio: hay un músico que trata de emerger».

EL HURACÁN QUE TODO SE LO LLEVÓ
Y eso último, lo de emerger, no fue fácil. Al menos eso se desprende de esa especie de trilogía que forman Pequeño (1999), Flamingos (2002) y El viaje a ninguna parte (2004) —título de una novela de Fernando Fernán Gómez—, discos que hablan de un proceso de desprendimiento personal. De hecho, dan la sensación de ser capítulos de una novela de aprendizaje (Bildungsroman, que le dicen).

Lo de la novela no es porque sí. Es que las letras de las canciones mutan, de manera inesperada, hacia el coloquialismo y la narratividad, incluso cuentan historias. Además, los textos y la voz cada vez aparecen más limpios de barrocos ripios bunburianos y ganan en naturalidad. Y eso le hace mucho bien a una apuesta musical tan complicada como la de Bunbury, que sigue siendo ese cruce imposible entre Robert Plant y Raphael, entre Paul Rodgers y Nino Bravo.

En el terreno musical, el toque mexicano de Flamingos supone la consolidación del camino abierto por Radical Sonora y por Pequeño. A saber: en una canción, como escribieran Virginia Woolf y Julio Cortázar de la novela, cabe de todo. Por eso, guitarras, novelas o mochilas al hombro, ¿qué más da?, si lo importante es tocar, jugar con el mundo, avanzar, cambiar de perspectiva, aprender. En ese sentido, Flamingos  constata que el traidor de Bunbury se había entregado con todas las consecuencias al nomadismo musical y personal.

Ambos asuntos, composiciones y vivencias parecen ir unidos. El giro musical acompaña un cambio en la mirada. Como en Radical Sonora, la primera canción de Flamingos parece una declaración de intenciones. Se llama —ojito de nuevo— El club de los imposibles:

Pagamos el peaje y tenemos todos los semáforos en verde a la vez.
Aspira fuerte el napalm que huele a victoria en Apocalipsis Now.

Peaje pagado, semáforos en verde... En otras palabras: el salto con doble pirueta y mortal adelante de Pequeño había salido bien. O como dice la máxima budista: todo el veneno se había convertido en medicina. Cancelado el arancel con el pasado, era hora de meter la directa y de ir de frente a por el destino; cualquier tiempo pasado sólo podía haber sido peor. ¿Que no?

Así arranca, a ritmo de piano cabaretero, la segunda canción, , una de las mejores que haya cantado el zaragozano:

Todo valió un zarpazo al corazón
disimulo, no hay delator.
Palpitación,
encontrar lo que busqué
trocitos de sospecha, siete siglas de papel.
Todo valió un zarpazo al corazón.

Quizá sea éste el núcleo del disco: «Todo valió un zarpazo al corazón». A la vista de la biografía del traidor y de la portada —Bunbury vestido de boxeador, exhausto y sentado en la esquina del ring—, se trata de un verso certero. Eso sí, consta en la página web —no en el disco— que lo escribió su hermano del alma, el músico catalán Adriá Puntí. En cualquier caso, lo que importa es que este boxeador de 2002, maltrecho pero ganador, está lejos, muy lejos, de aquél que cantaba en Maldito duende con HDS «Te sientes tan fuerte que nadie te puede tocar». Ahora tiene canciones que sí golpean de verdad.

Lady blue, a ritmo de David Bowie haciendo de Major Tom, es un ejemplo:

Desde hoy
no temas nada,
no hace falta ya:
todo se fue con el huracán.

Nada queda
de las vueltas
que el tiempo nos dio:
todo se fue con el huracán.

Unas líneas que realzan todavía más la de Adriá Puntí en . Es como si todo lo sufrido cobrara, de repente, sentido, como si la arriesgada apuesta musical, los problemas con las novias, las drogas y las noches —y que me disculpe Herodoto—, los viajes mochila al hombro por Sudamérica para buscarse a sí mismo, los excesos y pecados cometidos, todo, ni más ni menos, todo hubiera valido un zarpazo al corazón y ahora pudiera seguir adelante. ¿Y lo demás? Lo demás es como si se lo hubiera llevado el huracán de la soledad, de la tristeza, lady blue.

EL ARAGONÉS ERRANTE
El siguiente fotograma en la vida discográfica de Bunbury es la portada de El viaje a ninguna parte. Allí un vaquero toca la guitarra y al fondo se ve a un payaso en una roulotte. Este disco doble quizá sea el que mejor lo pinta como músico: trotamundos, ecléctico, melancólico, desmesurado. El circo funciona como una metáfora que multiplica —con perdón de Kafka— la apuesta de este artista del trapecio.

