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HÉROES QUE NO LO SON TANTO Consejos para exploradores polares
Franklin, el capitán Scott, Amundsen... ¿Cuánto hay de verdad en la heroicidad de estos legendarios exploradores? Los peligros de comer hígado de oso, las ventajas de comer carne fresca de perro, las manías nacionalistas de Mussolini, el canibalismo de los exploradores... He aquí algunos secretos sobre los viajes de principio del siglo XX al polo norte y al polo sur
Jesús Zomeño
diariosdehelena@msn.com

Todo explorador polar debe comenzar leyendo el libro Las tierras polares, escrito por Frank Debenham. De él extraerá dos principios esenciales: uno, que en la Antártida la atmósfera está tan limpia que una montaña a 500 millas parece estar al alcance de la mano. El otro, que en días nublados, cuando ningún objeto proyecta sombra, no existe línea de horizonte porque el suelo y el cielo se igualan en un blanco intenso y uniforme, se difuminan los accidentes del terreno y bien puede el explorador caminar sobre una planicie y, de pronto, tropezar con una montaña o caer en un pozo. Además, al no percibir la línea de horizonte se produce un curioso efecto psicológico por el cual el viajero imagina una falsa línea de horizonte varios grados por encima del verdadero. Frank Debenham acompañó al capitán Scott en su expedición de 1911 y explica que al deslizarse en trineo por una superficie plana el viajero tiene la pesada sensación de arrastrar algo cuesta arriba.
Asimismo, el aventurero polar debe tener también en cuenta detalles más concretos. Gracias a la temperatura ambiente, la conservación de los alimentos la tiene asegurada. Incluso si naufragase en las proximidades del Cabo Evans podría acudir a la cabaña del capitán Scott y pasar allí el invierno comiendo lo que dejaron los miembros de su expedición en 1913. Eso sí, mejor que no coma latas del siglo XIX; pero no por la fecha de caducidad, sino porque las sellaban con soldadura de plomo y esto contamina la comida. De hecho, se sospecha que parte de la expedición de John Franklin en 1845 murió envenenada por la comida, y no tan heroicamente como cuentan algunos.
El explorador Franklin y los suyos habían partido ese año en busca del codiciado «paso del noroeste», una vía marítima que permitiría abrir una ruta comercial más corta entre Europa y América. Zarparon con dos barcos, el Terror y el Erebus, que en el verano de 1846 quedaron atrapados en el hielo. John Franklin murió en 1847 y al año siguiente los supervivientes abandonaron los barcos para dirigirse al sur, hacia la desembocadura del Great Fish River: eran 105 hombres que caminaban sobre el hielo como si fueran hormigas. Eso sí, que caminaban hacia su muerte.
Y por ello, durante mucho tiempo, fueron considerados héroes. Como quiera que la época victoriana necesitaba orlas para su imperio, aquel desfile de hombres que en su ruta hacia la civilización fallecieron del primero al último brilló muchos años en la memoria británica. Sin embargo, dos acontecimientos posteriores le restaron protagonismo al sacrificio de Franklin y de sus hombres: la expedición de Scott (1911-13) y la expedición del antropólogo Dwen Beattie (1984).
EL CAPITÁN SCOTT Y LOS CANÍBALES
En 1913 Francis Scott decidió morirse. Y puede que sólo lo hiciese para fastidiar a John Franklin y a Roald Amundsen. Y es que fue tan negligente cómo dirigió su expedición, que no puede haber otra explicación lógica a lo que hizo.
De hecho, igualó la gesta de Franklin: murió con todos sus hombres. Sin embargo, Scott deshizo a su favor el empate al dejar escrita una conmovedora y solemne carta al pueblo inglés. Asimismo, el fallecimiento de Scott también le quitó protagonismo a Amundsen: si bien éste había llegado primero al polo sur, fue el capitán inglés quien se hizo más popular. Es más: a partir de 1913 el autentico héroe polar del imperio británico fue Scott, en detrimento de Franklin. Y para demostrarlo, los ingleses colocaron en Londres una escultura suya frente a la de Franklin, a quien comenzaban a considerar ya en franca decadencia.
