Tristes verdades de una educación mercantilizada, por José Beltrán

Pan en alternancia

Panacea y café para todos

Colaboración

Preocuparse por la enfermedad, olvidarse de la salud, por Alberto Palladino

Entrevistas:

Fernando Savater, filósofo y escritor español
«Los niños llegan a la escuela sin disciplina porque las familias eluden educarlos»

Jean Grondin, Université de Montreal (Canadá)
«El gusto compartido es el buen gusto oficial, aunque sea de mal gusto»


* Profesor de Medicina Sanitaria en la Universidad Nacional del Nordeste, Argentina.

Enlaces para ampliar el tema

La inmigración extranjera en España.

77 millones de niños no van a la escuela, según un informe de la ONU

Jóvenes, educación y lugares autorizados, por Beatriz Sarlo

Alain Touraine: «Hay que pasar de una escuela de la oferta a una escuela de la demanda, orientada hacia el alumno.»

Educación para el Desarrollo. Los estereotipos y la educación multicultural

Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO)

La Educación en Europa: el neoliberalismo contraataca

Educar para la pobreza

Un ensayo acerca de la crisis de la educación

Educación sin fronteras

 

TIRANÍAS DE LA RAZÓN MÉDICA OCCIDENTAL

Preocuparse por la enfermedad, olvidarse de la salud

 

Frente a los riesgos de la vida moderna, la lista de cuidados para llevar una vida saludable parecen inabarcables. Con frecuencia, adoptarlos conlleva ignorar lo que proporciona placer. Entonces, ¿es eso salud? El conocimiento médico elude que este aspecto también lo forja la cultura.

 

Alberto C. Palladino *
albertopalladino@yahoo.com

 

 

 

Cuide su salud, la modernidad anda suelta. Los riesgos que acechan su bienestar residen en todos los ámbitos de la vida. Los alimentos mal elaborados, conservados o comercializados pueden producir infecciones o intoxicaciones, y los que posen muchas grasas, hidratos de carbono y conservantes afectar el organismo. Ciertos hábitos que las sociedades han naturalizado acarrean secuelas nocivas, aun cuando su aceptación genere debates sobre las medidas de consumo ideales o recomendables. Fumar quita años de vida y causa múltiples enfermedades; beber alcohol en exceso, también. Hasta el agua puede ser peligrosa (aunque esto debe preocupar sólo a los dos tercios pobres del mundo que carecen de acceso a fuentes potables).

Las amenazas son muchas y mucho más larga, por tanto, la lista de aspectos a tener en cuenta para llevar una vida saludable. Ejercitarse cada día beneficia las coronarias. Comer con fibras regula la función intestinal. Asearse seguido ayuda a prevenir infecciones. Dormir 8 horas es necesario para trabajar en condiciones óptimas. Dedicarle tiempo al ocio y a las actividades de estimulación intelectual —como leer, hacer crucigramas, jugar al ajedrez— retarda el envejecimiento neuronal. Usar el cinturón de seguridad previene la muerte en caso de accidente. Y practicar sexo (seguro) y evitar el estrés y beber abundante agua y hacer yoga y mirar el amanecer y leer poesía... En fin, innumerables consignas que podrían agregarle años a nuestra vida si las incorporamos como hábitos; siempre que se cuente con el tiempo y los medios económicos para hacerlo (tiempo material que muchos se ven obligados a resignar a la explotación laboral).

Con todo, adoptar tantas sugerencias médicas implica, en general, abandonar otras aficiones que transmiten placer. Incluso, dar lugar a actividades que aburren, disgustan o demandan esfuerzos desagradables. Con frecuencia, alcanzar una mejor estado de salud requeriría, según las recomendaciones basadas en estudios científicos, evitar hábitos gratos. ¿Cómo se explica esto cuando la salud es justamente la posibilidad de gozar de la vida en plenitud?

