Menos de 25 pesos

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

En la Argentina, la última novela de X cuesta por término medio 25 pesos. En tapa blanda, claro. Ir al cine el día del espectador: 5,50; si no: 9,00.
¿Una entrada para el teatro? Unos 12 pesos. El menú del día para ejecutivos: entre 10 y 12 (café y postre incluidos). Y una botella de vino excelente: 25. Después dicen que la gente no lee. O que sólo revuelve los saldos y los libros de segunda mano. O que bebe mucho... ¿Tan raro es?


Papá, Federico Jeanmaire
Editorial Sudamericana, Buenos Aires 2003
152 páginas, 5 pesos
Parque Rivadavia, Puesto 98 (dos para el cien)
elpuesto98@yahoo.com.ar

UN MUNDO SIN PAPÁ

El padre del narrador tiene cáncer de hígado. Está en el quirófano. El médico sale y le plantea una disyuntiva a la familia: si cortan la arteria sobre la que se apoya el cáncer, existe una probabilidad muy alta de que el paciente muera; si lo dejan tal como está, le queda quizá un año de vida. Por ahí comienza el libro, por el meollo que lo dispara y cataliza: la muerte más o menos inminente del padre del narrador, una defunción que merece ser velada con las únicas armas de que éste dispone para enfrentarse a semejante bestia: las de la escritura.

En los dos años que al final dura la agonía del padre, el narrador —escritor de profesión y de nombre desconocido— repasa la relación con su padre. Esa reflexión sobre los vínculos afectivos —cómo se establecieron, por qué y qué consecuencias trajeron— le sirve para pensar sobre la patria, la escritura y la relación con su hijo. Como si fuera un ovillo con varias puntas, éstas se entrecruzan para mostrar el conflicto de esperanzas frustradas que se da en la vida del narrador.

Los puntos de partida son dos: el padre y la patria. Dos palabras muy cercanas entre sí, como explica él, porque son «ese montón de verdades desde donde comenzar a pisar el mundo; esa lengua a medio hacer, sin terminar». De un lado, la patria militarizada; del otro, un padre autoritario, católico, de viriles y rotundas certezas sobre la vida, amén de intendente del pueblo durante la dictadura de Onganía (1966-1969). Todo eso en mitad de la deshabitada y provinciana pampa. Una mezcla explosiva, vamos.

Con razón, el sólido y asfixiante mundo paterno colisiona con el del hijo, frágil y lleno de dudas. Y con razón también el caldo de cultivo resulta ideal para que la escritura aflore como un escudo protector, como una máquina imparable para reparar despierto los sueños rotos. Por supuesto, el padre en vez de conseguir un hijo a su imagen y semejanza logra uno que se marcha de casa en cuanto puede y la ley está de su parte. Es decir: a los 21

Al margen de la identificación que producen las diferencias entre padre e hijo, algo vuelve íntimo y conmovedor a este libro: la plasticidad con que se palpa la separación corporal que existe desde la infancia entre ambos. Hay una suerte de cámara lenta y minuciosa sobre detalles concretos, como la novedosa sensación que es para el adulto ver a su padre enfermo y desnudo o como sentir que apenas se lo abrazó en vida y que ésta se acaba. Son detalles de una cálida generosidad que pueden inquietar hasta el nervio más calmo. De hecho, a veces el lector casi preferiría toser, salir de la habitación y dejar al narrador a solas con su familia.

¿Novela autobiográfica? El narrador contestaría que no, que la verdad no existe, que en todo caso existen verdades y que escribir ayuda a encontrar verdades novedosas... Y también añadiría: suele ser más sencillo recordar las crueldades que te dicen que las que vos decís. En otras palabras: que no y sí es autobiográfica.

En cualquier caso, la novela contiene más de un libro en sí misma. Por eso, quienes disfruten construyendo sentidos encontrarán más de un tumor dando vueltas. Al menos dos: uno maligno, el del cáncer del padre; otro benigno, el de la escritura del hijo. También el velorio de dos muertes: la del padre y la propia. Y algunas consideraciones sobre la escritura... Y, en fin, aquello que cada cual sepa o quiera encontrar. Porque eso sí, éste es un libro valiente, técnicamente muy bien escrito, que logra un sereno equilibrio entre las emociones y la escritura y del que resulta difícil salir indemne.