Para colmo de males, cuando la estatua de Franklin ya se había acostumbrado a la soberbia de su vecino, en 1984 una expedición de canadienses dirigida por el antropólogo Dwen Beattie encontró en la isla del Rey Guillermo restos humanos de su expedición, la de 1845. Según observaron los canadienses, el fémur de uno de aquellos desdichados marineros tenía ostensibles muescas paralelas... Si la reina Victoria hubiese levantado la cabeza, habría muerto del escándalo: ¡canibalismo! Sí, unos británicos victorianos se devoraron a los otros cuando vieron que no conquistarían el polo sur. En otras palabras: si quiere viajar al polo, hágalo sólo con expedicionarios vegetarianos.
EXPEDICIONES ITALONORUEGAS
En 1925 Amundsen intentó llegar al polo norte en avión; sin embargo, los dos hidroaviones Donier Wal en los que viajaban sus expedicionarios no lo consiguieron. Entonces el explorador noruego optó por intentarlo en un dirigible.
Los zeppelines alemanes eran demasiado grandes. Por suerte, los italianos estaban fabricando uno que era adecuado. Así que Amundsen convenció al gobierno de Mussolini para que le vendiesen uno. El Duce aceptó... Eso sí, a cambio de que parte de la tripulación fuera italiana y que a ésta la comandase el capitán Humberto Nobile.
Los noruegos bautizaron al dirigible como Norge y con él conquistaron el polo norte en 1926. Y ésa, después de las vergonzosas farsas de Peary y de Byrd, sí fue la autentica conquista del polo norte. En cambio, Amundsen llegó hasta el polo y registró el viaje científicamente, a través de las correspondientes mediciones y testigos cualificados.
Sin embargo los otros presumieron de haber ido y vuelto, como quien entra y dice que viene de tomarse un café el bar de la esquina o de haber bajado al centro de la tierra. Robert Peary dijo haber llegado a pie en 1909 y Richard E. Byrd volando en 1926. Por supuesto que los políticos y la prensa de su país no dudaron de la palabra de ambos, que para eso eran estadounidenses. En cualquier caso, y atendiendo a las reglas de la matemática, ninguno de los dos dijo la verdad: la velocidad de ambos eran inferior a la distancia que presumían haber recorrido.
Según las anotaciones de Peary, él avanzaba 15 kilómetros diarios... Hasta que se quedó solo con su criado y con cuatro esquimales, que entonces avanzaba 71 kilómetros al día... En el caso de Byrd, sus observaciones indican que superó la velocidad media de su avión, incluso suponiendo un viento de cola favorable a la ida capaz de cambiar de sentido e impulsarle también a la vuelta. Y eso, pese a que en la base nadie apreciara semejante corriente y que al indiscreto de su copiloto, Floyd Bennett, se le escapara años después que habían sufrido una perdida de aceite y estuvieron dando vueltas cerca de la base.
Así pues, fue el noruego Roald Amundsen quien conquistó el polo sur (1911) y el polo norte (1926), y no otro. Amundsen era un explorador, los otros dos unos farsantes.
Pese al éxito del Norge en el polo norte, a Mussolini quizá no le sentó del todo bien eso de que un dirigible italiano con tripulación italiana se llamase Noruega. Y puede que ésa fuera la razón que explique por qué mandó construir otro dirigible igual, pero que se llamara Italia y que también hiciera viajes al polo norte.
Así, el dictador italiano ordenó al capitán Nobile y a sus compañeros que se metieran en el Italia y que regresaran al polo norte para demostrar que Amundsen era prescindible y que por eso la primera conquista se había debido al mérito italiano. En ese sentido, el razonamiento del dictador era sencillo: ¿de quién era la nave y el capitán de ésta, eh? Además, para que nadie les acusara de copiar la idea de otros, los expedicionarios decidieron disimular explorando otras zonas árticas e incluir algunos científicos internacionales. Y después regresarían en loor de multitudes; ése era el plan.