 

LÍMITES DE LA RECOMENDACIÓN CIENTÍFICA  
La ciencia ha logrado avances meritorios y ha mejorado mucho la calidad de vida (al menos entre las poblaciones desarrolladas). Ahora bien, los conocimientos en que se sustentan muchas de estas recomendaciones —«si fuma menos, bebe menos y corre más vivirá una vida saludable»— , surgen de estudiar poblaciones generales. Es decir: se apoyan en datos estadísticos que resultan de observar, en un momento determinado, el estado de salud de grupos de individuos que, por su situación, se enfrentan a un riesgo concreto (por ejemplo, el fumador al cáncer de pulmón). Tales investigaciones, sin duda útiles y necesarias en la planificación de medidas sanitarias generales, advierten de una mayor probabilidad de sufrir un problema frente a esa situación de riesgo. Sin embargo, escapa a sus posibilidades predecir qué le pasará a cada individuo si persiste, se sale o evita de plano uno de esos escenarios.

La ciencia no profetiza, y menos un estado de enfermedad. De hecho, podemos dedicar grandes esfuerzos a fortalecer nuestra salud y, sin embargo, morir muy jóvenes por causas que carecen de prevención. O fallecer por motivos previsibles contra los que hemos tomado recaudos, y entonces pasaríamos a engrosar las estadísticas de los cuidadosos que se enferman. Al revés, los desaprensivos que desoyen cualquier consejo médico pueden vivir muchos años, aun con menos sobresaltos que los precavidos. Así es que la verdad flaquea cuando un médico asevera a un fumador que su hábito le provocará una seria enfermedad (una situación bastante frecuente, por lo demás). Porque si bien la probabilidad de ese diagnóstico aumenta, nada asegura que finalmente se concrete.

Por tanto, abusar de los conocimientos científicos para pasar de las probabilidades a las profecías dista mucho del deber y derecho de transmitir esos conocimientos. Es decir: esos datos le indican a uno cuándo se arriesga más a enfermar por seguir determinadas conductas. Sólo eso.

 

LA CONSTRUCCIÓN PERSONAL DEL BIENESTAR
Con sus recomendaciones, la ciencia tampoco puede especificar cuánto afectará al bienestar personal un cambio del estilo de vida para favorecer la salud. De hecho, un exceso de prevención puede ser enfermizo para algunos por las exigencias que conlleva, tanto físicas como culturales. Especialmente cuando el entorno sigue su curso como si nada y la mudanza es individual.

El modelo de salud biomédico occidental de los últimos siglos ha definido la enfermedad «en términos objetivos» y ha consolidado la idea de que la única forma de recuperar un cuerpo sano es «mediante tratamientos médicos con base científica». Ahí residen algunas de las críticas que se le hacen: olvidar las vertientes espirituales y psicológicas de la salud; menospreciar la opinión del paciente y sobrevalorar las posibilidades técnicas. Ademanes éstos que eluden un concepto muy importante:  la salud se construye a partir de una cultura, para la cual los términos sano y normal significan cosas diferentes respecto a los de otra. Incluso difieren dentro de ella misma.

Por si esto fuera poco, está la ética. Las recomendaciones sanitarias alimentan, no pocas veces, las disputas entre el proceder privado y los dictámenes respaldados en valores generales (otra vez el ejemplo del cigarrillo). En fin, tema vasto el de la salud y las controversias morales, donde una de las posturas advierte de que el límite a las decisiones individuales está en el bienestar general: fumar, conducir alcoholizado o con exceso de velocidad, estar estresado o deprimido o ansioso pueden afectar a los protagonistas de esas acciones, pero también a su entorno. Y así ocurre. Como se ve, la salud va más allá de datos objetivos y compromete los principios de las personas. 

Por un lado, la razón del discurso científico en cuanto al cuerpo humano merece admiración cuando los datos provienen de estudios serios (¡cuánta tinta se derrama relatando experiencias poco sólidas!). Por otro, cada quien sabe, en definitiva, cuál es el punto en el que deja de sentirse bien —pierde bienestar— y comienza a estar incómodo. Cuándo, en pro de una mejor salud, deja de gozar de la vida tal como la entiende, la siente, la desea, aún más cuando sus modelos concuerdan con los que predominan.

Conocer y conocerse —saber cuál es la calidad y la cantidad de vida deseadas y los riesgos a los que nos enfrentamos— abre la puerta a las decisiones personales. Al final, las mejores alternativas. Allí reside la libertad, derecho básico en la construcción de la salud de cada persona y de cada pueblo.

 

 

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