Sobre gustos hay mucho escrito. Tanto que parece inevitable resignarse a la diversidad de preferencias en casi todos los aspectos de la vida. Aunque esta pluralidad es loable, a veces choca con la libertad de discrepar. La sugerencia de que una manifestación está por encima de otra puede molestar, incluso ofender. Los ánimos personales se muestran reacios al debate sobre la calidad estética o ética (la forma y el fondo, el discurso y el mensaje).
La variedad de ofertas y la libertad —al menos ideal— de elección en los tiempos democráticos, donde cada cual hace, percibe y opina como le place, parecen encubrir a veces el autoritarismo de los caprichos. Esto es: importa pura y exclusivamente que guste; el porqué, la trascendencia, los objetivos de esa práctica son lo de menos. Si el nene tiene hambre, que se coma los mocos, y el resto que aplauda.
Pero también es cierto que existe la posibilidad de pensar, y de pensar entre varios, de juntarse a tirar de la madeja y sacar algo en común. Por ejemplo, sobre si cabe juzgar los gustos o hay que rendirse ante ese halo de hipersensibilidad personal que funciona como justificación per se.
Así lo entendieron en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Valencia donde, a finales de julio pasado, renombrados conferenciantes y el público en general debatieron acerca de qué factores influyen en la formación del gusto y de cuál es la importancia de enseñarlo. Teína ha consultado sobre este tema a uno de los directores del seminario Educar el (buen) gusto, el profesor de la Universidad de Montreal (Canadá) Jean Grondin y autor Del sentido de la vida. Un ensayo filosófico (2005).
En la entrevista, Grondin arriesgo poco a la hora de definir el buen gusto. Sin embargo, el filósofo aclara que el gusto resulta discutible y configurable. El primer paso, quizá, para desterrar de plano las argumentaciones autoritarias y meramente antojadizas que esquivan cualquier crítica y, con ello, la posibilidad de evolucionar, transformarse, enriquecerse.
¿Pero por qué abordar este tema que parece a simple vista tan limitado, en causas y consecuencias, al foro interno de cada persona? En la presentación escrita del seminario, el profesor de la Universidad de Valencia Jesús Conill Sancho, el otro organizador junto a Grondin, lo explica. Los gustos resultan esenciales para guiar «los comportamientos, las elecciones y la toma de decisiones de los ciudadanos (jóvenes y adultos), los profesionales e, incluso, las mismas instituciones». Por tanto, entender el funcionamiento y destino de una sociedad requiere necesariamente analizar la variedad, pluralidad y dinamismo que hoy caracteriza la naturaleza del gozo.
No se trata, claro está, de un tema novedoso. El gusto fue estudiado por diversos teóricos. El sociólogo francés Pierre Bourdieu, por ejemplo, consideraba el criterio estético en tanto mecanismo de distinción que diferencia lo superior de lo inferior. De ahí que el buen gusto se defina en términos de «lo que no es». Pero además, el gusto en sí, decía este pensador, se constituye en una barrera entre clases sociales que poseen, en muchos aspectos, criterios particulares.
Más recientemente, los autores de la ácida obra Rebelarse vende, Joseph Heath y Andrew Potter, apuntaron al buen gusto como a un «bien posicional»; un impedimento, al cabo, para la interacción natural entre personas de distintas clases, que actúa en sentido discriminatorio de arriba hacia abajo: los que se ubican en jerarquía social superior desprestigian a los de la inferior.
EL GUSTO A EXAMEN
¿De qué hablamos cuando hablamos de gusto?
Hablamos de una capacidad de discernir o saborear el mal del bien, lo justo de lo injusto, lo sabroso de lo menos sabroso, lo bello de lo feo, en materias que apelan a nuestra facultad de sentir las cosas, incluso físicamente. Algo se puede comer o
no, se puede beber o no, se deja ver o no. Es un sentido con una evidencia muy fuerte, que se puede compartir y afilar: un vino echado a perder se paladea inmediatamente como algo indigerible. Una falta de gusto en la moda o en el lenguaje (la falsa palabra en el falso momento, por ejemplo) se nota también de inmediato.
¿El gusto se apoya en argumentaciones racionales o se trata de pura emotividad?
Es un elemento que nos ayuda a relativizar la diferencia. No es pura emotividad que nos hace rechazar una naranja verde, sino más bien una evidencia que cada cual puede sentir (¡le desaconsejo naturalmente comer esa naranja!). Y una argumentación racional debe atraer, tiene que ser convincente, apelar a nuestro gusto.
