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LA EDICIÓN INDEPENDIENTE: EL VALOR DE UN GESTO INEXPLICABLE

Sinrazones por las que editar

 

Velocidad, lógica y provecho es la triada de valores que priman en el mercado literario. Sin embargo, en los márgenes de éste viven los editores independientes, a quienes sólo les preocupa concederse el placer de publicar lo que les gusta y disfrutar de la edición como quien goza de una reunión de amigos. Y es que en la vida alcanza con los detalles.

 

Jesús Zomeño
diariosdehelena@msn.com

 

Resulta complicado explicar por qué edito. Hace más de diez años comencé en esto con una colección de poesía, Diarios de Helena. El año pasado publiqué ahí el libro nº 16, Gethsemani, Ky, un poemario de Ernesto Cardenal, que todavía no he presentado... Este receso en mi ánimo, sin embargo, me ayudó a ensayar un proceso de interiorización de mis costumbres editoras. Por eso comencé con la colección Barrio, que reunía textos en prosa con formato pequeño de autores de la ciudad donde vivo, Elche. Y ahora, en un formato todavía más pequeño y más íntimo aún, he comenzado con la serie Laberintos, que reúne relatos alrededor de unas fotos de Cecelino, un soldado-cirujano de la Primera Guerra Mundial.

Con lo anterior quiero decir que llevo muchos años con esto. Pero sobre todo que hace tanto tiempo que comencé a editar, que ya no me acuerdo de por qué empecé. Eso sí, nunca he pedido dinero y nunca me han dado ninguna subvención. Claro, que tampoco me ha preocupado mucho si mis proyectos me daban pérdidas.

Por eso mismo, me sorprendió una pregunta que me hicieron la semana pasada:

—¿Por qué editas, si no es para ganar dinero?

La respuesta, si no se intuye, es difícil explicarla... En esta vida, no todo tiene por qué ser lógico, rápido o provechoso. Y es que hay cosas que no se miden por la lógica.

¿Por ejemplo? Escuchar a Mozart cuando conduces por la autopista camino de ninguna parte en verano. O como cerrar los ojos porque pretendes retener lo máximo del momento o porque así el amanecer tiene más matices. O explicar el miedo que sientes por las islas que contemplas de noche, a lo lejos, con las luces encendidas, como si quien estuviera hundiéndose fueras tú y no el Titanic... No, hay cosas que no se pueden explicar.

Por supuesto, también hay cosas que no dependen de la velocidad... Una puesta de sol cuando miras al cielo en la Medina Vieja de Fez y lanzas al aire una moneda y ésta flota. La profundidad del agua en una piscina cuando la atraviesa de un extremo al otro una mujer sumergida. Las líneas azules de las casetas en la playa de Nazaret. Juraría que ninguna de esas cosas dependen de la velocidad.

Y es que «somos como somos» y nos gustan algunas cosas que no nos producen provecho (económico, se entiende). En mi caso, me gusta y no me producen gran rédito monetario leer los poemas de Bukowski en la terraza de un hotel, o disfrutar los de mis amigos Fernando Garcín y Uberto Stabile en la playa de la Malvarrosa. Como la edición independiente, hay determinadas cosas en la vida que alcanzan con que sean un detalle.

 

LA IMPORTANCIA DEL GESTO

Baudelaire proclamó la necesidad de «ser sublime sin interrupción». Sin embargo, a veces es difícil dejar de ser humano, resulta complicado no cometer errores, se vuelve casi imposible no resbalar cuando el suelo está mojado o tropezar en una esquina cualquier noche extraña, de regreso a casa, si has bebido de más.

Y es que resulta difícil comprender nuestra vida, cuando el semáforo cambia a rojo y nos encontramos en mitad de la avenida, quizá lloviendo, sin saber si debemos avanzar o retroceder. También es difícil saber quiénes somos cuando un amigo está muriéndose... Vamos, que en determinados momentos a la poesía se le complica para redimirnos de seguir el curso de nuestra propia vida. 

En esos instantes acompasamos la rutina de las horas, medimos la cadencia del silencio en los intermedios de televisión, irrumpimos en la mediana edad y miramos por la ventana y pensamos que nuestra vida no tiene remedio, que en algún momento equivocamos el camino y que ahora no tenemos tiempo de rehacerlo y que nos basta sentarnos a morir. En fin, el asunto se afea un poco.

Será porque no es posible ser sublime sin interrupción. Sin embargo, en ocasiones, basta un gesto. Sí. A veces alcanza con el detalle, como en Thelma & Louise cuando, perseguidas y sin retorno, se dan la mano y aprietan a fondo el acelerador hacia el abismo. Quizá la edición independiente tenga algo de eso, de apretar a fondo el acelerador e ir hacia el precipicio.

O de sacudirnos la presión de querer o no poder ser sublimes sin interrupción. Por eso hay días en que nos basta con el billete de autobús en el bolsillo roto de la desesperación, con un poema escrito en la arena o lanzado al mar, con una mano que trata de borrar los pecados diciendo «Adiós», con un dedo que señala el vacío y te hace preguntarte si alguien piensa en ti. Quizá editar —aunque pierda dinero— sea como un billete de ida en el próximo coche que salga de la ciudad antes de que los puentes se derrumben por el propio peso de las circunstancias.

No sé. Después de tantos años, intuyo que la edición independiente es casi como reunirse con los amigos y proclamar que hubo un tiempo en que fuimos testigos del verano, de lo efímero y de las olas en «nuestro gran miércoles». Y si me apuran, como proclamar que, al menos una vez, partimos en dos el mundo —amor y desdicha, izquierda y derecha, etcétera— cuando avanzamos... O que por una vez hicimos algo que nos hizo seguir sintiendo vivos.

Puede que no sepa muy bien por qué edito. Sin embargo, ahora que me veo escribiendo sobre ello, lo que me queda claro es que jamás editaría por provecho, velocidad o lógica. Se ve que hay cosas en esta vida que nos gustan, aunque sean ilógicas, lentas y sin ánimo de lucro económico. Quizá es que la edición independiente es una rara forma de reunirse con los amigos.

 


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