| Fernando Vallejo,
premio
Nobel por favor
Alberto Olmos
alberto-olmos@terra.es
La cocaína y un tiro en la cabeza es la imagen que tengo yo de Colombia. La cocaína y un tiro en la cabeza es la imagen que da Fernando Vallejo de Colombia. Como es lógico suponer, Vallejo vive en Méjico.
La obra del autor colombiano se compone de imprecaciones clónicas y jovialmente despiadadas contra su país, de retazos autobiográficos y de vagas viñetas homosexuales. Al menos es así en las cuatro novelas suyas que yo he tenido oportunidad de leer: La virgen de los sicarios, El desbarrancadero, La rambla paralela y Mi hermano el alcalde. Y, de hecho, espero que sea también así en las cinco novelas precedentes, agrupadas bajo el título El río del tiempo, que por fortuna aún no he tenido ocasión de leer.
Desde casi todos los puntos de vista posibles, las novelas de Fernando Vallejo son muy deficientes. A pesar de la jugosa tentación de decir que el autor presenta un estilo deslavazado a propósito o después de un largo trabajo contra la novela convencional, lo cierto es que a mí no me cabe ninguna duda, por fortuna para él, de que Fernando Vallejo se pone a escribir lo primero que le viene a la cabeza y, cuando llega a la página 180, decide que ya está bien y la novela termina. Estructuralmente, todas sus novelas son un caótico flujo de conciencia (y sobre todo: de inconsciencia) donde el autor se lo pasa en grande yéndose por las ramas, llamando «hijueputa» a presidentes, Papas y pichicateros y paladeando coitos con muchachos. Tal cual. Él mismo, en Mi hermano el alcalde, da cuenta de su propia incapacidad cuando afirma: «Mi problema con los libros es que son sucesivos y yo soy simultáneo», lo que quiere decir que su problema con los libros es que él los escribe para divertirse, y no para ganarse la vida.
Las cuatro novelas arriba referenciadas presentan un texto continuo, sin divisiones: no hay capítulos, secuencias o episodios; no hay partes. El motivo es sencillo: en el momento en el que el autor deje dos líneas en blanco entre párrafo y párrafo nos daríamos cuenta de que no sabe adónde va.
Por otro lado, las cuatro novelas (absolutamente consanguíneas, por cierto, al punto de que me es difícil recordar dónde leí más «hijueputas», en Mi hermano el alcalde o en El desbarrancadero...), comparten un estilo coloquial, directo, banderilleado de barroquismos («dizque», muy a menudo) e histrionismo, que constituye, al cien por cien, su único aval literario.
Después de todo lo dicho quizá resulte interesante comentar que Fernando Vallejo es, en mi opinión, un genio. Sólo un genio puede hacer que unas novelas en las que se enquista toda la autocondescendencia del mundo, todo el capricho y todos los tópicos posibles sobre Colombia sean, claramente, excepcionales. También son excepcionales porque yo no soy capaz de saber en detalle por qué me gustan tanto. Sólo puedo apuntar algunas pistas.
La primera hace referencia al idioma. En una novela de Vallejo, el castellano no se lee, se descubre: igual que cuando uno empieza a leer en otra lengua y disfruta de la lectura por el hecho en sí de estar descifrando ese código inédito, independientemente de que la obra leída sea buena o no. Expresiones como «hundir una tecla» en lugar de teclear o apretar una tecla, el ya idiosincrático «hijueputa» en lugar de hijo de puta; o el gusto por la nominalización musical («desbarrancadero», «zarandeadero», «polvaredón»…) amontonan tal cantidad de vida en sus páginas que me es difícil encontrar un contendiente a su altura. Incluso cuando se habla de un asesinato, el uso de locuciones como «dar bala» o «bajarle la cabeza» en lugar de matar, transmiten vida.
La segunda constante en la literatura de Vallejo que crea adicción es su fascismo. También podemos llamarlo su «odio por el ser humano, especialmente las clases pobres, y su deseo de aniquilarlos a todos de un bombazo, o, si esto no es posible, esterilizarlos en masa para que dejen de llenar el mundo de mierda». No son palabras de Vallejo; las palabras de Vallejo son peores.
¿Por qué resulta tan inquietantemente divertido leer los despropósitos demográficos de Fernando Vallejo? (Recuerdan a la frase de Luis Buñuel: «Si yo fuera presidente del mundo, lo primero que haría sería eliminar a 3.000 millones de personas».) ¿Y por qué la izquierda editorial y cultural española apoya el conservadurismo rancio de Fernando Vallejo? Ni idea. Realmente no lo sé. La pregunta sería: ¿por qué yo como lector lo paso en grande leyendo: «¿Explotar a los pobres? Sí, ¡con dinamita!» Supongo que por el mismo motivo por el que los niños disfrutan más jugando a matarse que jugando a hacer leyes orgánicas.
La vida y el amor es la imagen que tengo yo ahora de Colombia. La vida y (algo así como) el amor es la imagen que da Vallejo de Colombia. Como es lógico suponer, yo vivo ya del lado de Vallejo.
Por todo ello, y conociendo el caso que me hacen en Suecia, solicito, exijo, reclamo, para Fernando Vallejo, el premio Nobel.
El de la Paz.
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