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Dos mil argentinos temporales
(2ª parte)

 


Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

 

Enlace a la 1ª parte

 

Que esas personas desarrollan, en su mayoría, actividades útiles para el país.
Que muchos de esos extranjeros han demostrado su vocación de arraigo mediante un largo tiempo de permanencia en el Territorio Nacional.
Que otros tantos han demostrado dicha vocación mediante su casamiento con ciudadanos argentinos o teniendo hijos en nuestro territorio.


—¡45!

El joven burócrata con aires de guitarrista de Iron Maiden está de pie, delante de su mesa. Carraspea, se toca el pendiente, le guiña un ojo a un compañero que recién llega, y mira hacia los irregulares de las butacas de plástico: nadie alza la mano. Pone los brazos en jarra y repite el número: ¡45!

Nadie se da por aludido. O quizá toda la audiencia esté absorta en el atuendo del burócrata: unos pantalones ajustados desde la cintura a los tobillos y que marcan con ganas todo lo que hay que marcar. Parece que el muchacho tiene experiencia en esto de pedirle al público que repita el estribillo de una canción. Tiene cancha, sí, pero nadie se levanta... Será que pocos tienen vocación de arraigo. Será que muchos menos desarrollan una actividad útil para el país. Quizá haya una explicación más sencilla; por ejemplo, que la mayoría de la comunidad asiática desconozca hasta los números en castellano.

—¡45!

El compañero del burócrata del metal, a pesar de ir vestido de clásico oficinista con pantalones de pinza color crema y camisa blanca, no hace nada para que su colega deje de reivindicar a los AC DC y a tantos otros (sólo le falta sacar la mano con los cuernos). No. Lo deja que siga de pie chillando números y él se sienta frente al ordenador, revisa los papeles que tiene encima de la mesa y da a entender que es un tipo más importante que el marcapaquetes del otro. De repente le entra prisa por trabajar, se mira el reloj y se desespera porque nadie atiende a la voz de 45. Pone una fastidiosa cara de Dale, che y le hace un molinete a su compañero con el dedo índice de su mano derecha: ¡vamos, que avance la numeración!

—¡46!

Tampoco a la voz de 46 se levanta irregular alguno. Entre las butacas de plástico donde los extranjeros esperan turno, el único movimiento es el de un diminuto tamagochy de ojitos rasgados que corre y a cada paso parece estar a punto de caerse. Se detiene frente a una mujer que le pregunta algo indescifrable y él contesta levantando tres dedos de su mano derecha. Mientras tanto, deja que le caiga la baba sobre la camiseta de la selección argentina. Cualquier truco, sentimental o no, suma puntos si es por demostrar la vocación de arraigo.

—¡46!

El 46 padece el mismo síndrome de ausencia que el 45. El dedo del burócrata que no toca la guitarra en Iron Maiden gira de nuevo como si se tratara de un furioso molinete.

—¡47!

La situación no deja de ser extraña: hay demasiada gente en la sala como para que nadie se ponga de pie. Pese a que en la mesa todavía no hay un solo inmigrante, llegan dos refuerzos para el ejército de los burócratas. Vuelven barrigones y con cara de haberse despachado más de una Quilmes de litro. Palmean la espalda de sus colegas y bromean sobre el marcador electrónico. La joven esperanza del heavy metal migratorio se encoge de hombros y repite: ¡47! «¿47? No, loco, no, dale del 51 en adelante. Por ahí quedamos antes de ir a almorzar.» 

—¡51!

Por fin. Primero se ve un pasaporte rojo oscuro en el extremo de una mano. Tras el pasaporte, aparece un sujeto occidentalizado en lo peor del barrio de ONCE o a las apuradas en algún cuarto de baño de la estación de Retiro: zapatos negros pasados de moda y muy gastados en la puntera, pantalones de tela dignos de un traje de primera comunión —casi un palmo entre el dobladillo y el zapato— y un pulóver enorme e indigno hasta para un ciruja... Todo un conjunto bastante desfavorecedor para un ser barbilampiño, peinado a la raya, con unos lentes caídos sobre el extremo de la nariz y cara de soportar estoico las palizas de su mujer por llegar borracho a casa. En resumen: un afable arrocero alcohólico sacado de una de esas películas raras que dan en la Sala Lugones. Ahora que el marcador humano —el de voz en grito— funciona, esto se pone divertido. (¡Bendita Quilmes que ilumina la vida de quienes trabajan tantas horas en la oficina!)

—¡52!

