| Iguazú: algo más que
cataratas (2ª parte)

Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es

Enlace a la 1ª parte
HOSPITALIDAD ARGENTINA
—Lindo —dice ella.
La pareja de asiáticos sólo acierta a encogerse de hombros y a esbozar media sonrisa. Ninguno sabe qué responder a su improvisada guía cultural, una mujer entrada en carnes, sexagenariamente moderna gracias a su pelo violeta, a dos kilos de bisutería por antebrazo, una falda vaquera por encima de la rodilla y una camisa blanca desabotonada según la norma occidental, es decir, hasta dejar entrever el inicio de los pechos. Ying y Yang —o como dragones se llamen— miran a su interlocutora y tratan de salir del paso con un ceremonioso asentimiento de cabeza. Sin embargo, sus ojitos almendrados los traicionan... O quizá les delate la lentitud con que bajan la cabeza... O que el mentón no toca con firmeza la nuez. El caso es que la gorda —que así la llama el engominado de su marido— insiste:
—Lindo.
Y nadie sabe a qué o quien se refiere. Si a Ying con todos sus complementos estilo años sesenta en color salmón, desde los zapatos al sombrero, como si la Pantera Rosa se hubiera disfrazado de Brigitte Bardot. Si a Yang, que va vestido como si fuera un maniquí de Ralph Laurent para clase media pudiente, lleno de caballitos y jugadores de polo desde los calcetines a la camisa. ¿A cuál de los dos se refiere? ¿A qué prenda de ropa? La gorda, con sus zapatillas blancas Topper, sus varices como herida de guerra y su media melena con plancha, se da cuenta de que quizá la hayan malinterpretado y por eso lo intenta de nuevo:
—Lin-do.
Afable y hospitalaria, separa las sílabas, consciente de que al turista hay que tratarlo bien para que vuelva y de que no hay mejor lugar para intentarlo que sobre la cubierta de un catamarán que navega por el Paraná. Ying y Yang se miran discretamente a los ojos y se interrogan entre sí. Lo suyo es hacerse entender con la tarjeta de crédito o con la cámara digital Samsung extraplana que cuelga de la muñeca de Ying, no con alguna de las veinte palabras que Yang aprendió del apéndice H de su guía turística Vacaciones en la Argentina. Yang, como varón que es, asume la responsabilidad de enfrentar los ojos de la gorda y levantar los hombros hasta casi tocarse las orejas para mostrar la incomprensión, el choque cultural, la lucha de clases si se quiere. Pero la duda, ofende. Sin dudarlo, la gorda se levanta y dice:
—Vos no necesitás entender. Mirá, querido, yo te lo digo despacito y vos lo vas a entender seguro: ¡liiiiiin-dooo!
De pie como está, ella va y saca la mano derecha al mejor estilo de Fiebre del sábado noche y dibuja con el índice un semicírculo a la altura de su pecho y delimita la lindeza de cuanto la rodea. Bajo su dedo cae todo: el cruce del río Iguazú con el Paraná, la selva subtropical con todos sus árboles, la triple frontera —Argentina, Brasil y Paraguay—, el sol de media tarde en pleno invierno, las barcas de los guaraníes sobre el río, la manada de turistas sobre la cubierta del catamarán... Cuando termina de trazar el círculo mágico, dan ganas de aplaudirla. Ni John Travolta en Grease lo hubiera hecho mejor.
—¿Verdad que me entendés?
—Yes, yes. Grasiás, grasiás.
Por poco la frente del ceremonioso Yang hace gong contra sus rodillas. ¡Viva la revolución proletaria del idioma!
BILINGÜE ANTIGLOBALIZACIÓN
La excursión discurre sin novedad mientras el guía habla enciclopédicamente sobre el Paraná y sus orillas: que si los lapachos, que si el palo rosa, que si tres millones de arañas por metro cuadrado, que si este río tiene poco que envidiarle al Nilo o al Mississipi, que si la leyenda de Boi, Naipí y Tarobá, que si hace 120 millones de años un fallo tectónico originó las cataratas, que si etcétera. Es decir: una charla informativa, amena y con datos útiles para impresionar a los rivales cuando se juega al Trivial Pursuit.
