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El monstruo que cuida de mí
Óscar Soler P.
oscar_teina@yahoo.es

El héroe típicamente cristiano arrastra —junto a sus pecados— un pasado terrible del cual ha sido víctima o responsable. Dicho héroe carga su cruz —su pena o su penitencia— hacia una futura redención. Del mismo modo, el personaje principal de Savior (1998), dirigida por Predrag Antonijevic, tiene un destino vital y unas cualidades similares. De hecho, el título de la película se traduce sin mucho esfuerzo por «salvador», todo un alarde de originalidad que hace referencia a su protagonista.
En Savior, Dennis Quaid interpreta a Guy, un miembro de la CIA que pierde a su familia en Francia por un atentado terrorista —o islamista, como gusta decir a los medios de comunicación—.Tras lo ocurrido, Guy lleva a cabo una matanza en la mezquita donde se encuentran los —presuntos— asesinos. Sin embargo, la venganza no sirve de mucho para un protagonista inconsolable y así pone fin a su libertad alistándose en la legión extranjera.
El cuerpo de la legión es un buen lugar para escapar de la justicia, pero también lo es para luchar sin causa ni razón. En 1992 el protagonista apoya al ejército serbio en la guerra de Bosnia. Allí, el hombre destrozado por la pérdida de su mujer e hijo se convierte en un monstruo sin piedad capaz de abatir a niños, ancianos, o quien sea que se cruce con la mirilla de su rifle de francotirador. El personaje participa en intercambios de prisioneros, saqueos y vigila en puestos de control junto a Peter (Stellan Skarsgård), un ex compañero de la CIA.
El empacho ante tanta crueldad se produce tras un intercambio de prisioneros. Guy y un compañero serbio llevan a casa a una mujer embarazada, pero durante el trayecto discuten y paran el coche en un túnel de montaña. En aquel lugar, el soldado serbio arremete contra la mujer y le patea el vientre sin piedad hasta provocarle el parto. En el último momento, Guy, que observa desde el coche lo acontecido, no puede más: su conciencia le dice «basta» y le obliga a disparar contra el soldado hasta matarle.
Tras el incidente, el protagonista acompaña a la mujer y su recién nacida a casa de sus padres. Por desgracia, el hogar no resulta muy acogedor: el padre de la mujer la despacha sin miramientos por mantener con vida a un bebé fruto de sus enemigos (musulmanes). Para colmo de males el padre del soldado muerto va tras el rastro del asesino para vengarse. Así, entre unos y otros obligan a los protagonistas a huir hacia la base más cercana de la Cruz Roja. En su camino atraviesan frescas praderas, lagunas y pueblos encantados; una tierra hermosa pero mancillada por la intolerancia de sus habitantes.
La región de los Balcanes sitúa una trama cargada de nihilismo. La «limpieza étnica» entre musulmanes, croatas y serbios —y también entre bosnios croatas y bosnios musulmanes— no impide que la humanidad reaparezca entre pólvora y casquillos usados, y que el clímax final desemboque en un estallido de sensibilidad ausente durante toda la película.
Dicha humanidad se canaliza a través del protagonista, del «despertar» de su sentido ético. Guy deja de ser víctima para convertirse en asesino, y con la aparición del bebé se transforma en protector. Su evolución queda determinada por el miedo a cometer un nuevo «error» (como la muerte de su familia) y sufrir el peso de la culpabilidad (cristiana). Además, la responsabilidad de mantener con vida a una criatura indefensa ante el hambre, el frío y la guerra consolida su actitud a costa de su propia vida.
En definitiva, Savior merece el apelativo de antibelicista. La película denuncia de manera fulminante la actitud caníbal de una sociedad intolerante (e ignorante): sus ciudadanos pierden con facilidad el sentido de la convivencia bajo directrices —militares y políticas— basadas en unos patrones culturales acartonados.
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