Existir, humanamente, es pronunciar el mundo, es transformarlo.
Paulo Freire: Pedagogía del oprimido. (1)
Una mirada panorámica y retrospectiva hacia el escenario político y social latinoamericano del siglo pasado permite reconocer transformaciones educativas profundas. Ahora bien, el contraste semántico entre grandezas y miserias, o por utilizar otros términos, entre luces y sombras, progresos y retrocesos, no es gratuito. Con diferencias específicas y de coordenadas geopolíticas, el caso latinoamericano ilustra muy bien las tendencias transnacionales que marcan la agenda hegemónica del neoliberalismo en educación. Una serie de patrones de transformación educativa en general encuentran su correlato en, o se explican como reflejo de, las vinculaciones entre Estado y educación. Ahora que los contornos del estado-nación tienden a difuminarse, fundiéndose y confundiéndose, en complejos entramados de carácter financiero, no puede extrañar que las instituciones educativas se vean, en consecuencia, sacudidas, alteradas y subvertidas por cantos de sirena que entonan loas a la calidad mientras procuran ajustes estructurales.
El pulpo ideológico de la agenda neoliberal privilegia el pensamiento de la privatización, de la posesión, no de la relación. La privatización no obedece sólo a una determinada orientación económica, sino que es una expresión, un síntoma, puede decirse, de la forma de vida de la que procede: el capitalismo en su última expresión, esto es: la economía de mercado. En palabras de Polanyi (2), «la verdadera crítica que se puede formular a la sociedad de mercado no es que se funde en lo económico –en cierto sentido, toda sociedad, cualquier sociedad, lo hace– sino que su economía descanse en el interés personal».
LA TRAMPA DE LA CALIDAD
Las nuevas exigencias monetaristas –basadas en que más (y nunca es suficiente) es siempre mejor, en tener antes que en ser– sitúan a la educación en el terreno de juego del mercado, es decir, de la competitividad, y piden a la escuela lo mismo que piden a la empresa: productividad, beneficios y rendición de cuentas (accountability, en inglés). Sin agotar el catálogo, algunas de las terribles consecuencias de esta lógica son la reificación: la mutación de sujetos en objetos (clientes, productores, consumidores); la inversión de la calidad (una noción importada directamente de las instancias de decisión económica mundial como el Banco Mundial) en cantidad; y la atomización o disgregación de lo público: la desvinculación y la fractura social.
Las reformas educativas, entendidas como procesos de cambio institucional, con frecuencia reflejan las tensiones que se producen entre las metas que, por un lado, les asigna el Estado y las expectativas que, por otro, deposita el mercado en ellas. Si el perímetro del Estado disminuye, el espacio que desaloja tiende a llenarse con mayor presencia del mercado y sus aledaños. Y los nuevos contornos afectan a una esfera especialmente codiciada: la educativa. Así, no puede extrañar la influencia decisiva del Banco Mundial a la hora tanto de construir discursos educativos dominantes, susceptibles de convertirse en conocimiento experto, como de dictaminar dispositivos de regulación y desregulación educativa.
Por ejemplo el discurso de la calidad, tal como se ha diseñado, diseminado y exportado desde las prácticas empresariales a las políticas educativas provoca un generalizado consenso (¿quién osaría estar en contra de la calidad?) que se asienta en premisas falsas. Es decir, que las tramas de la calidad aplicadas a la escuela no son sino trampas de la calidad, pues se sostienen en un fundamentalismo del mercado, a saber: la asociación isomorfa (que tiene la misma forma) entre educación y eficiencia económica, la cual reedita las viejas tesis del capital humano (demasiado humano, si se acepta la ironía nietzscheana). En España se ha visto una concreción muy clara de este tipo de discurso en la anterior Ley de Calidad Educativa (LOCE) en 2002, a manos del gobierno conservador, que dio primacía al factor de calidad (como criterio de excelencia), con el argumento tan peregrino como arrogante de que la igualdad ya estaba alcanzada.
