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Teoría cultural: la metáfora de la coherencia
La construcción y el estudio de una identidad cultural necesita de herramientas que permitan interpretar las subjetividades de quienes la comparten. Las metáforas —por ejemplo la de la globalización— flotan en el ambiente y los mecanismos de poder —en este caso la economía neoliberal— se encargan de vaciarlas de su sentido primigenio y de darles uno nuevo, más conveniente a sus intereses. Por esta razón, realizar cultura en el idioma propio ayuda a que las palabras no se vacíen de sentido, a que la capacidad metáforica de la lengua mantenga su vigor y a que se fortalezca la identidad. Los intelectuales deberían practicar la coherencia respecto de sus teorías y preocuparse críticamente por la identidad cultural (no sólo por la literaria). TEORÍA Y METÁFORA ¿De qué me quejo con tan grande extremo Góngora
Una lectura superficial del texto Mestizaje e hibridez: los riesgos de las metáforas, de Antonio Cornejo Polar (1), podría llevar a elevar acusaciones infundadas sobre el autor del texto: términos como purista y cientificista se combinarían en una visión crítica del intelectual peruano. Por supuesto que tendría que ser ésta una lectura muy superficial y muy ideologizada, probablemente fundada en el mito neoliberal llamado «globalización», una hermenéutica que se deshace a partir de las propias afirmaciones de Cornejo Polar. Al hablar del «riesgo de las metáforas» en el título del texto el autor parece desconocer la necesariedad metafórica de todo lenguaje al describir un mundo y, en tal sentido, Cornejo Polar parece adscribir a posiciones cientificistas para las cuales existen verdades inmanentes, trascendentales, listas para ser descubiertas por la ciencia —en este caso la sociología de la cultura— y destinadas a revelarse en el transparente espejo de la jerga científica. Esta posibilidad se desbarata cuando Polar escribe: «Finalmente, apunto que tal vez en el fondo la relación entre epistemología crítica y producción estética sea inevitablemente metafórica». Cornejo logra salir de la acusación de purista de la lengua (acusación surgida del señalamiento que hace el autor sobre «la incontenible diseminación de textos críticos en inglés») cuando afirma que no intenta «ni remotamente postular un fundamentalismo lingüístico que sólo permitiría hablar de una literatura en el idioma que le es propio». Sin embargo, aquí parece plantearse un interrogante: si Cornejo Polar no es un cientificista ni un purista lingüístico, ¿por qué habla del riesgo de ciertas metáforas, por qué se preocupa por la excesiva producción de textos críticos sobre literatura latinoamericana en lengua inglesa, en detrimento de la producción local? ¿Cuál es, finalmente, la preocupación que plantea Cornejo Polar en su texto? Creo, sin temor a equivocarme, que se trata de la preocupación por la identidad de una crítica de la cultura (no sólo literaria) en nuestras academias, una crítica capaz de convertirse en un artefacto interpretativo de las subjetividades latinoamericanas, sin caer en complicidades con el poder homogenizador de la economía neoliberal. Se trataría, invocando la metáfora gongorina, de no «ayudar con el remo» al «daño» de las desigualdades sociales. Una propuesta difícil: remar contra la corriente del mito globalizador, la nueva máscara que luce la dominación para inducir a la pasividad a sus dominados. Pero ningún sentimiento de los que nos causan la alegría o la desgracia de un personaje real llega a nosotros si no es por intermedio de una imagen de esa alegría o desgracia. Marcel Proust
Néstor García Canclini se apropió de la palabra hibridez para intentar describir, entre otras cosas, la cotidianidad de pueblos mexicanos lindantes con la frontera de Estados Unidos. Estos sujetos, productores de una cultura «híbrida», aparecen como gustosos negociadores con la hegemonía estadounidense, tan gustosos que su identidad latinoamericana se reescribe como anglolatina: la palabra hibridez sintetiza, entonces, la posible anulación de conflictos. De ahí la oposición de Cornejo Polar al uso de este significante, proveniente, como él indica, de «disciplinas ajenas al análisis cultural y literario». A pesar de lo dicho anteriormente, conviene señalar que en el momento en que García Canclini utiliza la metáfora de la hibridez (momento cristalizado en el libro Culturas híbridas) (2) el presupuesto de la desigualdad está presente en esa resignificación conceptual. Intuyo que Cornejo Polar se hubiera sentido mucho más indignado frente a Consumidores y ciudadanos (3), donde Canclini usa la metáfora de la «negociación» para hablar del aspecto democratizador del mercado, visto éste como un mecanismo capaz de equilibrar las desigualdades y dar nuevos nombres a las identidades latinas (siempre y cuando se trate de una «negociación razonada y crítica» y no del «simulacro de consenso inducido mediante la devoción por los simulacros», apunta