Invitación a la lectura

Lo genérico y lo concreto en la escritura
Guillermo Martínez


Lecturas

La cocina de la escritura de Daniel Cassany

La construcción del personaje literario de Isabel Cañelles

La práctica del relato de Ángel Zapata

Tintalabios

Alberto Laiseca:
«La soledad es una especie de maldición. Hay que exorcizarla todos los días.»

Sergio Bizzio:
«La literatura puede ser mucho más dolorosa si la tragedia se cuenta con humor»



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RESEÑA DE LA CONSTRUCCIÓN DEL PERSONAJE LITERARIO, DE ISABEL CAÑELLES

Reanimación literaria: por amor al personaje

 

¿Cervantes o Don Quijote? ¿Shakespeare o Hamlet? ¿Sherlock Holmes o Conan Doyle? Sin duda, hay personajes que trascendieron a su autor y que deambulan por el mundo a su capricho, más vivos que sus creadores. Este libro se asoma a los misterios de esa (literaria) transubstanciación.

 

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

Construir un personaje es creer en su existencia». Eso escribe Isabel Cañelles en la página 50 de este libro y ésa es la tesis que tan bien explica Eloy Tizón en su prólogo: Don Quijote está más vivo que Cervantes, Hamlet sobrevivió a Shakespeare y Madame Bovary tiene menos arrugas que Flaubert. ¿Alguna duda?

Por supuesto que no. Las anteriores son algunas de las pocas verdades con que luchar contra el incierto mundo de hoy. De hecho, ni siquiera un retorcido intérprete de la Torá se atrevería a rebatirlas. Y es que, misterios de la vida, al autor parece no quedarle más honra que ser el progenitor de ese niño prodigio llamado personaje.

Porque para los lectores, al fin y al cabo, quien obra milagros en su mente es el personaje, y no tanto el autor. Sin embargo, los escritores saben que todo personaje sólo es un Pinocho o un Frankestein en potencia y que de la pericia del autor depende que haya milagro o no. Es decir: sin la sabiduría del oficio y sin el aliento de la técnica, esas secuencias de palabras se quedarían en simples muñecos de madera o en inservibles refritos anatómicos. Y entre lo uno y lo otro media el ser o no ser de la literatura.

3 PERSONAJES, 3 AMORES
Por suerte, este libro puede utilizarse para darle una salvadora descarga eléctrica a un puñado de palabras que andan medio muertas y dotarlas de un poco de savia literaria. Es más: Eloy Tizón acierta en su prólogo cuando escribe: «Este libro de Isabel Cañelles enseña cómo hacer que un personaje que está clínicamente muerto resucite, haciéndole el boca a boca, mediante una transfusión de palabras». Ni más ni menos que eso: considérese este libro como un manual de reanimación de personajes.

La doctora a cargo de la unidad de reanimación es Isabel Cañelles (Madrid, 1969), quien subdivide sus trepanaciones en 3 apartados. El primero se llama Desde la persona, el segundo A través del personaje y el tercero, Hasta la persona. En todos la autora pone el acento en el proceso creativo y evita la tediosa crítica de suplemento cultural, es decir, la palabrería al reverendísimo cuete. Lo de esta cirujana consiste más bien en empuñar el bisturí y diseccionar cadáveres: aquí un personaje con tumor de invisibilidad, aquí otro sin visión propia del mundo, por acá uno al que su narrador lo dejó mudo... Es decir, que su análisis va al grano del texto, y no al acné del autor: aquí lo que importa es si el personaje está bien o mal construido y por qué.

Para separar el grano de la paja, esta reanimadora literaria acude a 3 modelos femeninos. Ellas son Emma Bovary y su desdichado amor de provincias, Ana Karenina y su trágico amor a la rusa y Anita Ozores, una mujer que se resiste lo suyo a caer en la cama con su amante. O dicho por los nombres de los creadores de tan inolvidables mujeres: Flaubert, Tolstoi y Clarín. Casi nada los personajes y casi nada sus autores.

En cualquier caso, no sólo de los aciertos de los célebres alimenta Cañelles al lector. Así, la autora también dedica páginas enteras a subrayar los defectos de autores de menor abolengo, aunque bien ponderados por el mercado editorial (con la bibliografía que da y con un poco de ojo queda claro quiénes son). Vamos, que el libro más pedagógico no puede ser: hay buenos y malos, y hasta un (relajado) intento de rescatar la literatura de las garras de estos últimos. No está mal, ¿no?

UN LIBRO QUE ESCONDE UNA ENCRUCIJADA
Y quizá sea ese tono distendido y pedagógico una de las mejores bazas del libro. Por un lado, ofrece un claro talante didáctico, apoyado en el análisis de múltiples fragmentos de las obras de Flaubert, Tolstoi y Clarín. Por otro, deja espacio al gusto por la digresión de la autora, cuyas apreciaciones comienzan en los personajes pero suelen terminar en la carpintería de la novela entera (lo cual, dicho sea de paso, se agradece).

De hecho, por su tono, como dirían los expertos en calificar películas, éste es un libro para todos los públicos. Y no porque sea superficial, sino porque la autora hace muy bien algo que muchos otros hacen muy mal. Me explico. Ella escribe lo suyo —cómo generar identificación, cómo narrar con acciones o cómo hacer visible a un personaje— con gracia, con desparpajo, como quien habla de telenovelas en la peluquería o de literatura en una cena con amigos. Y eso es algo que, al menos este lector que escribe, agradece, cansado de la afectación de tanto orondo académico de la cosa. En otras palabras: he aquí un soplo de aire fresco en las áridas tierras de la teoría literaria.

Eso sí, tanta frescura no equivale a sofismas del tipo: «Construya su personaje literario en 10 días». Nada más lejos de la realidad. Si algo libará el lector que se detenga en las 262 páginas de este libro, será una suerte de dogma de fe que postula Isabel Cañelles: «La literatura se va tejiendo a fuerza de creer en ella». Y, por lo que cuenta, semejante creencia precisa de un esfuerzo considerable (no apto para comerciantes de la literatura).

Es más, como en las buenas clases y conferencias, terminado este libro y revisados los borradores personales sólo caben 2 opciones. O uno abandona la escritura de ficción porque exige demasiado trabajo o se zambulle alegre en ella porque ha encontrado un pasatiempo interminable. Tome el sendero que tome, el lector  al menos se llevará consigo argumentos con los que romper el cerco comercial de los suplementos literarios y las editoriales. Es decir: será un lector más crítico y libre. Lo cual, como diría la autora, «en estos tiempos de impaciencias y prisas» no es poco. De hecho, gracias a libros como éste, aún queda alguna esperanza para seguir creyendo en la existencia de los personajes. Por cierto: ¡Larga vida a ellos, los reyes de la literatura!

 


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