¿Qué relación existe entre gustos y moda?
Hay una relación en la medida en que los gustos, como la moda, pueden cambiar y son diferentes en las distintas sociedades y épocas. De ahí viene la insistencia bastante reciente sobre su variedad e inconmensurabilidad; un planteamiento que olvida, empero, la certeza del juicio valorativo cuando éste señala que algo no se puede comer, beber, sentir, ver u oler. Las modas y los gustos pueden cambiar, pero lo que no cambia es que siempre hay gusto y moda.
Entonces, ¿se puede educar el gusto?
Parece difícil educarlo, en singular. ¡Sería muy presuntuoso! Pero si significa una capacidad de discernir el mal del bien, entonces no hay otra educación que aquella que lo contempla como finalidad humana. ¿Cómo se debe hacer? No hay receta inmediata. En principio, ampliando nuestro horizonte por medio de la confrontación con otros que nos deje ver que, si hay muchos gustos, el ideal es, al menos, universal.
¿Cree conveniente que alguien, alguna institución, detente la función de determinar qué es y qué no es de buen gusto?
¡Gracias a Dios no hay ninguna institución que lo puede hacer! No hay un comité de la salud publica en este aspecto, sólo existe eso en sociedades totalitarias. Cada cual siente y desarrolla sus gustos. Ahora bien, sí se trata de una dimensión que se puede aguzar, afilar. Y es la tarea de la educación hacerlo. Pero finalmente es el individuo quien siente, y quien puede compartir esa percepción, el que tiene la autoridad última.
LIBERTAD DE ELEGIR
¿De qué forma influyen los medios de comunicación en este sentido?
Seguramente influyen, pero también reproducen intereses mayoritarios. Siempre aplicamos nuestro gusto a los medios de comunicación. No somos, al menos eso espero, seres pasivos que se dejan determinar e imponer por estos. Ayuda aquí que hay muchos emisores de información y así uno puede comparar, confrontar, y desarrollar su propio gusto.
¿Qué lugar ocupan instituciones como la escuela, la familia y el Estado en la educación del gusto, cuando muchos anuncia la crisis de todas ellas?
Crisis, crisis. Una palabra de la que se abusa, a mi juicio. Hablar de crisis significa que algo ocupa un lugar esencial. ¿Y con qué comparamos la crisis actual? ¿No había acaso crisis en las sociedades más antiguas?
Entonces, ¿qué institución cree que predomina hoy en día en la formación de este aspecto?
La primera institución es para mí el juicio inmediato del individuo: algo me satisface o no. Luego el gusto, como sentido humano, implica que se puede compartir, al menos idealmente. Esta predilección común constituye lo que se llama el buen gusto oficial, un sentimiento compartido que se denomina la idealidad del buen gusto. Pero uno conserva siempre la libertad de seguir la inclinación predominante, porque también puede oponerse al juicio mayoritario que considera satisfactoria o placentera alguna cosa. Le doy un ejemplo relativo al mundo de la moda: un chico o una chica puede seguir la costumbre juvenil de los vaqueros y las camisetas estrechas, pero al mismo tiempo
considerar que el body-piercing es de mal gusto, a pesar de que hoy forme parte de la preferencia oficial de la juventud.
¿Cómo se relaciona esta materia con la forma de ejercer el poder?
Presupongo que los que ejercen el poder lo hacen con gusto y que apelan al nuestro cuando quieren ser elegidos. Y si no administran con ese talante, la población tendrá (al menos idealmente) el buen gusto de votar en contra de ellos en las elecciones siguientes. Es un aspecto decisivo en todos los niveles de nuestra vida política, tanto en los políticos como en los más comunes.
¿Qué valoración hace usted del gusto en las sociedades occidentales contemporáneas?
Tendríamos que discutir de ejemplos concretos. La palabra gusto presupone que hay siempre cosas buenas y malas, en cualquier sociedad. Manifestaciones muy feas que llaman la atención y también otras muy felices que, sin embargo, se ignoran y olvidan. En materia de higiene personal, por ejemplo, hemos hecho progresos inmensos. ¿Se tiene en cuenta el olor de las calles (y de las personas) hace 50 ó 100 años? También el valor de los seres humanos ha aumentado en nuestra civilización desde la Segunda Guerra Mundial: se nota en los conflictos bélicos donde, por horribles que sean, el número de muertos ha adquirido una importancia que antiguamente no tenía. De entrada, me parece simplista condenar el gusto en general de las sociedades occidentales contemporáneas. ¿Quiere alguien vivir en otra época?
Arriba
