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La austera belleza de las últimas cosas
María Malusardi
mariamalu66@yahoo.com.ar
Hay escritores que resultan eximios cronistas de su tiempo, más allá de los baches internos que presenten sus textos, al margen incluso del virtuosismo más o menos especulativo de su pluma. Probablemente sea el caso del novelista estadounidense Paul Auster, de quien leí, debido a la insistente recomendación de una amiga, El país de las últimas cosas, publicada en 1987, hace ya casi 20 años.
En su momento, esta novela podría haberse leído como un texto de ciencia ficción, como una metáfora de la humanidad cercana, pero todavía con el atributo de la distancia suficiente entre lo que sucede en el texto y lo que sucedía en el mundo. Hoy, al inicio de 2006, El país de las últimas cosas ya no es inocua y distante, sino cruel. Ya no es una apuesta de lectura reflexiva y puramente literaria, sino un modo de sumergirse en un proceso de concientización angustiante. Obliga a mirarse, a no ocultar el alrededor, y pierde, a priori, su condición de libro de ficción y de aventura. De hecho, se trata de un texto aterrador, de una alegoría descarnada cuya historia concentra en un mismo espacio y tiempo lo que sucede actualmente en el mundo real de una manera dispersa y matizada (y soy generosa, afable, hasta eufemística).
El libro asusta por su inminencia. El libro resplandece en una metástasis inquieta. En el mundo actual aún estamos en el tiempo del tumor que creemos extirpable.
Es muy duro el momento que nos toca, menos por lo ya instalado que por lo que vendrá y sabemos inevitable. Aceptar es muy difícil. Pero más difícil todavía es detener. El individualismo es una trampa social. No es ni siquiera analizable, sustituible. El individualismo funciona como un proceder inexorable porque es la única salida, paradójicamente inconducente. En verdad, salida no hay. Ya no. Ya no hay dónde guarecerse de la lluvia. No es una lluvia de alcauciles ni de sapos. No es una lluvia de flora y fauna indiscriminada y bíblica, retratable, descriptible. No. Es una lluvia que envenena al viento, que deteriora nuestros gestos interiores, que nos hiere desde dentro. Que nos clausura. Lluvia de jeringas infectadas. El hombre ha enfermado su humanidad. Sin vuelta atrás. No hay tratamiento posible. Ni la ciencia ni los bálsamos del espíritu podrán sanarla. Apenas el efecto de la morfina (otra vez la metáfora obvia). Seguimos caminando por la calle, hacemos las compras, cocinamos, hacemos el amor, vamos al cine, comentamos un libro en algún diario o entre amigos, reseñamos la vida de un autor a partir de una efemérides, tomamos café con alguien, disfrutamos un vaso de vino, conversamos sobre el mundo, sobre cómo ganar más dinero, sobre las vacaciones, sobre algún viaje, algunos paisajes que aún se mantienen erguidos y sanos (al menos en apariencia), sobre los problemas de los coches usados cuando salimos a la ruta, los accidentes de tránsito en las autopistas modernas. En fin. ¿Qué otra cosa podríamos hacer?
El país de las últimas cosas no es una gran novela desde el punto de vista literario. Cualquier narración contemporánea que describa la opresión moderna, remite a Franz Kafka, sin duda. Luego a Samuel Beckett. Lo que alza al texto de Auster no parte de la genialidad de su autor sino del esperpento visual que ofrece el mundo. El absurdo ya no está en el texto sino en la vida. La crudeza de este relato conmovedor se enreda a nuestra realidad cotidiana y menos, tal vez, a las grandes obras de la literatura universal. He llegado al final. Cierro el libro. Demando ese silencio que ofrece la terraza de mi apartamento en el medio de una manzana de barrio porteño. Benito, mi gato blanco y negro, se enrosca sobre sí mismo como un yo-yo y se camufla entre las plantas. Sin estrategias, hace de su vida cotidiana una cuestión plástica y sonora. Mientras apaciguo estas horas de verano con un vaso de cerveza, lo contemplo. Lo llamo. Lo nombro, suavemente. Se acerca, cuando él quiere, cuando lo decide. Se queda de pie. Se relaja, cae, acomoda musicalmente sus patitas debajo de su cuerpo. Ahora me mira de manera contundente. Sus ojos son dos limones ignorantes, dos aceitunas felices. Sus ojos me intrigan, son bellos. Esa ráfaga de instante es nuestra única posibilidad. El único gesto de piedad que se nos ofrece desde fuera. Mirarle los ojos a un gato y descubrir que entre las sombras del tiempo, que en lo inapropiado de la historia, que entre los restos del amor, todavía existe la belleza como una luz incontaminada por los sueños turbios de los seres urbanos y arrepentidos. La belleza tiene límites, sí: tamaño y tiempo. Espesor y contorno. Pero firme destella en los ojos de Benito, nos muestra cómo el mundo se expande sobre ellos para calmarnos como dos mandalas. Y nos reconforta. Y nos suspende la muerte.
No, no es olvido: el libro que acabo de cerrar reafirma el surgimiento de la epifanía, la necesidad del remanso. Se trata de recuperar la memoria del placer en la experiencia, como un punto sobrio en el espacio generoso de una página en blanco, que invita a esto, a escribir, a desnudarse en la guerra y no temer. Porque la palabra es el arma civil de la belleza.
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