Entrevista a Federico Jeanmaire:
http://www.revistateina.com/teina/web/teina9/lit4.htm

Reseña sobre Mitre y La virgen peronista:
http://www.revistateina.com/teina/web/teina8/lit3bis.htm

 

Aguafuertes gallegas, Roberto Arlt
Editorial Ameghino, Rosario 1997
Edición, prólogo y notas de Rodolfo Alonso
144 páginas, 6 pesos
Librería Lucas, Corrientes 1247

UN IMPRESIONISTA EN TIERRAS GALLEGAS

Se divertía de lo lindo Roberto Arlt (1900 - 1942) cuando viajaba y hacía de cronista en el extranjero. Ésa es la primera sensación que transmiten estas aguafuertes, género periodístico cuya autoría le pertenece. Y es que cuando uno se divierte escribiendo y tiene talento para hacerlo raramente aburre a su lector. Eso sucede con Arlt: él disfrutaba de ser periodista y de escribir; por ello aún hoy resulta difícil resistirse a su temperamento torrencial, a su escritura hiperbólica y vivaz, a la sensación de cercanía que lograba transmitir con las palabras. ¿El secreto de su éxito? Es imposible no visualizar lo que escribe.

Sin embargo, y desde siempre, estuvo en discusión su pericia técnica. En ese aspecto ser hijo de inmigrantes italianos y prusianos no lo ayudó mucho. Sus errores de ortografía y de puntuación, incluso su estilo abrupto en algunos momentos, provocaba las burlas de refinados estilistas como Borges o Bioy Casares. Con todo, Arlt logró que El Mundo, el diario donde trabajaba, se vendiera como rosquillas gracias a sus artículos... Tal era su vitalidad, su proximidad con la vida. Es más: hoy día, su estilo funciona como una imagen de marca entre escritores y periodistas.

Quizá se le escapara alguna coma entre el sujeto y el predicado. Quizá la mirada de un editor (o la suya pasado algún tiempo) hubiera calmado algunos excesos retóricos. Quizá a veces pierda el ritmo y no cuaje su intento de escritura impresionista... Sin embargo, Arlt no perdía un solo detalle de las escenas que observaba. Tenía ojo de águila y un pigmento de color en la pluma siempre listo para materializar sobre el papel sus sensaciones y sentimientos. Él era un escritor con todas las letras: tenía los cinco sentidos abiertos y, como decía un personaje de Kurt Vonnegut, sabía que lo real es aquello que se olía, se tocaba, se saboreaba, se escuchaba y, por último, se veía. Y eso, tan concreto y poco abstracto, también forma parte de un buen estilo narrativo.

Por eso, este practicante de la escritura expres para poder vivir al mango del periodismo, escribiera lo que escribiera resultaba interesante. Así, en estas Aguafuertes gallegas, por ejemplo, le regaló a sus lectores detalles mil sobre la pesca del pulpo, el precio del café en La Coruña y en Madrid, la inmigración gallega o el enrarecido ambiente político de 1934... Y siempre de una manera amena, informativa y dándole un festín de sensaciones al lector. En su conjunto, no se trata de un gran libro; con todo, tiene el valor de su rareza y de algunos pasajes que merecen brindar con una copita de Ribeiro.

 

Poemas & Híbridos, Bernardo Atxaga
Editorial Plaza y Janés, Barcelona 1997
106 páginas, 3 pesos
Librería Libertador, Corrientes y Talcahuano

UNA ESCRITURA HÍBRIDA Y MUSICAL

Atxaga (Asteasu, 1951) gusta de moverse en esa zona franca llamada escritura híbrida... Una suerte de intersección entre el cuento y la prosa con ritmo de poema, al que le añade un toque de metaliteratura —que oscila entre la práctica de la intertextualidad y la reflexión sobre la escritura— y una dosis de eso que algunos llaman «mundo interior». Por último, hay que añadirle la experiencia bilingüe: escribir en euskera y traducirse al castellano.

Con tanto mejunje, cuando acierta con las proporciones ofrece momentos conmovedores, como en los poemas Las gaviotas, Lizardi, Un explorador cansado o Fas fatum. Cuando no... pues lo mismo viene con un poema melifluo —Un largo día finlandés—, que con un experimento fallido —Poema polaroid sobre la muerte de John Lennon—, con uno donde sólo destacan los juegos de palabras —Perdona, Cravan— o parece acudir con demasiada insistencia al tono infantil como recurso literario para un escritor adulto. Bueno, al menos no deja indiferente.

