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amma. marcel
griaule: dieu d’eau. CFA. ogon. mijo. bandiagara.
fulani. amadou et marian. toguna. karité. ganna. miquel
barceló. nommo. sigui. harmatan. baobab. amadou toumani
touré. sahel. tellem. noix de cola.
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El
taxista que nos lleva hacia el país dogón
se llama Suleyman. Tiene dos mujeres y dice que ya es hora de
buscar la tercera. Se queja porque al ser musulmán no
puede casarse con más de cuatro. Antes podíamos
casarnos hasta con diez, dice, pero ahora sólo
les está permitido a los animistas. Se ríe
de los cristianos, que sólo pueden casarse con una. Después
te cuenta con orgullo que es un shongai, de la ciudad
de Gao. Los shongai fueron un importante imperio hace
cinco siglos y todavía lo recuerdan. Mali, el cuarto
país más pobre del mundo, es la cuna de los más
grandes imperios africanos.
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África
es rojo, verde y cielo. Desde lo alto de la falla de Bandiagara
—donde se asienta Begnimato— se puede observar el
sahel hasta donde alcanza la vista. Acaba Mali y comienza
Burkina Faso sin que nada lo marque. La estepa inmensa. Tierra
arcillosa, plantaciones de mijo, arbustos y baobabs. En la vertical
del cortado hay construcciones de barro, desafiando las leyes
de la gravedad. Son las casas de los tellem, antiguos
habitantes del país dogón que emigraron
hacia el sur. No puedes creer que sean casas. Son diminutas,
muy parecidas a los nidos de gorrión. Los tellem
eran pigmeos, te explicarán más tarde. No
más altos que un niño.
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Tu guía
se llama Seydou, aunque se hace llamar Seydou «le magnifique».
En Begnimato todos lo cuidan porque es el más joven de
los guías. Él se siente muy orgulloso y te presenta
a algunos de los guías más viejos. Ellos me
enseñaron lo que sé, comenta. Cuando tiene
confianza bromea contigo sobre el resto de turistas y a menudo
se queja sobre su trabajo. No crees ser la persona más
apropiada para tratar ese tema, pues tú eres su trabajo.
Él no parece darse cuenta del detalle.
Te dice que no le gusta ser guía. Estar cada día
con los turistas hablando sobre lo mismo. Una y otra vez. Te
confiesa que los peores son los que preguntan sobre cada cosa.
Le dices que te consideras de ese tipo. No responde. Bebe un
trago a su cerveza. Ya te comentó hace un rato que es
medio musulmán medio animista. O sea, puede beber alcohol,
tener diez mujeres y ausentarse de rezar. Por lo demás
es musulmán.
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Rompe a
llover. Estabas durmiendo en el techo de una casa y has tenido
que bajar corriendo —con el colchón en la mano—
a resguardarte en un porche. Decides hacer una foto a la tormenta.
Sale borrosa. Lo vuelves a intentar. Alguien grita pero no haces
caso. De nuevo borrosa. Nuevo intento. Nuevo grito. Alguien
corre hacia ti, te chilla en francés, muy enfadado, que
no fotografíes a la lluvia, porque eso la enfadará
y caerá un rayo. Varias personas te miran. No entienden
por qué los has puesto en peligro. Te disculpas como
puedes. Si cae un rayo la culpa será tuya.
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Llegan
las mujeres fulani con los cántaros de leche
sobre la cabeza. Se sabe que son fulani —o peul—
porque llevan la boca pintada con pigmento azul, desde la barbilla
hasta la nariz. En otros lugares llevan escarificaciones en
la sien o en la boca. Son las marcas de su etnia, tradicionalmente
ganaderos. Seydou te dice que viven muchos fulani con
los dogón desde hace siglos. Te comenta que
las mujeres fulani son consideradas muy bellas, pero
que por desgracia apenas hablan dogón. Les compras
un poco de leche. Es muy espesa y sabe muy fuerte. Es de
ayer, te dicen, mucho mejor que la de hoy.
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Daniel
es el jefe de la aldea de Begnimato. Lleva un gorro tradicional
y no deja de sonreírte, mostrando una boca sin apenas
dientes. Intuyes que quiere una nuez de cola. Llevas una bolsa
de nueces para regalar a los ancianos. A ellos les encanta este
fruto amargo. Has leído que es alucinógeno, estimulante
y que aumenta la potencia sexual. Le das una bastante grande.
Te lo agradece repetidas veces y se la mete en el bolsillo.
El cazador de la aldea se acerca al ver las nueces de cola.
Le das una y te lleva a ver la fachada de su casa, adornada
con cráneos, huesos y pieles de todo tipo de animales.
Con orgullo te dice uno a uno a qué animal pertenecen:
monos, serpientes, liebres, gacelas... No hay ningún
cocodrilo. Los cocodrilos son parientes de los dogón.
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La aldea
tiene tres diminutos barrios separados. El musulmán con
su mezquita de barro. El cristiano con su iglesia de barro.
El animista con su altar de piedra para los sacrificios. Aparte
de eso, la diferencia es inexistente. Viviendas y graneros de
barro y paja. Mujeres con vestidos tradicionales y hombres a
mitad camino entre la ropa dogón y la occidental.
Tienen un mismo jefe, Daniel. Además, comparten una misma
toguna de madera —o casa de la justicia—,
donde arreglan sus asuntos maritales o problemas entre vecinos.
También comparten la misma casa para las chicas impuras,
donde van a dormir las solteras que tienen la menstruación.
Es la esposa de Daniel la encargada de llevarles comida y agua.
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¿Cómo
estás?
Bien
¿Y tu familia?
Bien
¿Y tus hijos?
Bien
¿Y tu esposa?
Bien
¿Y tu madre?
Bien
¿Y tu padre?
Bien
¿Y tus negocios?
Bien, gracias.
Los interlocutores
ya están lejos cuando suena la última respuesta,
que apenas se oye a lo lejos. Seydou y un anciano se han cruzado
por el camino que recorre los campos de mijo y se han saludado
según el protocolo dogón. Seydou dice
que los jóvenes no deben olvidar la buena educación.
y 9
La señora
belga quiere ver un baile de máscaras. Tendrá
más de 50 años y viaja por África estudiando
los bailes sagrados. Es un espectáculo caro, pero ella
ha pagado más de la mitad, así que el resto de
turistas acuden por un módico precio. Estáis en
un llano de piedra junto al barranco.
Aparecen
los músicos y se colocan a un lado. Después los
actores con sus máscaras tradicionales: las mujeres peul,
los animales, el cazador, las máscaras de la creación
y la de la casa dogón, que mide casi tres metros de altura.
Se mueven al ritmo de la música, por turnos. La mujer
belga te va informando de los significados de algunos movimientos
y dramatizaciones. Te dice que éste es un baile funerario
y que la gran fiesta de máscaras es el sigui,
celebrada cada 60 años atendiendo al periodo orbital
de Sirio. Pero que todavía queda mucho tiempo para la
próxima y no cree que pueda asistir. Durante el sigui
se elige al nuevo hogón o jefe espiritual del
animismo dogón, aunque en el último nadie
quiso serlo y ahora no hay ninguno. Los tiempos cambian,
te dice. Lo ves en la cara de Seydou, que parece aburrido del
espectáculo. Los musulmanes creen que estos bailes son
una tontería... y en eso sí se considera musulmán.