Iguazú: algo más que cataratas (y 3)

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

Primera parte: http://www.revistateina.com/teina/web/teina10/iti5.htm
Segunda parte: http://www.revistateina.com/teina/web/teina11/iti3.htm

 

Y esas cataratas tan imponentes, ¿de dónde han salido? Entre los científicos y los guías turísticos circula una (sesuda) explicación que habla de placas tectónicas y de cientos de millones de años... A modo de anécdota, quien más y quien menos, sonríe y comenta que los guaraníes tienen una interpretación diferente: la mitológica. Pobrecitos —dan a entender—, ¡la ciencia es tan lejana para ellos!

Por supuesto, los guías se extienden en hablar de la deriva de los continentes, de no sé qué fosa abisal, de las llanuras oceánicas que no vemos pero que serán las montañas del futuro... De todo eso. Los guaraníes, gente cabal y educada —como cualquier hombre en contacto con la naturaleza, y no con el hormigón armado, la televisión y el asfalto de las ciudades—, escuchan atentos la historia de los hombres blancos. Escuchan y, cuando éstos terminan, asienten ante esa complicada explicación de placas tectónicas y de movimientos internos de la pelvis terráquea. Asienten, como cuando vieron a unos tipos medievales vestidos de hojalata y armados de una cruz y una espada. De acuerdo: tu dios es mi dios, que el mío sea también el tuyo.

Sin embargo, los occidentales no entendieron entonces y tampoco ahora. De hecho, los guías y los turistas toman la versión guaraní del origen de las cataratas como tomaron los conquistadores los dioses precolombinos: como una mandanga de gente achocolatada y salvaje, puro folclore circense. Pese a la soberbia, los guaraníes escuchan y suman esa extraña versión a todas las suyas, a la que cada uno de ellos tiene sobre qué hacen ahí esas cataratas tan hermosas y tan brutales. Suman por si algún día el argumento les sirviera para alguna de las historias que inventan alrededor de un mito común. Entre ellos, al parecer, existe una versión más o menos cercana a la siguiente... Quiero decir: muy libre (o con las mismas inexactitudes científicas).

LEYENDA GUARANÍ (ALGO ADULTERADA)

Hace mucho tiempo, en el lecho del río Paraná, vivía la enorme y poderosa serpiente Boi. Para mantenerse en buenas relaciones con ella, las tribus cercanas al actual Puerto Iguazú celebraban un sacrificio ritual. La ceremonia consistía en echar al río a una doncella virgen y ofrecérsela a la gran serpiente. La doncella se ahogaba y Boi, satisfecha por semejante deferencia, permanecía en su recóndito hogar bajo tierra, sin dejarse ver. Todo iba bien hasta que un día le tocó el turno a Naipí.

Demasiado linda era Naipí. Demasiado hermosa para el cacique Tarobá, que se había enamorado de ella hasta el tuétano y no podía soportar la idea de que Boi, una serpiente a la que nadie había visto, la mereciera más que él. Y mucho menos ahogada.

El día antes de la ofrenda, el cacique acudió a hablar con los sabios del grupo. En el poblado hay otras muchachas, les dijo, algunas de ellas vírgenes; por qué no elegís a otra y me dejáis ser feliz con la dulce Naipí. El Gran Guaraní, el más anciano de los sabios, entrecerró los ojos y pasándose la palma de la mano bajo el mentón contestó en nombre de todos:

—Tarobá, oh Tarobá, nuestro cacique: el amor de esa mujer será tu perdición... y quizá por ello también la nuestra. Naipí debe ser sacrificada para calmar el desasosiego de Boi. Las aguas corren ya altas, la pesca escasea y, al fin y al cabo, Boi es dueña de nuestro destino; ella, la gran serpiente que nunca hemos visto, gobierna este río que nos da la vida y el color de nuestra piel.

Así habló El Gran Guaraní para despecho de Tarobá. Éste no contestó. Supo al instante que cualquier palabra suya estaría de más. Paradójicamente, la ausencia de Boi, su invisibilidad, era lo más omnipresente en la vida de cualquiera de ellos. Durante generaciones, las mujeres más bellas se habían ahogado por culpa de una tradición tan ancestral como inquebrantable. A él, hasta que se convirtió en cacique, la norma nunca le había molestado: siempre había encontrado mujeres en el poblado que aliviasen sus deseos más impostergables. Sin embargo, desde que había alcanzado la dignidad de cacique hacía casi un año, las aguas de su vida se habían remansado, sus responsabilidades eran otras y le cansaba andar corriendo detrás de una mujer distinta cada noche. De hecho, llevaba meses cortejando a la bella Naipí, soñando cada noche las palabras cálidas que le diría a la mañana siguiente. Ella lo trataba con enorme ternura, consciente de que el destino los separaría. Por eso, cegado por el amor como estaba, el cacique desoyó el consejo de los ancianos.

