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Fragmentos de Aguafuertes gallegas, Roberto Arlt
(Un periodista argentino visita Galicia en 1934)
pág. 15
Nuestro desapego por el trabajo físico, es tan evidente que de él ha nacido la desestima que cierto sector de nuestro pueblo experimenta hacia la actividad del gallego. Convertimos en síntoma de superioridad la falta de capacidad. Razonamos equivocadamente así: "Si el gallego trabaja tan brutalmente, y no le imitamos, es porque nosotros somos superiores a él". En este disparate, índice de nuestra supuesta superioridad, nos apoyamos para hacerle fama al gallego, de bruto y estólido, sin darnos cuenta que esa superioridad es, precisamente, síntoma de debilidad.
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pág. 17
Nosotros no valoramos al gallego por una subconsciente razón de envidia. En las tierras donde nosotros continuamos siendo pobres, él se enriquece. Si nosotros, los argentinos, tuviéramos que emigrar a Galicia a ganarnos la vida, moriríamos de hambre. Y erróneamente definimos con estolidez lo que es temperamento de hombre de acción. Con un agregado curioso y emocionante.
Siendo el gallego, por su género de vida, un aventurero positivo, a quien le es indiferente combatir con la montaña o el océano, es, además, un hombre profundamente de hogar, de intimidad. Cádiz, en Andalucía, con la misma población que Vigo e idénticas características de puerto continental, tiene veinte veces más tabernas y cafés que Vigo. Pero en Cádiz el "standard" de vida proletaria es infinitamente más bajo que el del trabajador campesino o marítimo gallego. En los días de fiesta, en Vigo, se reconoce al trabajador por sus manos deformes, porque su vestir ciudadano es idéntico al del pequeño burgués.
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pág. 27
He subido hasta el pueblecito de Bayona, por el tren eléctrico. Cordones de montañas y la ría, defendida por malecones, poblada por velámenes de barcas. Me dice un comerciante, a quien sus negocios no le fueron muy bien en Buenos Aires, y que ahora atiende un bar, frente a la playa:
—Lo que a nosotros los españoles nos choca en Buenos Aires, es esa palabra "gallego", que en vez de definir un origen provinciano, encierra un fondo despectivo.
Comprendo la razón de mi interlocutor. Los argentinos hemos sido tremendamente injustos (sin la intención de serlo) con los gallegos. No les conocemos. Ignorábamos el calado de su profunda sensibilidad, esa sensibilidad que hoy, por la tarde, le hace decir a la sombra de unos cipreses, a una campesina, que está rodeada de sus amigas:
—Eu adoexo por chorar. —Las otras, sonriendo, le responden:
—E chora, entón.
A esta mujer no le ocurre nada desagradable. La exuberancia de su emoción necesita verterse en lágrimas.
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pág. 34
Continuamente se repite que España es un país católico, y es posible que lo sea, pues por la abundancia de ministros de su religión, podría suponerse que un alto porcentaje de los varones de España se han enrolado en el ejército de Cristo, pero si entramos en las iglesias (y yo entro a todas), descubrimos que las tres cuartas partes de los asientos están vacíos y el resto ocupados por ancianas, algunas campesinas y señoras de clase media. El pueblo no frecuenta la Sagrada Mesa. Las fiestas religiosas tienen características de francachelas colectivas, complicadas con algunos actos de histerismo simpáticos.
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pág. 35
La Coruña vive, y alegremente. El mañana, se le da una higa. Vive. Playa y café. Bailes y cines. Lo que ocurrirá mañana no parece importarle mucho. Un docto peluquero, erudito en estadísticas de metalurgia y desocupación universal, me dice:
—En Coruña es un poco dificultoso explicar los medios de que vive la mayoría de la gente que en las horas de trabajo se pasea por las calles. Hace muchos años que se vive así. Nadie se preocupa del mañana; se desea ávidamente vivir bien; es una de las ciudades donde más se edifican casas modernistas y, sin embargo, observe usted: las entradas del puerto en julio del año pasado, eran de 882 mil pesetas; en julio de este año ha disminuido a 603 mil pesetas. La recaudación de las aduanas ha disminuido en un 40 por ciento. Nadie se preocupa. Sin embargo, la construcción está paralizada en casi toda España y aquí se edifica locamente. Y la vida es barata.
Claro, la vida no es cara. El café es barato. La gente se instala tres horas en un bar, frente a una taza de expres. Cincuenta céntimos, incluido la propina. En Madrid, en un café donde el mozo no va vestido como un ladrón, el pocillo cuesta una peseta.
Las mujeres se visten elegantemente, la burocracia se pavonea en camisas de sport. Se vive, incluso en los barrios pobres. Un alto porcentaje de la población, está dispuesto a detenerse en cualquier paraje donde haya algo que ver. Las regatas locales extienden en los murallones del puerto negras cadenas de multitud. Los diarios de Madrid, traen titulares que dicen "La guerra" y la gente da vuelta a la página para enterarse de lo que dijo el señor Azaña o el presidente de la CEDA [Confederación Española de Derechas Autónomas]. Las muchachas pasan tostadas de sol, fuertes y alegres.
Se vive. En las bibliotecas, los bibliotecarios arman pitillos, y en las veredas se extienden hileras de sillas de paja para mirar pasar a los transeúntes. La banda municipal ejecuta pasodobles... y aquí. Aquí no ha pasado nada.
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pág. 46
Veo a una muchacha campesina, tan hermosa, que me explico cualquier pasión. Corregidores que pierden a veces la vida, por quitar el honor a la más hermosa aldeana del pueblo. Ésta que miro, es tan bella como no he visto aún mujer alguna. Justifica los llamados pétalos de rosa, los párpados pestañudos y sombrosos, la mirada grave, perfecta, el continente honesto, poderoso. Bajo el pico de su pañuelo bronceado, se escapan dos trenzas gruesas, doradas. Calza alpargatas, y al brazo lleva un cesto.