Tras la parte dedicada a los poemas viene Henry Bengoa. Inventarium., un relato intertextual, donde Atxaga dirige la orquesta de voces invitadas al relato. La lista de remezclados es variada: clásicos insignes como el capitán Scott, Pessoa, el músico Robert Wyatt o un cuento árabe se amalgaman con los textos del grupo Emak Bakia Baita (Ruper Ordorika, José María Iturralde y Bernardo Atxaga). Entre todos cuentan la historia de Henry Bengoa, un amigo del narrador cuya única noticia es que está en Hamburgo y que ha desaparecido. El disparador y a la vez canalizador de esta historia coral es el inventario de objetos de la habitación de Bengoa. El resultado es una delicada pieza musical.

De hecho, esta historia de Henry Bengoa en forma de anotaciones en el tique de la compra, en un folio pegado en el armario y subrayados en prospectos médicos se representó entre 1986 y 1987 en más de cincuenta escenarios, con narradores profesionales incluidos. Asimismo, algunos de los poemas aparecen en euskera y musicados en el libro-cedé Nueva Etiopía que publicó Atxaga. Es decir: puede que algunos de los poemas, en realidad, sean más bien canciones y por eso resulten más flojos. En cualquier caso, con sus altibajos, el libro tiene hallazgos, especialmente el relato de Henry Bengoa.

 

Los cautivos (el exilio de Echeverría), Martín Kohan
Editorial Sudamericana, Buenos Aires 2000
Colección Narrativas históricas
172 páginas, 5 pesos
Supermercado COTO, Río de Janeiro y Díaz Vélez

UNA HISTORIA DE MENTIRA

Cuesta entrar en este libro. Leída la primera página, el lector posiblemente retrocederá hasta el principio dos o tres veces, a ver si descifra la clave del texto. Porque si algo genera el inicio de esta novela, es extrañeza. Lo primero que el lector ve —literalmente— son dos párrafos y en cada párrafo un paréntesis largo, de hasta ocho líneas el segundo de ellos, es decir, digno de Augusto Monterroso. Lo segundo —y esto ni mucho menos resulta inmediato; se necesitan capítulos— es que hay dos narradores omniscientes y que ellos son los auténticos protagonistas; que uno de ellos va por fuera de los paréntesis y otro por dentro. Lo tercero, que no hay conflicto alguno. En otras palabras: el autor elude el póker clásico.

La novela se caracteriza por el estatismo, por una pampeana sensación de que no sucede nada, de que lo único que importa son las charadas de dos narradores, mano a mano, como si estuvieran leyendo un libro de historia y que cuentan este episodio como podrían contar cualquier otro. Quiero decir: sólo importa cómo se narra. Tampoco importa la verdad histórica, sino la ficción posible a partir de ella. O según una de las metáforas que emplea Martín Kohan (Buenos Aires, 1967): narrar la Historia es como intentar que dos gauchos acuerden los detalles de una peripecia común: con suerte, alumbrarán un mísero fragmento de la verdad entre ambos; lo demás será pura ficción para acaparar la atención del público.

Mientras que formalmente la novela tiene su complejidad, el argumento resulta sencillo. En tiempos de unitarios y federales, el poeta romántico y unitario Esteban Echeverría, camino de su exilio a Uruguay, se refugia en la finca de Los Talas, propiedad de un amigo suyo. Los gauchos que trabajan allí pasan los días esperando que el patrón les haga una visita. El único consuelo de éstos consiste en mirar la luz encendida allá lejos, en la casa, sin saber siquiera que en vez del patrón es un tal Echeverría quien la prende para sentarse a escribir poemas. Con esos pocos elementos y el carácter de bestias ignorantes que otorgan ambos narradores a los gauchos, el argumento se va desplegando.

Si se logra entrar en él, el libro entretiene y ofrece escenas divertidas, como la del duelo de escupitajos entre dos gauchos. Asimismo, los excesos que comenten los dos narradores tienen su gracia. Sin embargo, desconciertan algunas salidas de tono de éstos: igual hablan de «chimangos», «caranchos » o «paisanos acovachados en sus entrañas» que discuten la validez de un adjetivo, hablan de la metonimia o le espetan al lector que «el magma gelatinoso de los pensamientos de Maure, que eran prelingüísticos, necesariamente se aclara en su trasposición al lenguaje». Es decir: a veces la experimentación se convierte sólo en gélida metaliteratura con guiños a los académicos del aburrimiento. Salvo esos exabruptos, la lectura resulta placentera.