Cada año suena la misma cantinela: incrementa el fracaso escolar, el sistema educativo no responde a las expectativas, no hay inversión en recursos educativos. Al comenzar el curso, los alumnos se quejan de los madrugones, los papás se alivian de la carga familiar y las librerías se forran. Mientras tanto, el gobierno de turno se muestra optimista y la oposición pide dimisiones.
Este panorama se repite sin que por ello ministro de educación alguno apruebe cambios radicales. Si el problema llega a convertirse en titulares de prensa, los políticos parchean un poco la ley, pero luego todo sigue igual, entre aulas prefabricadas. Y esto a pesar de que la educación está considerada —desde los años 60— como un elemento clave de la sociedad moderna. Un renombre que pocos osan cuestionar debido a la firme creencia en el valor y la necesidad de la institución escolar.
EL COLE Y LA SOCIEDAD DE CONSUMO
La escuela no se inventó para enseñar los secretos de la felicidad ni para asegurar el éxito de sus clientes. No, su cometido siempre ha sido la custodia de los niños en un lugar cerrado donde adoctrinarles con la cultura autóctona de los mandatarios. Dicho así suena feo; sin embargo, lo cierto es que los padres no escogen el menú curricular y tampoco al docente adecuado para sus hijos.
Dentro del currículo escolar destaca la abrumadora presencia de la ciencia, que se ha convertido en la nueva religión occidental. De hecho, la mayor parte del embrollo de disciplinas escolares están empapadas de teorías sagradas e indiscutibles. Sin embargo, ésta no es una costumbre escolar sin más: el modo de vida posmoderno desprestigia cualquier conocimiento que no se someta al bisturí de los científicos.
En general, la sociedad asume que el saber científico —y en concreto la tecnología— siempre conlleva avances sociales, comodidad y una mejora del estilo de vida. Esta creencia se asemeja mucho al pensamiento medieval: los discursos comerciales están salpicados de mística e idolatría, con utensilios y cachivaches que hacen de todo y traen la buenaventura. De ahí que la devoción actual, lejos de las capillas, se dirija hacia la nueva batidora express o hacia los teléfonos con videollamada.
La labor de los profesores también encuentra su punto de apoyo en esa concepción de la vida; al menos en parte. Si bien es cierto que éstos abusan de la instrucción científica con los textos escolares, también lo es que ni cantan ni venden las maravillas del progreso social. Para eso ya están los políticos y la televisión.
Y ahí está la paradoja. Resulta chocante que la tecnocracia sostenga un sistema educativo desligado de su discurso y de las nuevas tecnologías (1). Los medios de comunicación venden un modo de vida muy claro y bien distinto al escolar: básicamente, lo suyo es enseñar a gastar dinero, a gastarlo mucho y a pedir préstamos a porrillo. Por eso el pulso que le echa la escuela al ámbito familiar resulta imposible. Así, tal cual. El colegio no puede con el caprichismo social.
LA NECESIDAD DE LA ESCUELA
A pesar de las contrariedades, el Estado necesita las escuelas porque desconfía de las familias. Y no sin razón. Mucha gente tiene hijos sin poder hacerse cargo de ellos. Hay quien piensa que para ello el dinero es suficiente, pero también se necesita tiempo —el propio, se entiende, no el de la suegra—, y también ganas de enseñar a respetar a los demás. Siendo así, el Estado prefiere educar y cuidar a los nuevos ciudadanos, por si las moscas.
No obstante, hoy día la tutela escolar es un desafío tremendo. Sobre todo para una institución que se desarrolló en Europa junto a los Estados (2), cuando la inmigración todavía era minúscula y el interés por los colegios nulo. Un reto que se complica con el intento de democratizar las escuelas y pretender la igualdad de oportunidades para todos sus clientes.
La democracia ha traído a la educación una actitud que aleja de los aularios el autoritarismo, la represión y la moral conservadora —en muchos casos, simplemente, católica—. Sin embargo, alguien metió la pata en este asunto: también se fueron al saco palabras como jerarquía, autoridad o disciplina. Y claro, puede parecer una tontería, pero su consecuencia sale en los periódicos todas las semanas.
De hecho el error se multiplica a causa de la irresponsabilidad y apatía de muchas familias; éstas no sólo apoyan la moción democrática, sino que además contribuyen a ella con la técnica pedagógica del laissez-faire, es decir, dejar que los hijos hagan lo que les dé la gana.
Este modelo tan aplaudido va de la mano de la igualdad; otro concepto maravilloso. Al menos en apariencia, porque sí, es cierto que la igualdad en el respeto es un valor elemental: cada ser humano tiene derecho a que lo traten como tal, con dignidad y afecto. Sin embargo, el igualitarismo escolar pretende el trato idéntico en otros muchos aspectos sin tener en cuenta la procedencia del alumnado.
O lo que es lo mismo: cada hijo de vecino recibe el mismo trato, el mismo examen, los mismos apuntes y los mismos deberes. La escuela insiste en inculcar los grandes tesoros de la cultura estatal a pesar de las diferencias socioeconómicas, culturales y religiosas de los alumnos.
Lo cual se agrava con uno de los últimos escalones en el camino hacia la escuela-mercado: la búsqueda de la calidad en la enseñanza (3). Con ésta se trata de ofrecer un lugar lindo donde preparar clientes exitosos. De paso, si el colegio puede, los escoge buenos de antemano, como sucede en las iniciativas privadas.
¿CONCLUSIONES?
Los cambios legislativos, lleguen en nombre de la calidad, la igualdad o la democracia, no esconden ni cambian la esencia escolar y sus inconvenientes. No obstante, lo más cómodo es decir que la escuela moderna lleva poco rodaje, que resolver sus problemas requiere tiempo y que hay mucho camino por recorrer. Los tópicos son así. Pero si se revisa la utilidad de los colegios —a lo largo de la historia—, cuesta creer que sean vitales para la supervivencia o incluso para el mantenimiento del status quo.
En fin, que la escuela no es la salvadora de la humanidad. Quienes lo crean así deberían redefinir las funciones y objetivos de la etapa escolar: ¿Para qué sirve? ¿Para abocar a sus alumnos al mundo del trabajo, para que éstos sean doctos y amables ciudadanos o para mantenerles fuera de la población activa? Hay que decidirlo porque hay aspectos de la educación que han cambiado en los últimos 50 años; con todo, su estructura básica —por ejemplo, la arquitectura física o su sistema de clasificación y evaluación— sigue el patrón de hace siglos.