Sin embargo, Mussolini, Nobile y los demás italianos no previeron que esos viajes previos fatigarían la tela del dirigible o que encontrarían una tormenta terrible. Así, cuando la expedición comenzaba su regreso del polo norte, el dirigible perdió presión por los agujeros que se había hecho en la tela. La aeronave chocó contra el hielo y la cabina se desprendió. Cuando se soltó el peso de la barquilla, el globo volvió a elevarse y se llevó a parte de la tripulación, que desaparecieron para siempre. Sin embargo, los ocupantes de la cabina quedaron a salvo.
¿A salvo? Bueno, tampoco era muy segura su suerte teniendo en cuenta que la placa de hielo se agrietaba y los fragmentos iban derritiéndose. Los expedicionarios montaron una tienda en la nieve y la pintaron de rojo para facilitar ser vistos. Intentaron pedir ayuda con la radio; sin embargo, nadie escuchaba sus mensajes. Mientras tanto, la placa de hielo marchaba a la deriva y se alejaba de una isla que veían a lo lejos. Entonces Zappi propuso caminar con su compatriota Mariano y con el sueco Malmgren hasta la isla, a ver si desde ahí pueden localizar algún avión. El capitán Nobile se queda con el resto de la expedición.
Los tres expedicionarios se alejaron el 1 de junio 1928. A los cinco días de su partida, un radioaficionado ruso capta el SOS de Nobile. Están vivos para el mundo, comienza la búsqueda como empresa internacional. El 24 de junio un avión sueco de dos plazas encontró la tienda roja y aterrizo sobre la placa de hielo. Por supuesto, el capitán Nobile fue el primero en subirse al avión para salvarse y, como los supervivientes del Titanic, después pasó el resto de su vida justificando tal acción, tachada de cobarde.
Rescatado Nobile, el intrépido aviador regresó a por otro náufrago, con tan mala suerte que el biplano volcó y el piloto se unió al grupo de desdichados que se deleitaban comiendo carne de oso polar.
Entre tanto, Amundsen acudió en ayuda de los expedicionarios italianos. Sin embargo, Mussolini sintió pánico de verse humillado por él y forzó al gobierno noruego a que rechazaran su ayuda. Entonces, Amundsen tuvo que apuntarse a la expedición de rescate de Francia, que envió un inadecuado avión Lathman 47, que se perdió el 18 de junio 1928 llevando a la muerte al célebre explorador noruego.
El Duce había rechazado a Amundsen, ero no la ayuda de la aviación noruega. Los aviones nórdicos encontraron la tienda roja de los italianos y les echaron comida para que sobreviviesen. Mientras tanto, la placa de hielo flotaba hacia el sur, se derretía y todo parecía perdido... Hasta que irrumpió el rompehielos ruso Krassin y rescató a los supervivientes. Aunque lo parezca, no fue una casualidad: la tragedia de los supervivientes estaba conmocionando a la opinión pública mundial y el éxito de los rusos era la mejor publicidad para la revolución que tenían en marcha. Todo sea por la revolución.
¿Y Zappi y sus dos compañeros? No había rastro de ellos desde su partida. No obstante, el azar quiso que cuando este aventurero avanzaba camino de la tienda roja, el rompehielos ruso viera a lo lejos la figura de un hombre fuerte y abrigado que les hacía señales. Detrás de él, en el suelo, estaba el otro italiano Mariano, semidesnudo y desnutrido. Al sueco no se le veía.
La versión oficial del gobierno italiano fue que el débil Mariano le había cedido voluntariamente su abrigo al fuerte Zappi para que éste sobreviviera. Del sueco, en evidente minoría, se dijo que, cuando se sintió enfermo, había decidido morir desnudo en el hielo. No obstante, hubo quien sospechó que los italianos se habían merendado al científico sueco; aunque nunca se demostró. En fin, que entre las acusaciones de canibalismo y la huida de Nobile, Mussolini se comió su sombrero de plumas y se le quitaron las ganas de más heroicidades polares.