Sin embargo, de repente, el enciclopedismo decae y la charla vira hacia la causa indígena. Al principio resulta inevitable sentir simpatía por unas ideas que, si bien son algo infantiles en su planteamiento, tienden a ser críticas con el hombre cocacolizado y macdonalizado. Además, por qué no, quizá un lugar común que se repite con insistencia se convierta algún día en un mantra y algo cambie en el mundo, quién sabe. Con todo, el andamiaje intelectual del guía queda al descubierto cuando se atreve a decir en voz alta: «No, no... Los guaraníes no quieren una 4x4, Internet o tele por cable».
Nada grave, salvo porque lo repite como si fuera el axioma central de la Ley de la Selva. Y porque lo traduce perfectamente al inglés y se regodea en semejante cima del pensamiento étnico contemporáneo... Sin darse cuenta de que los yankis y los asiáticos de la excursión levantan asombrados las cejas y parecen debatirse entre considerar a los guaraníes una secta subversiva o un enigma incomprensible. Por su parte, los europeos callan y se dan por satisfechos con este toque de progresismo barato con que apaciguar su mala conciencia. Asombrosamente, no se trata de una excursión de una ONG, sino de unas cincuenta personas que han pagado alrededor de setenta pesos cada una y de un guía que trabaja para una agencia de viajes que tiene de todo: furgonetas, barcos, músicos y hasta guaraníes para enseñar.
El despropósito aumenta cuando aborda el recalentamiento global del planeta. Por supuesto, los argumentos del guía —a quien ya se la había visto sus limitaciones — no están relacionados con la deforestación del norte argentino por parte de las madereras o de las compañías de la soja, no. ¿Para qué? Según este ángel guardián de la ecología y el indigenismo a sueldo, la proliferación de películas hollywoodienses centradas en desastres naturales explica que el cambio climático sea una realidad insoslayable. Por supuesto, remata su hallazgo en inglés: «All of them are based on scientific facts». Ni más ni menos: Hollywood vende ciencia.
Terminado su discurso contra el hombre blanco y su diabólica destructividad, envalentonado por sus sesudos razonamientos en voz alta, el guía dice sus últimas palabras de la excursión: anuncia que en unos momentos los guaraníes bailarán para los turistas en la orilla del río, que éstos subirán al barco y venderán artesanías. También explica que un par de guitarristas amenizarán el viaje de vuelta y que él ya ha terminado su trabajo, que gracias por venir y que ojalá lo hayan pasado tan bien como yo, etcétera. La gente aplaude.
LA DANZA DEL FUEGO
Cerca de la orilla, el barco apaga el motor. Entonces la intensa y oscura calma nocturna de la naturaleza abruma. En un lugar como la selva, el motor de un barco tranquiliza y el ruidoso silencio de la naturaleza da miedo. Así de extraños son los términos de la ecuación cuando se queda desprovisto de televisión por cable, 4x4 y uno se adentra uniformado con ropas de ciudad en la naturaleza. Aquí y ahora los ojos sirven de poco. Las teorías de que el hombre moderno camina hacia el atrofiamiento de los sentidos parecen tener fundamento.
El chapoteo del agua anuncia una presencia humana: un chico de mediana estatura toma la cuerda que pende del extremo del barco y la ata a un tronco grueso. Otro sube y baja con unas bolsas grandes. Apenas se distingue la figura de unas cuantas personas en la orilla. Al cabo de unos minutos varias antorchas arden gracias al combustible que aporta la agencia de viajes.
Las antorchas forman un octaedro algo deformado, que deja un círculo en el centro, donde también crepita una lumbre. Siete guaraníes corren uno detrás de otro. Los que abren y cierran la fila agitan rítmicamente unos sonajeros. Parece que tratan de emular a una serpiente cascabel y que ésta a veces se desplaza hacia delante y otras hacia atrás, que en unas ocasiones la cabeza y en otras los pies determinan el sentido en que se traza el círculo de la vida. A la izquierda, fuera del escenario sagrado, un coro de mujeres canta. Una de ellas sostiene a un niño pequeño en brazos. Los guaraníes rezan a Tupá Ñamandú, su gran divinidad, un dios tan influyente en su destino que merece que ellos bailen para agradecerle que han vivido un día más.