Otro asiático se levanta. El 52 se esconde tras unas gafas de sol modelo Tom Cruise en Top Gun, masca chicle con la boca abierta, lleva botas de montar a caballo —o de fan de Elvis Presley; uno nunca sabe—, se estira las solapas de la camperita de cuero negro medio trucho y camina como si fuera capaz de perdonarle la vida a Clint Eastwood. Su pelo es pura agua oxigenada a granel y su facha, en conjunto, un espanto estético digno de que Bruce Lee o Jackie Chan le peguen con el pie a cámara rápida en la jeta... Por chulo, por hortera y por feo. Lleva un pasaporte verde oliva. Eso quiere decir que quizá sea filipino, vietnamita o tailandés. Lo que si queda claro es que no es chino —pasaporte rojo— , japonés —negro— o coreano —azul oscuro—. También queda claro que se trata de una de las peores imitaciones de Tom Cruise que andan sueltas por ahí. (Quien más y quien menos necesita una instructora de vuelo a tiempo, ¿verdad Maverick?)

—¡53!

Parece que la cola no será para tanto, que con suerte todos verán anochecer en casa. Es el turno de un abogado con traje caro, elegante corbata y cómodos zapatos Clarks. Al llegar a la mesa, éste alza su maletín de cuero marrón y dos pasaportes rojo granate (China o Taiwán casi seguro). Con un estilizado movimiento de cabeza, les indica a sus clientes, una exótica parejita, que caminen hacia la mesa con él. Ellos obedecen, aunque a distintas velocidades.

Más rápido, él: apocado, enjuto, servil calzonazos con camisa de leñador. Lentísima, ella: estridente, supuestamente moderna, gran diva de pueblo devenida en rolliza mujer de culo enorme aprisionado contra un pantalón elástico negro. A él sólo le falta que el abogado lo acaricie como a un perro y le diga Buen, chico. A ella habría que explicarle que con esos zapatones de plataforma, que con ese rímel varios metros por arriba del párpado más caído, que con esas mandíbulas que mueve como un elefante para demostrar que tiene un chicle dentro de la boca, en definitiva, que con tanto despliegue ornamental de hembra en celo va asustando a la gente. Será por eso que su marido se aleja y se sienta unos metros más allá, al otro lado de un biombo transparente.

—¡Señor, usted no puede estar ahí!
—Disculpe, ¿podría hablarle con más corrección a mi cliente?

Por supuesto. Un picapleitos bien pagado es la persona ideal para apaciguar a un funcionario embrutecido por la rutina y respaldado por la ley. No es lo mismo que pida un poco de educación un abogado con gruesa alianza de oro en el anular izquierdo y posible casita de verano en el Tigre que un timorato inmigrante al azar. Claro que no; siempre ha habido clases. Al del traje, el chupatintas del burócrata no tiene huevos de gritarle como le ha gritado al chino. De hecho, a fuerza de no chillarle al elegante picapleitos, el rostro y las orejas del funcionario bocazas se van poniendo del color del pasaporte oriental que sostiene en la mano... Como si estuviera convirtiéndose al comunismo. Como si en realidad fuera un camaleón con ganas de camuflarse de la educada furia de un abogado con elevados honorarios.

—¡54!, ¡54!, ¡54!

A pesar de las casi sesenta personas que hacen cola, el breve duelo entre el burócrata y el picapleitos ha dejado un incómodo silencio en la sala. Por eso, el único funcionario cuyo escritorio todavía estaba libre aplica la estrategia del calamar y sigue llamando a los gritos al siguiente: ¡54!, ¡54!

El 54 lo lleva una abogada tremenda, que causa conmoción; todo un cuerpo de elite —en el más amplio sentido de la palabra— de la abogacía femenina. Ella representa a un asiático con chaqueta de ante y cuyo pasaporte debe de estar oculto en alguno de esos bolsillos de tipo con dinero, que no masca chicle, que camina con unos Clarks como los del abogado que llevaba el 53, que no le sujeta el bolso a nadie, que se lo ve con cara de sentirse macho ganador siguiendo la sinuosa estela pectoral que abre su abogada a cada paso, que sonríe satisfecho cuando los burócratas levantan la cabeza como un equipo de natación sincronizada y abandonan las rutinarias comprobaciones de ¡número de pasaporte!, ¡número de expediente!, ¡justificaciones de pago! y se mueven como girasoles automáticos hasta que se convencen de que ella, la abogada del siguiente chino, es lo más patrio que ha parido el día: negrísimo cuero argentino de los tobillos al escote, peluquería reciente, tersas hechuras en los abdominales, cinturita hecha para el mordisco lujurioso y una espalda hermosa rematada por un culo dulce y maduro como toda ella. Sin duda, sus espléndidos cuarenta años son dos veces los mejores veinte que estos girasoles de la inmigración hayan visto desde que comenzara lo del Decreto. Sin duda, el chino, además de adinerado, es un hombre con suerte; sus papeles se resuelven sin gritos, con rapidez, cordialmente.


Continuará en el n. º 12

 

 

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