NUNCA COMA HÍGADO DE OSO
Sin embargo, no todo les salió mal a Zappi y a Mariano: cazaron un oso que merodeaba la zona y no se comieron su hígado. ¿Cómo? Es que esto del hígado de oso, tiene su historia.
En 1897 una multitud enfervorecida despedía la expedición sueca de Andre al polo norte. Nunca más se supo de ellos. En 1930, cuando parecía que todos habían asumido el misterio, unos cazadores noruegos de morsas desembarcaron en la isla de White en busca de agua dulce. Allí vieron la tapa de una cazuela y unos metros más allá, unos cadáveres. A su lado, había diarios y placas fotográficas, lo cual les facilitó la identificación de los cadáveres y la reconstrucción de los hechos que precedieron a la desgracia. Se trataba de los restos de la expedición de Andre.
El relato de lo sucedido es que los vientos no fueron favorables y el globo se cargó con el peso de la escarcha. A mitad de camino tuvieron que descender e iniciar el regreso a pie por hielo movedizo (ya saben: el polo norte es un océano con la superficie helada y por debajo pueden circular submarinos; sin embargo, como ese hielo está en movimiento interno debido a las corrientes marinas, constantemente se abren y cierran canales; lo cual obliga a retroceder, por ejemplo, a tres expedicionarios suecos que arrastren un trineo). En esas circunstancias, los expedicionarios aprovecharon para fotografiarse.
En las fotografías se ve a los exploradores desorientados, junto al globo caído, esforzándose cuando arrastran un trineo por el hielo. También se les ve orgullosos de haber abatido con el rifle a un enorme oso. Cuando encontraron los cuerpos de los desdichados suecos en 1930, les hicieron análisis... La causa de la muerte fue el envenenamiento por el hígado del oso.
Lo mismo le sucedió al australiano Douglas Mawson en un incidente de su expedición a la Antártida, en 1912-13. En un viaje por la desconocida Tierra de Jorge V, su compañero Belgrave Edward Sutton Ninnis cayó con el trineo de las provisiones por una hendidura. En el abismo sólo se escuchaba el silencio y, muy al fondo, un perro que gemía debido a que se había roto el espinazo. Mawson y el otro expedicionario, Xavier Guillaume Mertz, iniciaron un lento y penoso camino de regreso sin comida, comiéndose a los perros. Al parecer Mertz estaba más débil y por eso el otro le cedía el hígado del perro, porque estaba más blando. Mertz, el débil, murió envenenado.
Ellos no fueron los únicos que comerse a los perros. Amundsen también hacía grandes festines con la carne de perro. De hecho, compartía esa carne los expedicionarios y con los otros perros. La comían tanto los expedicionarios como los otros perros, que no le hacían ascos al detalle. En su viaje al polo, cuando llegó a la barrera, mató a todos los perros que le sobraban y creo un depósito de comida al que llamó Campamento de la Carnicería. Por su parte, el capitán Scott comía carne de caballo, pero se había llevado pocos ponis siberianos y la etapa final del viaje la hizo a pie, porque también se había llevado pocos perros. Murió a su regreso, porque tuvo mala suerte y porque también se había llevado poca comida y menos combustible.
Visto lo anterior, no me extraña que los exploradores polares precavidos prefieran el pemmican. El pemmican es extracto de carne de buey con grasa, que al calentarse se convierte en algo así como una crema con tropezones. Por supuesto, Amundsen llevaba pemmican, pero el complemento de la carne fresca de perro le evitó enfermar de escorbuto. Se especula que Scott enfermó de escorbuto y se debilitó; sin embargo, reconocerlo sería una vergüenza para el imperio británico porque entonces la enfermedad ya se conocía y también los remedios. Cuando de científicos se trata, enfermar de escorbuto es tan imperdonable como para cualquier otro intentar la exploración polar con pantalón corto y chanclas. ¿O no? Pero, en fin, así son las cosas de viajar al polo.
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