Porque éste es un doble (disco) mortal sin red. En sus letras salta del San Telmo porteño al Coyoacán mexicano y de allí, al Chamberí madrileño; lo mismo canta a Trinidad, una rosarina con aires de mujer fatal, que evoca a unas amigas que lo esperan en Managua para sacarlo a bailar. A la vez arregla los temas con sabor a ranchera, corrido, rumba, tango... Incluso firma sus canciones en Cajamarca, San Juan del Sur y Chiclayo, ciudades inexistentes en el imaginario musical español, más pendiente de Londres, Berlín, Nueva York y París. Con razón, la banda que lo acompañó en el disco y la gira se llamó El Huracán Ambulante, un nombre que parecía un heterónimo exacto para su líder.

El Huracán Ambulante lo integraban 8 músicos zaragozano-latinoamericanos que escoltaban a El Aragonés Errante a golpe de contrabajo, trompetas, violines y hasta bandoneones. Y fue el grupo perfecto para entender la variedad de registros que perseguía quien los había contratado. Además, sobre esa sólida base musical, Bunbury giró del todo hacia letras cada vez más vivenciales, más cotidianas, cada vez más contagiadas del Gil de Biedma de No volveré a ser joven, aquél de «Que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde». Ay, la vida, menudo huracán.

En fin, la edad. Debía de ser la edad. Corría el 2004, Bunbury en vez 20 tenía 37 años y cualquier coincidencia con alguna reencarnación anterior era mera coincidencia. Vamos, que la imagen del boxeador maltrecho pero ganador de Flamingos tenía su razón de ser; la vida no había atravesado en balde al traidor. Así, El viaje a ninguna parte se convierte, como pedía Cortázar, en diario de un extravío. Ahí van sólo 3 ejemplos:

  • «Nos queda la suerte, que si se balancea un poco nos puede tocar.», de Los restos del naufragio.
  • «Sólo me tengo que reconciliar con los errores que volveré a cometer.», Carmen Jones.
  • «Que no te falte esa canción que repare tu corazón en el momento peor que hayas conocido», de Que no te falte suertecita.

(Y que Tom Waits nos siga perdonando por descabezar tantos pájaros.)

De todos modos, el éxtasis creativo iba a tener su anverso. En apariencia todo iba bien: desde 1997, Bunbury había vendido alrededor de 1 millón de discos, sus conciertos eran multitudinarios, la relación con El Huracán Ambulante era excelente y los colegas de la escena como Kiko Veneno, Loquillo, Andrés Calamaro o Jaime Urrutia lo alababan ante la prensa. Incluso EMI le concedió un deseo que había expresado de manera informal: realizar una gira por España en una carpa de circo e invitar a tocar a quien le apeteciera. Freak Show lo llamó y en él participaron Mercedes Ferrer, Adriá Puntí, Carlos Ann, Iván Ferreiro y Nacho Vegas. El video de la gira muestra a un Bunbury pletórico. Sin embargo, el cansancio y las maniobras de la discográfica pusieron a Bunbury contra las cuerdas.

OTRO BORRÓN Y OTRA CUENTA NUEVA
El 29 de agosto de 2005 faltaban sólo 2 conciertos para concluir la gira del Freak Show. El escenario era Zuera (Zaragoza). Después de ese concierto sólo le quedaba el de Cambrills. Bunbury había anunciado meses antes que disolvería El Huracán Ambulante, lo había anunciado incluso antes de que EMI alargase la gira varias fechas sin su permiso. El zaragozano —bastante más profesional que estrella— aceptó a regañadientes la maniobra de la discográfica, pese a que estaba saturado y quería irse de vacaciones. Él no necesitaba más éxito; quería tiempo para componer. Nadie pareció entenderle. (4)

Según su versión, el día 29, a pesar de la gripe que lo aquejaba, subió al escenario de Zuera. En la quinta canción, Sácame de aquí, la voz no le dio más de sí y se detuvo (la noticia en la tele: acá). «Se dio media vuelta, dio una palmada y echando un beso al público hizo mutis por el foro». (5) El Huracán Ambulante terminó la canción y recogió los instrumentos. Media hora después, uno de los músicos anunciaba la suspensión del concierto. En respuesta, los espectadores lanzaron botellas y vasos al escenario. El grupo debió salir escoltado por la Guardia Civil.

No hubo último concierto; el Freak Show no llegó a Cambrills. Como si una especie de satori lo hubiera sacudido, Bunbury cortó con todo. Dejó la guitarra en casa, se subió a un avión y se marchó a Cuba. Allí confiaba en recuperar algo de cotidianidad: comprar en los mercados, pasear por las calles y escuchar la música de otros. En La Habana pretendía vaciarse del monstruo comercial en que se había convertido y, como cantaba en Pequeño, seguir trabajando para recuperar la infancia perdida. De nuevo aquel adolescente que se colgaba por primera vez una guitarra lo esperaba al final del túnel. La prensa y los seguidores, con sus dardos más envenenados, también.

A la vuelta de Cuba, se concedió algunos escarceos, a cada cual más friki y desesperante para quienes todavía soñaban con la vuelta a los guitarrazos de Héroes. Ahí nacieron un grupo de versiones, Bushido —que murió a la vez que se publicaba el disco—, un proyecto para musicar poemas de Leopoldo Panero y Los Chulis, una banda para componer canciones y regalarlas por Internet. Todo ello no fue más que un preludio para encontrar, al final del cuento, de nuevo a un príncipe, Nacho Vegas, incluso más asturiano que el del 93. De momento, les va bien juntos.

