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Amas de casa desesperadas

 

 

 

Amas de casa desesperadas


Andrea del Río
andyrio74@hotmail.com

 

 

¡Correla, que va en chancletas! La arenga machota resonó en el callejón.

Carcajadas, palmadas en la espalda y gestos clonados de varón domador en el bar de don Aarón, ese antro descascarado hace añares que ofrece amparo al hato seco y decolorado de bebedores consagrados o en flor. Reos y mal encarados por mandato del entorno, son capaces de la rara proeza de envalentonarse con sorbos de Fernet añejado en vano, a falta de mejor brebaje con que entretener las horas de eterno resplandor del tren que ya pasó. Como orates, el manojo de vejetes de alma pero pendejos de mollera lanzan loas al varón que otra vez clama venganza por la remera mal planchada, el peceto recalentado y la mañosa patrona que no se entrega por dolor de cabeza.

Otras, como ella, están al fresco, en ese corredor de Boedo, espantando con la escoba los ecos fantasmales de aquella que no lograron ser. Revoleo de ojos entre las pebetas carentes de garbo, de testas repletas de entreveros caseros mal zanjados, hermanadas por las esperanzas quebradas tras años de plancha, malas notas de los vástagos y reclamos de retozos desbocados cada vez que al botarate del consorte el termómetro le entra en corto.

¡Mostrale que vos llevás los lompa! La proclama de los sementales de café ya sabe a perorata trasnochada, adornada penosamente por gargajos en oferta, trompadas fofas a la nada y rascadas sobaqueras.

Entretanto, las matronas no cesan de barrer las certezas que quedaron boyando en la mar del desengaño, mansos corderos consagrados en el altar de la morada que es celda, tragando en seco el placebo de la novela barata de la Castro, que padece pero, a la larga, arrolla a malvadas y malevos.

Pero ella no. Ella ya no más. Para emborracharse de coraje evoca la etapa en que era la hembra más deseada y sale a la palestra, pronta a reclamar el trono de dama acatada. Regresa al bar. El gesto sereno y el andar de gacela esconden la perfecta tormenta que la arrasa, la brasa helada que la quema. Ellos, los arengadores de mostrador, no son tan tontos. Ven los brazos en jarra, los ojos en llamas, la boca cerrada que pregona la felpeada oral que se acerca... y amagan con el desbande. Pero ella es sagaz. El plan prevé no ahorrarle a esa mesa de galanes la escena que hará gotear al más arrojado de los compadres. Y al toque clama: ¡Hernán: largá la botella o te revoleo flor de castañazo! Andá a casa que tenés que rallar el parmesano y amasar las tres docenas de tarteletas que se va a querer lastrar la nona el sábado. Y espero que estos payasos te hayan enseñado a preparar la bechamel, que me tenés empachada de tanto mazacote de salsa blanca...

En el fondo, no sorprende que acate. Todos saben que esta noche la recordarán por décadas. Basta de arrojo barato de género. Se acabaron los malabares hogareños de las herederas de la Eva manzanera.

Desde ahora, los flacos a fregar y las doñas, al bar.

¡Don Aarón, otra ronda de Fernet!

 

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