Canclini). El caso de García Canclini es significativo para reflexionar sobre el lugar que debe ocupar un intelectual latinoamericano. Sin duda se trata de un lugar conflictivo, que exige una mayor creatividad metafórica para evitar una teoría impertinente… Entendiéndose como impertinente la complicidad, consciente o inconsciente, de esa teoría con la hegemonía imperante. Ya han pasado más de treinta años desde que Deleuze comparó la teoría con una caja de herramienta (4). En ese mismo texto, Foucault dijo que «el papel del intelectual no es el de situarse un poco en avance o un poco al margen para decir la verdad de todos; es ante todo luchar contra las formas de poder allí donde éste es a la vez el objeto y el instrumento». Hoy, para los críticos latinoamericanos, estas metáforas de Deleuze y Foucault se revelan como una propuesta metodológica útil a la hora de ejecutar la práctica teórica: pensar la crítica como una práctica metafórica, necesaria para la lucha contra los poderes establecidos. O al menos ésa es la opción que se desprende de estos enunciados. Pensar nuevas metáforas para permitir un auténtico cambio democrático aparece, de este modo, como la única posibilidad (posibilidad infinita, por otra parte) para una crítica latinoamericana auténtica. En tanto esas metáforas (imágenes en un sentido amplio), construidas por el teórico (devenido en poeta al haber asumido su papel de creador metafórico), operen como lugar de resistencia, será posible captar en ellas las identidades (junto con las alegrías o las desgracias) de los sujetos latinoamericanos. LA METÁFORA DE LA COHERENCIA COMO COMPROMISO TEÓRICO Así fue devorada, Pablo Neruda
En una de las tantas ediciones de la llamada Feria del Libro, que se celebra todos los años en Buenos Aires, tuve la desdicha de escuchar una exposición crítica sobre el lugar de la mujer provinciana en la literatura argentina. La teórica que habló sobre el tema se dedicó a repetir una serie de lugares comunes donde la conflictividad de palabras como centro o periferia era atenuada por ráfagas de neoliberalismo conciliador que alababan la política cultural (y también económica) del gobierno provincial que había posibilitado la participación de la conferencista en aquel acto. La disertación terminó con una invitación para los empresarios presentes, incitándolos a invertir en la forestación de los bosques provinciales. Por supuesto que exagero, pero el ejemplo responde a un acontecimiento real (ocurrido a fines de la década del 90) del que extraje las siguientes conclusiones, pertinentes al hablar del deber ser de la crítica en Latinoamérica: 1) Esta académica (se trata de una persona formada en los claustros de la universidad pública argentina) se había transformado en un instrumento del poder que se apropiaba de metáforas teóricas, originalmente conflictivas, para desarticularlas y volverlas inoperantes en su discurso: el reproche por la marginalidad periférica de ese corpus textual era, en realidad, una petición para que el ojo del poder canonizara a algunos «exponentes» —tomemos esta palabra como sinónimo de autores— de esas discursividades en el panteón del prestigio (quizás una manifestación inconsciente del deseo de la intelectual de ser aceptada, en algún momento, como una periférica central). 2) La exposición demostraba una virtud de la hegemonía cultural neoliberal: el poder de fagocitar todo intento crítico en favor de la economía de mercado (ver García Canclini) y la capacidad de sus metáforas para transformarse en mitología, en construcciones ideológicas naturalizadas y asumidas como verdades de Perogrullo. 3) La falta de originalidad en las metáforas propuestas por la expositora significaban un abandono de la posibilidad de constitución de un artefacto crítico auténticamente latinoamericano, originado en nuestra percepción del mundo. Esta carencia de metáforas propias hablaba de una forma de dominación de la hegemonía relacionada con el saber, entendido éste como una repetición de lo obvio, con un lenguaje gastado y carente de vitalidad. Como cierre, lo que escuché en aquella conferencia me llevó a meditar en la necesidad de reelaborar una metáfora ética para la acción intelectual de los pensadores latinoamericanos: la metáfora de la coherencia, frase que se traduce en una práctica teórica coherente junto con una acción práctica (también coherente). Esta suma de coherencia teórica y práctica debe servir para que el intelectual latinoamericano se coloque en el lugar de la denuncia —no en el de la delación vana de la vidriera mediática— y desvele los mecanismos de poder que condicionan nuestras identidades y que nos llevan a celebrar la defunción de la lucha por la expresión propia como un anticipo de nuestra propia muerte.
REFERENCIAS EN EL TEXTO(1) Documento de trabajo remitido por Juan Zeballos a la red Estudios Culturales en América Latina, sin aclaración de fecha de producción (circa 1997).
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