Y AHORA A LA GIJONESA 
¿Y quién es Nacho Vegas? Pues hasta hace 2 días, un cantautor con (falsa) aureola de maldito y bastante desconocido, salvo en el circuito underground. Desde el 18 de septiembre, para muchos debe de ser «el que ha grabao con Bunbury El tiempo de las cerezas». Con suerte, y después de este disco doble —¡vamos , Nacho!—, un inquietante y molesto grano en el culo de la industria musical, amén de un compositor de referencia para unos cuantos cientos de personas más. Los aficionados a las etiquetas lo llaman el Nick Drake español. ¿Lo será?

Y qué más da. El caso es que a finales de octubre de 2006, la página web de El Aragonés Errante recoge ya ríos de tinta sobre este trabajo conjunto entre quien quiera que sea Bunbury y quien quiere que sea Vegas. Y, por cierto, el resultado los merece.

Éste es un disco urgente y de canciones importantes —por usar la terminología de sus autores—. Un doble cedé que, si los hados son favorables, pondrá a cada uno en su sitio: a Bunbury, como un intérprete rico en matices y un compositor omnívoro que se atreve con todo y a Vegas, como un notable poeta coloquial de largas canciones con versos que parecen robados a Carver y a Cioran. Una buena noticia, porque el mercado no anda sobrado de semejantes emprendimientos.

EL SABOR DE LAS CEREZAS
Eso sí, la parte a cargo de Bunbury resulta algo despareja. En un álbum donde los referentes son Townes van Zandt, Johny Cash o Nick Drake, Nacho Vegas juega y gana. Pero eso no resulta sorprendente: sus discos anteriores —Actos inexplicables, Cajas difíciles de parar, Desaparezca aquí o incluso los de la intimista etapa de Diariu— ya exploraban esta veta musical; así que sus nuevas canciones sólo sorprenden porque mejoran lo que venía haciendo. El caso de Bunbury es distinto; él era quien se metía en camisa de once varas.

Y el zaragozano sale muy bien librado en el disco 1, pero no tanto en el 2. En el primero, iguala y supera algunos de los mejores momentos de discos anteriores. Así, ofrece versos redondos como «No sé cómo eres capaz de sentirte tan peligrosa siendo tan vulgar», en la canción Puta desagradecida, o dardos certeros como «Es mentira que el deseo siempre es verdad», en Látex. También consigue metáforas visuales sugerentes, como la del inicio de No fue bueno, pero fue lo mejor: «En pie, como soldadito de plomo, se preparó para caer en combate». Y por supuesto, tiene esos momentos entre rilkeanos y Gil de Biedma, donde hace balance de la vida:

Mañana será otro día.
Depende del cristal con el que miras,
todo es horrible
o terriblemente bello.

No fue bueno, pero fue lo mejor.
Todo o casi todo salió de otra manera.        

¿Quién no desearía ser otro
en quien confiar,
por quien dar su brazo a torcer?

En el disco 2, las canciones adoptan un tono más experimental. De hecho, las letras trabajan más con la asociación de imágenes que con un hilo narrativo, y la cosa no le sale del todo bien. A veces, las imágenes se atropellan las unas a las otras y en ocasiones suenan rimbombantes. Por ejemplo, en El rumbo de tus sueños, conviven momentos de lírica naturalidad, como «Y ahora tengo las arterias llenas de etcéteras, un corazón espartano y unas manos que creen en los milagros», con otras construcciones más forzadas, como «hay una estela de ausencia, de coincidencia literaria, de lo que es armonía, de pie azteca» (que, con buen criterio, Nacho Vegas borra cuando versionea la canción).  Por este lado, flojea un tantito, como diría Rulfo, el disco 2.

De todos modos, esto ya es sacarle el culo a la jeringa. El tiempo de las cerezas entero vale por sí solo por el siguiente pasaje de Bunbury en De esclavitud y cadenas:

En estos tiempos de pena y de olvido,
el vino y la miseria devolvieron a mi casa
la flecha arrojada, la palabra ya dicha,
la oportunidad despreciada, la vida pasada
que no volverá y es un hecho.

Uf. Como diría Huidobro, don Vicente: hay que andarse con ojo a la hora de adjetivar; así que va de manera indirecta el piropo: este pasaje, ¿no es como si Gil de Biedma, Leopoldo Panero y Ángel González se hubieran puesto a cantar a la vez? Ojalá que El tiempo de las cerezas acalle los prejuicios y las reticencias que han acompañado la carrera de Bunbury. Incluso ojalá que si regresan los Héroes del Silencio no sea para tocar las canciones antiguas. Porque, a la vista de la trayectoria de su ex cantante, cualquier tiempo pasado fue peor. Quizá otros no, pero este zaragozano errante mejora con cada zarpazo al corazón. Sí, sí.