La noche previa al sacrificio Tarobá huyó con la chica. A ella le pareció un buen plan morir un poco más tarde, también la conmovió que Tarobá corriera tantos riesgos por ella. Subieron a la canoa de él y huyeron río abajo, dejándose llevar por la corriente, sin remar. Si la gran serpiente Boi existía, los confundiría con el rumor del agua que se alejaba camino del Río de la Plata, pensaron. Como había luna llena, se tumbaron en la barca y se cubrieron con unas mantas, para que así fuera más difícil ver que se trataba de una canoa.

Pese a que está muy extendida la versión de que un anciano delató a Tarobá, otras voces la niegan. Estas últimas explican que Boi era tan grande como el río —unos 4.000 kilómetros— y que podía salir y entrar por la cabecera o por el estuario de éste tan velozmente como quería. Es más: comentaban que era famosa por asomar su cabeza desde el Río de la Plata y elevar su tronco varios cientos de kilómetros, como si tratase de una gran cobra india hipnotizada por la luna. Y como la gente no repara en detalles cuando se trata de adornar una historia, cuentan esas voces que Boi bailaba en las noches de luna llena y que la luz de ésta caía sobre sus escamas y parecían llover estrellas fugaces desde el cielo. A los guaraníes, como a cualquier contador de historias, el gusto por exagerar los pierde.

El caso es que Boi aquella noche de luna llena miraba hacia donde se unían el Paraná y el Iguazú. Le llamó la atención algo, un camalote voluminoso. Pensó que podía tratarse de un tronco. También que quizá fuera una canoa guaraní que se había desamarrado y que navegaba a la deriva. En su papel de sierpe protectora de aquellos indios afables de piel achocolatada como el río, estimó que aquella pérdida era demasiado cuantiosa, sobre todo el día previo al sacrificio anual. Quiso darles una señal del buen auspicio que les esperaba y decidió empujar con su cabeza la canoa hasta el lugar de origen, o al menos hasta alguna orilla cercana.

Boi alargó aún más el cuerpo y acercó con mucho cuidado la cabeza hasta la barca. Inclinó su frente, detuvo con suavidad la canoa y comenzó a arrastrarla en dirección contraria a la corriente. Tarobá y Naipí notaron que la barca dejaba de balancearse y sintieron como si ésta hubiera chocado contra algún inesperado banco de arena. Dejaron de abrazarse. Naipí quiso hablar; sin embargo, Tarobá le colocó el dedo en los labios y con la otra mano le recordó que no debían hacer ruido o si no despertarían a la serpiente. Después intentó reconocer por el ruido qué sucedía.

Sólo le llegaba el rumor de la canoa, que avanzaba sobre el agua, aunque en el cuerpo sentía que en una dirección equivocada. Tomó uno de los remos, levantó las mantas que les cubrían a él y a Naipí y se alzó despacio. A la luz de la luna, contempló algo inaudito: en efecto, la corriente era contraria a la dirección de la barca. Cuando metió el remo en el agua para intentar girarla, encontró ante sus ojos una enorme cabeza de serpiente. Naipí se incorporó y chilló. Boi se incorporó lo justo para mirar desde arriba a los ocupantes de la canoa.

Lejos de heroicidad alguna, Tarobá dejó caer el remo al agua. Naipí ahogó su grito con las manos. Y como si un resorte mental se les hubiera disparado, los dos se tomaron de la mano y se postraron. Con el brazo que les quedaba libre se cubrieron la cabeza. Boi enseguida comprendió: reconoció en la extrema belleza de Naipí la de las jóvenes guaraníes de sacrificios anteriores. Su intuición le hizo notar que huían de ella.

Sin entender muy bien por qué, se sintió conmovida a la par que desafiada: ésta era la primera vez que un guaraní estaba tan cerca de ella. Pensó en destrozar la canoa allí mismo y engullir a los dos; sin embargo, se contuvo: los dos jóvenes se apretaban con fuerza las manos y no se atrevían siquiera a levantar la barbilla del suelo de la canoa... Según algunos ancianos, a Boi le pareció cruel entonces su impulso anterior... Otros sabios prefieren argumentar que Boi no estaba dispuesta a dejar que sus adoradores creyesen que había tenido una flaqueza. Al margen de la versión que se elija, el caso es que Boi liberó la canoa a la suerte de la corriente y dejó que la parte de su cuerpo que la sostenía bajo el cauce se deslizase a gran velocidad. Lo hizo con tal energía que la tierra comenzó a temblar.

