GALAXIA INTERNET: OTRA PARADOJA DEL PROGRESO
Una tecnología que acrecienta la desigualdad social
Un fenómeno contradictorio signa este inicio de siglo XXI: Internet, símbolo del progreso y de la prosperidad, aumenta la brecha entre ricos y pobres. La exclusión del mundo digital que sufren las clases carenciadas y los países subdesarrollados agudiza la ya de por sí amplia divisoria económica. A partir de ahora, la solidaridad también deberá incluir transferencia de tecnología. En su libro Galaxia Internet, el sociólogo Manuel Castells reflexiona sobre todo ello.

El desarrollo de Internet ha significado una revolución en las comunicaciones y un nuevo orden en la forma de organizar la actividad humana. Mucho se ha escrito y se ha dicho acerca de las enormes posibilidades que la red de redes representa para el progreso y la consecución de sociedades más justas. Y mucho ha sido también lo que se ha escrito y dicho sobre sus supuestas consecuencias negativas.
Como señala el sociólogo Manuel Castells, «Internet no es ni una utopía ni una distopía»; sin embargo, es cierto que representa una situación paradójica: el sistema económico que impera a nivel mundial y el proceso de globalización, que se rigen por Internet, aumentan la generación de riqueza al tiempo que incrementan la exclusión social y el atraso. Esto ocurre, principalmente, porque existe una enorme brecha entre quienes tienen acceso a las nuevas tecnologías y los que no; entre los que están conectados al mundo de la eficiencia, la funcionalidad y las oportunidades y quienes están fuera de ese sistema o en camino de estarlo.
Castells, uno de los sociólogos más respetados e influyentes a nivel internacional, explica en su libro La Galaxia Internet, que «el nuevo sistema tecnoeconómico contribuye al desarrollo
desigual, con lo que aumentan simultáneamente, la riqueza y la pobreza, la productividad y la exclusión social, con sus efectos diferencialmente distribuidos en diversas áreas del mundo y grupos sociales». Pero aclara que esto no lo provoca Internet «sino por la divisoria digital. En otras palabras, por la divisoria abierta entre aquellos individuos, empresas, instituciones, regiones y sociedades que poseen las condiciones materiales y culturales para operar en el mundo digital y los que no pueden o no quieren adaptarse a la velocidad del cambio».
Indica además que «la disparidad entre los que tienen y los que no tienen Internet amplía aún más la brecha de la desigualdad y la exclusión social, en una compleja interacción que parece incrementar la distancia entre la promesa de la era de la información y la cruda realidad en la que está inmersa una gran parte de la población del mundo». Y añade que «la centralidad de Internet en muchas áreas de la actividad social, económica y política se convierte en marginalidad para aquellos que no tienen o que tienen un acceso limitado a la red, así como para los que no son capaces de sacarle partido», al tiempo que insiste en la relevancia que hoy día tienen el universo Internet: «aún para los que no lo tienen, porque en la medida que todo lo importante pasa por Internet, los que no lo tienen quedan excluidos de lo importante».
Pero, ¿cómo ligar esa aspiración a sumarse masivamente al carro de las nuevas tecnologías cuando hay millones de personas en el mundo que no tienen agua potable, viven en la pobreza y no tienen acceso, entre otras cosas, a una educación y sanidad dignas?, ¿son necesidades del mismo tipo, de igual importancia? Está claro que un famélico necesita más un plato de comida que un curso de aprendizaje de Internet; no obstante, plantear la cuestión así desvirtúa el análisis y la posibilidad de pensar en estrategias válidas.
Castells define Internet no solo como una tecnología, sino como «el instrumento tecnológico y la forma organizativa que distribuye el poder de la información, la generación de conocimientos y la capacidad de conectarse en red en cualquier ámbito de la actividad humana». Y aclara que el acceso a Internet no constituye una solución en sí mismo «aunque es un requisito previo para superar la desigualdad en una sociedad cuyas funciones principales y cuyos grupos sociales dominantes están organizados cada vez más en torno a Internet». Para redondear esta idea asegura, tajante, que «el desarrollo sin Internet sería equivalente a la industrialización sin electricidad durante la era industrial».
TRANSFERENCIA TECNOLOGICA
La diferencia que hay en el acceso y la utilización de las nuevas tecnologías, el conocimiento y la información entre los países desarrollados y los del Tercer Mundo es abismal y no hace más que crecer. Es decir: que de no cambiar la tendencia, éstos estarán más condenados que nunca al atraso y la marginalidad.
«Hay que seguir ayudando a la gente que muere de hambre, que no tiene agua, pero el problema es que las necesidades son tan grandes que si no atacamos la raíz del problema los recursos se irán quedando cada vez más limitados», subraya Castells. Para esto es fundamental que cambie el tipo de
ayudas que se otorgan a los países atrasados. La ayuda humanitaria no debe consistir sólo en dotaciones de alimentos y proyectos de subsistencia; también debe abarcar la transferencia de tecnología. Desde ya, los países desarrollados deben otorgar las herramientas y el conocimiento necesario para su uso a los países subdesarrollados. Solo así éstos podrán labrarse su propia salida.
Pese a lo que pueda sugerir su nombre, el concepto de «transferencia tecnológica» no es nuevo y ya se intentó implementarlo —aunque sin éxito— en las décadas pasadas. Con todo, ello no debe ser un obstáculo para seguir intentándolo. Para Castells «tiene que ser a la vez una política de desarrollo de recursos humanos, de transferencia tecnológica y de desarrollo económico de nuevo tipo. La idea es no sólo difundir Internet, sino difundirlo en la práctica cotidiana de las personas para las cosas que le son importantes. Por ejemplo en la escuela, en la salud, en el desarrollo económico...».
En definitiva, lograr que la gente adquiera la capacidad para manejarse en un entorno Internet —con todo lo que ello implica— y, como resume Castells, «que les sirva para algo, no como gadget, no para jugar, sino para vivir y salir de la pobreza».