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La solidaridad jacobina
de Lars Von Trier
Fernando Pellitero
fernando_pellitero@yahoo.es 
Cuando uno es un adolescente idealista, perplejo ante el despliegue de miserias y horrores que aparecen de repente tras la feliz edad de la inocencia, es habitual pasar por una etapa jacobina. En esos momentos lo que te pide el cuerpo es pasar a cuchillo a todos aquellos que crean o contribuyen a tanta maldad: políticos, militares, papas, tiranos de cualquier pelaje sirven de desahogo.
La frustración y la rabia adolescentes han producido en el siglo pasado algunos de sus más refrescantes movimientos artísticos… Todos han terminado indefectiblemente engullidos por el sistema, los medios, la moda, la vida. Para la mayoría, sin embargo, las ganas de cambiar el mundo se transforman —o ni eso— en el intento de que el mundo no le cambie a uno, no demasiado. Antes estaban todas las respuestas, todas las soluciones; ahora hay que conformarse con votar a la centroizquierda, apadrinar un niño, colaborar con una ONG y aún indignarse un poco leyendo el diario. Otros además hacen cine.
El cine, como la literatura, como cualquier arte, es un excelente medio para seguir soñando con mundos mejores que éste, al menos con mundos nuestros. Sobre todo si eres el creador. Lars von Trier ejerce en Dogville de Dios bíblico (dios jacobino donde los haya) a través de un ángel llamado Grace/Nicole Kidman (qué mejor cara para un ángel). El director danés, habitual creador de mundos a su medida, sitúa al espectador en un pueblecito americano devastado por la Depresión, habitado por gente encantadora, sencilla, cordial, solidaria… hasta que llega el extraño, el de fuera.
Grace representa el ancestral miedo a lo desconocido, encarnado además en una de sus peores formas, la buscona, la ramera, la señorita sofisticada que viene a darnos lecciones, a pervertir a nuestros hijos y robarnos nuestros maridos, la que se lo tenía merecido por ir provocando, Eva, el pecado. La que va a destruir «nuestro modo de vida» (porque todos en el fondo sabemos que el suyo es mejor).
Por supuesto, Grace no es así. Ni es una buscona ni provoca a nadie; todo lo contrario. El miedo es más intenso cuando es irreal, cuando es la imaginación y no los sentidos la que lo promueve. La amenaza siempre es más aterradora si no existe. Grace no es así, pero es un ángel. Un ángel exterminador, claro, y finalmente hace lo que todos estábamos deseando que alguien hiciera, lo que todos quisimos o aún queremos a veces cuando nuestro latente espíritu jacobino nos calienta la sangre ante la miseria moral y la mediocridad del mezquino que siempre se impone.
Es fácil identificar a Dogville con cualquier pueblo del interior norteamericano, lleno de fervientes cristianos que abominan de Darwin y votan en masa a Bush, pero no hay que quedarse ahí; dogvilles hay por todos lados: en Kentucky, en Almería, en El Cairo o en Pilar. Dogvilles hay dentro de uno. Sin embargo, para quienes pensamos que Sodoma y Gomorra debían de ser unos sitios muy divertidos, se agradece que Von Trier haya elegido un lugar así. Al fin y al cabo, la peor maldad es la simpleza moral disfrazada de bondad.
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