De manera instintiva, los ancianos de la tribu de Tarobá despertaron y, pese a que todavía faltaba un rato para que llegase el alba, acudieron a la orilla del río dispuestos a sacrificar a Naipí. No la encontraron. Tampoco a Tarobá. Y se temieron lo peor, porque ese inusitado temblor no podía significar otra cosa que Boi estaba ansiosa por recibir su ofrenda anual. Pero la elegida de este año no aparecía.

No les dio tiempo a pensar qué otra doncella podría ocupar el lugar de Naipí. De repente, vieron que la tierra se abría a lo lejos y que de ahí emergía una bestia inmunda. El río se rompió en pedazos y comenzaron a escuchar el rumor de un poderoso salto de agua, de una lluvia infernal. Todos se echaron a tierra y adoraron lo más ostensiblemente que supieron a la Gran Serpiente, que se elevo cientos de metros por el aire. O al menos eso cuentan quienes apuestan por el enojo de Boi.

Según esos ancianos, la diosa estaba más que enojada. El desacato de los jóvenes guaraníes la había irritado hasta la ira y por eso había quebrado la tierra: para viajar a otro lugar donde la apreciaran más. Las cataratas le servirían para impedir que los guaraníes migraran con ella y que contaran así con su divina protección. En otras palabras: Boi se fue con su divinidad a otra parte.

Ésa es una versión. La otra explica que Boi aprobó el gestó de valentía de los enamorados. Incluso que entendió que, encerrada en su cuarto subterráneo y dándose baños de luna, jamás podría desafiar a Yabaranguá, la deidad que acobardaba a las grandes sierpes como ella. Es decir: las diosas que vivían bajo el Mississipi, el Nilo, el Yang Tse... y que habitaban en los temores cotidianos de los guaraníes de turno (fueran yankis, árabes o lo que fueran). Para desgracia de Boi y de todas sus compañeras de profesión, Yabaranguá era más diva que todas ellas. Ella sí que era un Diosa, así, con mayúscula.

De hecho, cada año exigía puntualmente el sacrificio de alguna compañerita de Boi, virgen, por muy enamorada que anduviesen de ella el monstruito del lago Ness o cualquier otro. Sin embargo, por aquel entonces, entre las Grandes Serpientes corría una suerte de intempestiva revolución bolivariana que agitaba la tierra: Niágara, en América del Norte; Victoria en Zimbabwe; Godhafoss, en Islandia, y Huáng Hé, en China, todas ellas confabulaban para acabar con la tiranía de Yabaranguá a golpe de cascada. Así, Boi, conmovida por la valentía y al mismo tiempo la vulnerabilidad de Naipí y Tarobá ante un ser tan enorme como ella, decidió dejar en paz a los guaraníes y comandar la revolución de las Grandes Sierpes del mundo. Por eso, dejó deslizar a gran velocidad la parte de su vientre que estaba bajo el Paraná y se ocultó unos instantes bajo el cauce.. Para, como dicen quienes apoyan esta versión —sin rehuir el lugar común—, emerger con más fuerza cual ave fénix.

Eso sí, antes de emerger, tuvo la precaución de salir cerca del poblado guaraní. Como señal de gratitud por todo lo que le habían enseñado, y para que sus adoradores no extrañasen su ausencia, les dejó el oráculo más hermoso que pudo construir. Primero quebró las entrañas de la tierra. Después, de la larga y rizada cabellera de Naipí, sacó aquellos enormes saltos de agua. Por último, al enamoradizo cacique Tarobá, lo convirtió en los árboles que bordean la orilla.

Los dos no pueden tocarse, salvo cuando luce el sol y el arco iris une un cuerpo con el otro. Por eso, los occidentales creen que se trata de una tragedia casi griega y han llamado al lugar Garganta del Diablo. Sin embargo, los guaraníes saben que las raíces de Tarobá están hundidas en el agua más profunda de Naipí y que el amor entre ellos sucede donde nadie lo ve, en la intimidad del agua de Naipí, en la extremidad última de los rizomas de Tarobá. Y que tanto amor, en definitiva, explica que las cataratas sean tan bellas, tan brutales, tan imponentes.