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pág. 60
Nuevamente un tentáculo del pulpo se pega a mi mano. Cada radio del animal tiene autonomía propia, individual. Su carga nerviosa es potentísima, persistente. Toca y adhiere. Es la más perfecta máquina neumática creada por la naturaleza. El pulpo se encoge y contrae; ahora es una verde hoja de higuera. Ha cerrado los ojos y sus tentáculos se condensan. Gelmiro, para que no muera, le arroja al charco de agua que por filtración se forma en el fondo del bote. El animal, al contacto del agua, reacciona, se dilata. Le toco con la punta del zapato, y de pronto la cabeza del huevo se infla encolerizada, y cuando instintivamente retrocedo, el pulpo estalla en un chorro líquido negro, su proyección de tinta me moja el saco, los pantalones. Lavo inmediatamente las manchas de sepia con el agua salada. Vamos hacia la costa. En un estanque formado en el arenal, Gelmiro arroja al pulpo. Le veo nadar.
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pág. 64
La gente es cordial, pero seria. Hablan de Buenos Aires como de Galicia. No hay casi familia gallega que no tenga parientes en la Argentina. Pero el gallego, más que enorgullecerse de su ciudad, se enorgullece de su tipo humano. "La ciudad es moderna", dicen, y no insisten más en ello. Pero a mí, esta ciudad moderna de calles anchas, limpias, de comercios holgados, de edificios de seis pisos de altura, construidos con bloques de piedra, me intriga. Ambulo, doy vueltas, paso al Vigo antiguo; observo cómo la gente charla, y en realidad estoy buscando la razón de ese contraste social tan enorme que Galicia ofrece con Andalucía. Porque la ciudad andaluza, en sus barrios obreros, está atestada de basura, y aquí, en Galicia los barrios obreros son limpios. Porque el andaluz se embriaga y el gallego no bebe. Porque el café andaluz, a pesar de su nutrida concurrencia, carece de orquesta, y en Vigo, los cafés un poco importantes, con menos clientela, costean una orquesta. ¿Por qué los niños andaluces son tan bullangueros y atrevidos y el niño gallego es seriecito, o sus formas de alegría se desenvuelven en relación a su medio?
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pág. 77
Galicia la bucólica, se borra en los extramuros pétreos de Santiago de Compostela. La violenta presencia de la ciudad medieval es tan intensa, que de pronto se experimenta el terror de olvidar que aún existen ciudades alegres en la tierra. Se gira la cabeza, con medrosidad, como si el mundo acabara aquí, en este confinamiento granítico, en el cual, a las tres de la tarde, podemos salir desnudos a la calle sin que nadie se entere. Las grises casonas de piedra, de tres pisos con vastas escaleras obscuras, parecen un pretexto para rellenar el espacio que dejan entre sí los cuarenta y seis edificios religiosos, monumentales, siniestros. Los comercios, bajo las torcidas recovas, cobran apariencia de madrigueras, muchos mostradores son de granito, y es inútil buscar muchedumbres caminando bajo sus arcadas pulidas por el viento o artesonadas. Soledad. Soledad de muerte, de despoblamiento, de tedio y de penitencia.
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pág. 84
Y si entráis en una plaza, es una plaza vasta como un mar muerto de piedra, desierta, bloqueada de murallas crestadas, con cimborrios que recortan su silueta negra en un gris cielo de atardecer, y el doble frío de la piedra y del hierro os cala el tuétano, como una llovizna de muerte os empapa el alma, y aunque se quiera resistir a tan terrible melancolía, no se puede. La ciudad que es fortaleza de la desesperación, se os adentra con sus almenas en el alma, las callejuelas por donde camina la muerte os agotan el ánimo. [Santiago de Compostela.]
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pág. 107
Trabe usted amistad con un sacerdote, o con un burócrata, o con un hijo de campesinos acomodados, y pregúntele de España, y en cuanto le habéis nombrado el tópico, cualquiera de los tres, os hablará de la "misión providencial de España", sin darse cuenta que repite las palabras pronunciadas por el conde de Lemos, siglos atrás, os dirá que "España es aborrecida en el extranjero por ser la mejor provincia de Europa"; otro, os mentará la superioridad racial ibérica; el sacerdote, después de suspirar profundamente, os hablará de los perniciosos efectos de la "infección extranjerizante"; otros, como menciona Santos Oliver, os citarán una especie de "conjuro universal contra las glorias de España"; el liberal, pero orgulloso de ser Judas y Cristo al mismo tiempo, repetirá las palabras de Joaquín Costa: "Somos un pueblo de profetas que anuncian al Mesías del progreso, a reserva de desconocerlo, y tal vez crucificarlo si luego aparece".
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pág. 139
El brumoso temperamento gallego es inexplicable sin el paisaje, como la dulzona psicología andaluza es ininterpretable, si no acudimos a las raíces moriscas, salvadas de los rescoldos de todas las hogueras inquisitoriales. (...)
La escenografía gallega está poblada de espíritus. Si no existieran leyendas habría que inventarlas. En determinadas circunstancias, la espiritualidad es una consecuencia de las exigencias estéticas del temperamento. Y el temperamento, producto del medio ambiente.
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Aguafuertes gallegas, Roberto Artl
Editorial Ameghino, Buenos Aires 1997
Edición, prólogo y notas de Rodolfo Alonso
144 páginas, 6 pesos
Librería Lucas, Corrientes 1247

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