Uno de los expedientes de la lógica de la racionalidad instrumental, que preside las líneas maestras del Banco Mundial, es la racionalidad experta, especializada, tecnocrática. En palabras de Wallerstein (3):
La racionalidad tecnocrática, que se presenta como la versión más avanzada del racionalismo moderno, ha sido en muchos momentos un avatar del darwinismo social. También ella niega legitimidad a cualquier concepto que no encaje en un modelo de racionalidad de medios y fines, así como a cualquier institución que no tenga una utilidad funcional inmediata. El marco que ubica a los individuos principalmente dentro de estados ha tendido a tratar a los actores que no encajan en este marco como vestigios de épocas premodernas destinados a ser eventualmente eliminados por el avance del progreso. Han calificado de anticientífico cualquier tratamiento serio de innumerables conceptos, valores, creencias, normas e instituciones ubicadas en esa categoría. En muchos casos han llegado a olvidar la existencia misma de esas visiones alternativas del mundo y de sus portadores, suprimiéndolos de la memoria colectiva de las sociedades modernas.
Por eso, como señala este autor más adelante: «la tarea clave es la de hacer estallar el lenguaje hermético utilizado para describir a personas y grupos que son 'otros', o que son meros objetos de los análisis de la ciencia social, en contraste con los sujetos que tienen legitimidad y pleno derecho, entre los cuales los analistas se ubican a sí mismos. Hay aquí una confusión o superposición inevitable entre lo ideológico y lo epistemológico».
Este avatar del darwinismo social tiene sus más graves consecuencias en lo que Zygmunt Bauman (4) ha observado como la constatación de un número creciente de seres que son considerados residuales, auténticas “vidas desperdiciadas”, deshechos humanos. Esta constatación encuentra su paralelo, en la esfera educativa, en las tesis no menos radical que mantiene Jean-Claude Michéa (5) acerca de lo que denomina “la escuela de la ignorancia”: una escuela para la mayoría deberá enseñar la ignorancia, los efectos de distracción, en todas las formas posibles, porque a una escuela que se le encomienda como prioridad formar para los excelentes –y ésta siempre es de unos pocos- debe formar simultáneamente para los excedentes –lo que afecta a una amplia mayoría—.
AMBIGUA GLOBALIZACIÓN
Lo que Polanyi calificaba en 1944 de “sociedad compleja”, en su Crítica del liberalismo económico, es lo mismo que hoy puede apuntarse como “sociedad global”. Y es que la polisemia y los precedentes de la globalización son tan amplios como equívocos. De hecho, Van Der Bly (6) ha definido el término globalización como «un triunfo de la ambigüedad», dada su carga positiva o negativa. Bajo el término globalización se vislumbra lo que Adorno llamaba industria total, lo que Latouche denomina el planeta de los náufragos, lo que Chomsky resume como aldea global, lo que Ramonet designa como pensamiento único, lo que Bruckner acusa por sus efectos como tentación de la inocencia, lo que Beck califica de irresponsabilidad organizada, lo que Capella denuncia como generadora de una ciudadanía evanescente (7) o ciudadanía sierva (los ciudadanos NIF, en términos de Ramoneda) frente a los nuevos amos del mundo, y lo que Williams anticipaba hace más de dos décadas como consecuencia del fatalismo programado.
Al cabo, bajo el término globalización (para la esfera educativa ya se habla de globo-educación) se detectan los trazos de una misma canción; la letra puede cambiar pero el espíritu, o el fantasma que recorre el mundo, es el mismo: la extrema locura
del mercado, que encubre y justifica con argumentos ideológicos (aquí ideología está tomada en su acepción marxiana de enmascaramiento de la realidad) su voracidad insaciable, su propia demencia. Las anteriores son formas de designar, con expresiones diferentes, un fenómeno común: la mundialización de la pobreza, la normalización de la explotación.
En palabras de Katarina Tomasevski (8):
La obsesión por mejorar el crecimiento económico vacía a la educación de la mayoría de los objetivos para los que fue diseñada. El rendimiento económico no se utiliza como parámetro para los bomberos o la seguridad pública. Cuando esto sucede, tal como ocurrió luego del 11 de septiembre de 2001, se hicieron obvias las consecuencias perjudiciales de la privatización de la seguridad de los aeropuertos y la flexibilización de las condiciones de trabajo de sus empleados. La indignación pública conduce a un retorno paulatino de la financiación de las instituciones públicas de interés común.
La experiencia del 11-S confirmó el espejismo del Fin de la Historia, al tiempo que recordó la fragilidad de los mimbres con los que se urden los cestos de la vinculación social. El hombre habita el milenio huérfano, por usar la expresión del título homónimo de Boaventura de Sousa Santos. Los vientos de la globalización hegemónica desembocan en turbulencias, y a veces en feroces huracanes. Mientras el desierto (de lo real) crece, habrá que recordar insistentemente contra todo ejercicio de amnesia programada. Tal vez en la crisis esté la salvación.