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Desde
Cuba a Santa Fe
El desafortunado carpintero cayó en un pozo profundo: el de la
indiferencia. Entre tanto, Regla se había hecho cargo de la casa,
un bajareque sin rumbo, hasta que en 1977 se cansó de ser una anciana
de veintitrés años y obligó a su padre a tomar una
decisión de bucaneros: irse de la isla en una balsa. Un lunes de
abril, Menelao y sus hijos visitaron la tumba de Rita en el cementerio
de Colón y esa misma tarde iniciaron un viaje desde la playa Cojímar,
al sur geográfico de La Florida. Los acompañaba Perucho
Carbonell, el tejedor de bufandas, a quien Menelao había conocido
en prisión. Cuando perdieron de vista la tierra, José oyó
decir a su padre: «Dios quiera que exista Dios».
Mar
de sargazos, mar de revanchas, mar de huesos, mar de nadie. Tres días
flotaron a la deriva antes de que fueran pescados por un yate y depositados
en Cayo Hueso con la desazón de haberlo perdido todo en la vida
—menos el aliento, que es ganancia si se piensa que durante la travesía
navegaron rastreados por una banda de tiburones—. La familia González
estableció residencia en los arrabales de Santa Fe, donde Menelao
pudo abrir una carpintería, ayudado por su hijo, quien empezaba
a interesarse en los secretos del oficio. Allí se encontraban a
gusto. La misma Virgen. La misma música. La misma jerigonza. La
misma mierda. Casi de Atarés.
Cada
ciudad tiene una razón de ser. Las hay amables y caseras, frías
y calculadoras, divertidas e irresponsables. Santa Fe podía considerarse
la maqueta de una mina de oro. Los salmos de la publicidad vendían
un paraíso donde los buscadores de tesoros podían disfrutar
del exclusivo balneario de Caracol Beach o enriquecerse en uno de los
centros financieros más eficientes del país. En las entrañas
de esa modernidad sin freno, a un costado de los nudos viales y los freeways,
latían urbanizaciones marginales, bien demarcadas entre sí.
Los guetos tejían el paño de la ciudad: cubanos, haitianos,
polacos, rusos, armenios, salvadoreños, bosnios, buscavidas y burlamuertes
se movían por ese ajedrez urbano con la esperanza de un peón
que sueña coronarse reina en la octava línea del tablero.
Ninguno
sabía a ciencia cierta qué bandera se izaba en el asta de
los edificios: casi nunca miraban hacia arriba, preocupados por no trastabillar
en falso. Las fechas patrias llenaban los trescientos sesenta y cinco
días del almanaque: una batalla del general Miranda, el asesinato
de Chano Pozo, el avionazo de Carlos Gardel. En una casa se rezaba a la
Virgen de Guadalupe; en otras, a Violeta Parra o a Santa Evita Perón.
Por los callejones volaban aromas cruzados de un mole poblano, un cebiche
limeño y un churrasco uruguayo en democrática humareda.
Puente de paso, en la tolerante Santa Fe las agencias de seguros vendían
planes para contrarrestar cualquier catástrofe de la vida o de
la naturaleza (incendios, enfermedades, huracanes), pero nunca resguardos
contra la nostalgia de aquellos hombres y mujeres a los cuales les quedaba
el consuelo de reinventar la partida, cada noche, en un mísero
plato de comida.
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La
fábula de José, Eliseo Alberto.
Alfaguara, Madrid 2000.

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