Fragmento de Los cautivos (el exilio de Echeverría) de Martín Kohan


Fue entonces cuando Gorostiaga se echó hacia atrás. (No se piense en un gesto reflexivo: a esta clase de seres la reflexión les era ajena. Gorostiaga estaba, simplemente, tomando impulso.) Tras echarse hacia atrás se echó hacia adelante, y con el envión del echarse hacia adelante echó también, por la boca, y hacia Tolosa una escupida. Carecía de modales, desde luego, pero no de puntería. Su puntería fue perfecta; Tolosa recibió el impacto en pleno rostro, mas precisamente en la mejilla. Después de un instante de vacilación, de vacilación aunque no de estupor, se pasó dos dedos lentos, el mayor y el índice, por el lugar del agravio, y luego verificó sus curtidas yemas: saliva. La saliva de Gorostiaga, que lo había escupido. Un agüita blanca y espumosa en medio de su cara agriada.

Tolosa no se quedó atrás. Carraspeó y, tras carraspear, le devolvió la escupida a Gorostiaga. Fue tan certero como había sido el otro: le dio también en plena cara, pero un poco más abajo, más cerca de la boca, de la boca ruda y soez de Gorostiaga, por lo que un hilo delgado llegó incluso a deslizarse hacia la barba. Todos estos hombres, descuidados como eran, permitían que les crecieran unas barbas confusas y enmarañadas, verdaderos nidos de pulgas y de piojos. Gorostiaga constató su suerte o su desgracia: se tocó, no sin recelo, se miró los dedos y halló flema. Una flema blanca que le permitió comprender la razón por la cual Tolosa había carraspeado antes de responder.

Gorostiaga, ante esta de cosas, tomó aire y tosió. Tosió como quien quiere aclararse la voz para hablar. No habló, sin embargo, no dijo palabra alguna, sino que volvió a lanzar su fulgurante escupitajo en dirección de Tolosa. Tolosa no vio venir el escupitajo; de verlo, se habría puesto bizco, dado que el impacto se produjo exactamente en medio de sus ojos. No lo vio porque fue muy veloz la parábola del humor en vuelo. Pero además porque estos hombres, adormecidos ya por efecto de la abulia constante, carecían casi enteramente de reflejos. Un pellizco en el entrecejo fue el gesto con que recogió Tolosa la sustancia del agravio. Era flema, evidentemente, pero una flema más espesa, menos líquida que coloidal, y de tonos verdosos degradé. Eso Gorostiaga lo había sacado más de sus adentros, de sus entrañas casi, eso expresaba un enojo más hondo y más visceral.

Ante semejante comprobación, Tolosa tosió a su vez, pero tosió con más furia, tosió como lo habría hecho un tísico, un tuberculoso, un hombre que tose para no morir o que tose porque se está muriendo, un hombre a quien en la tos se la va la vida. Gorostiaga lo contemplaba absorto; no le sorprendió que, al cabo de tanto aspaviento, Tolosa acabara por escupir.

La tos lo había agitado y le había quitado fuerzas a Tolosa. De manera que su escupida surcó el cielo con violencia, pero, a poco de ser expulsada, comenzó a perder altura. Se estrelló, no en Gorostiaga, sino en su caballo, lo cual era infinitamente más grave y podía derivar en represalias de una crueldad sin límites. Para estos brutos, nada importaba más que sus caballos, lo que explica que todo este episodio sucediese sin que desmontaran. Vivían sobre los caballos los hombres de este tipo, hasta acabar mimetizándose con ellos.

Gorostiaga se inclinó y se fijó: su equino, el Manchado, tenía una mancha más. Al caballo sí le hace una mancha más, sobre todo cuando ésta consiste en una despreciable escupida de Tolosa. Flema: flema verde, densa, elástica, más blanda que un piedrazo. Gorostiaga examinó el envío con el cuidado de un científico. (Donde dice científico debe leerse una metáfora: la ciencia y los personajes de esta calaña no se tocan ni se acercan, no cabe establecerse relación alguna entre lo uno y lo otro, ni siquiera para distinguir.) En la flema, de un verde parejo y oscuro, podían advertirse algunas estrías más oscuras aún, amarronadas, casi negras. Eran las huellas del tabaco. Estos miserables, a quienes casi todo les faltaba, siempre se las ingeniaban, sin embargo, para proveerse de cigarrillos y de alcohol. Es decir que la escupida de Tolosa le venía de las regiones más profundas del ser, allí donde en un hombre existe sólo lo auténtico, sólo su verdad.

Con Manchado, manchado, era difícil prever hasta qué punto podía llegar la respuesta, la venganza de Gorostiaga. Nada de lo que hiciera después de lo ocurrido podría resultar inverosímil o exagerado. Por suerte, en ese mismo instante, pasó un chajá sobre sus cabezas cubiertas con sendos chambergos. Lo distinguieron. "Un chajá." Dio dos chillidos, una pirueta circular, y se alejó. De esta manera quedaba interrumpido el cruento duelo de la llanura, ya que los dos hombres en desafío, Tolosa y Gorostiaga, vieron en el vuelo del ave un signo que les indicaba que debían retomar la marcha. Es propio de las culturas primitivas e incluso de esas formaciones que, de tan primitivas, ni siquiera el nombre de cultura merecen, el adivinar en las vísceras de las aves o en los dibujos de su planeo aéreo, signos y presagios que creen conveniente acatar. Acataron pues el consejo Tolosa y Gorostiaga, enfilaron sus caballos de cara al horizonte, pasaron de la quietud al trote y del trote al galope, y sin decirse ya más nada cabalgaron muy cerca el uno del otro, como si fuesen uno solo.

*

Los cautivos (el exilio de Echeverría), Martín Kohan.
Editorial Sudamericana, Buenos Aires 2000.
Colección Narrativas históricas.
172 páginas, 5 pesos.
Supermercado COTO, Río de Janeiro y Díaz Vélez.