Pese a la buena voluntad de quienes danzan, la mirada del turista siempre encuentra anomalías que rompen el hechizo. Por ejemplo, ¿por qué un muchacho —el octavo guaraní— toca una guitarra clásica con una sola cuerda para generar la música del trance? ¿Por qué siendo fría y húmeda como es la noche del invierno misionero para un adulto, una madre indígena lleva a su hijo pequeño, de unos tres años, a un espectáculo que organiza una agencia de viajes? Éstos deben de ser cuestionamientos idiotas: las turistas señalan y comentan entre sí lo lindo que es el niño; los turistos se desviven por sacar del flash de la cámara lo mejor de sí y retratar al guitarrista a la vez que el fuego. Se ve que cada cual siente la llamada de la naturaleza como puede y que todos, a su manera, agradecen a Tupá Ñamandú estar allí, vivir un día más.
DE REGRESO AL PUERTO
Al tratarse de una frontera entre países, subir y bajar del barco estaba prohibido. A los guaraníes se los podía ver bailar del lado paraguayo; pero nada más. «Se trata de una cuestión legal. Ya saben aduanas, etc.», eso había dicho el guía antes. Sonó a importante la advertencia. Con todo, las leyes del hombre macdonalizado y cocacolizado no rigen para los guaraníes; así que éstos subieron y bajaron del barco cuantas veces les apeteció, sin que nadie les pidiese el pasaporte. Es más, después de bailarle a Tupá Ñamandú, subieron con bolsas llenas de artesanías para comerciar y el catamarán arrancó de regreso al puerto. En otras palabras: tampoco parecían preocupados por tener que declarar en la aduana.
¿Los collares y las pulseras? Muy dignos y con piedras algo más genuinas que las de un puesto jipi cualquiera. ¿Las tallas de madera? Jaguares, búhos, tucanes... Sobrias, elegantes y en diferentes tamaños. ¿Los precios? Dada la procedencia de la excursión, los guaraníes del Paraguay tuvieron la deferencia de cobrar en pesos argentinos a los turistas, y no en dólares o en euros. Eso debió de provocarles algún tipo de inestabilidad cambiaria, porque como si las aguas del Paraná fueran las del río del que hablaba Heráclito, los precios nunca eran dos veces los mismos. Y como en la Argentina siempre había inflación.
Un yacaré grande. Un coatí chiquitito. Un amuleto de la suerte. Una piedra para el amor. Los guaraníes venden a buen ritmo. Mientras tanto el catamarán avanza, el guía descansa, un par de guitarristas tocan folclore salteño y venden su último disco, los turistas bailan, graban en video, se hacen fotos, palmean en la espalda a sus hijos pequeños para que expulsen los gases, pasan por el bar y pagan por un refresco el doble del precio en un boliche cualquiera... Y el catamarán avanza y avanza en mitad de la noche y el servicio de aduanas o el de inmigración siguen sin aparecer. Por supuesto, los guaraníes no se bajan del barco para regresar remando a la orilla donde hace una hora bailaban. No.
Los muchachos parecen ir derechitos a la civilización del 4x4, la conexión a banda ancha y la televisión por cable. Nadie hace nada por remediarlo. Ni siquiera el guía, un hombre comprometido con la causa indígena y con la naturaleza. Ellos tampoco protestan. En contra del refrán, quizá haya que pensar bien para acertar. Puede que duerman al raso cerca del puerto, que compren comida en la ciudad y regresen con la primera excursión de la mañana. Uno puede desconfiar de la bondad de un guía o de una agencia, pero al menos debe darle una oportunidad a la inocencia de unos cuantos adolescentes de baja estatura y de fibroso torso achocolatado, que llevan bermudas occidentales pero que viajan descalzos, que hablan castellano como pueden, que tienen una sonrisa tímida y conmovedora y los ojos honestos. Es una lástima que los pobres caigan siempre en mano de los curas, de las agencias de viaje, de los especuladores de terrenos y de las enfermedades de transmisión sexual. Una pena. En cualquier caso, mejor pensar que ellos son inocentes en este circo étnico donde lo único gratis es mear en el cuarto de baño.
continuará en el n.º 12
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