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Sequía cultural a la vera
de ese torrente llamado
Recursos tecnológicos
Jesús Zomeño
diariosdehelena@msn.com

Resulta extraño ver cómo el más subversivo del barrio, pese sus combativos 18 años, acude al Centro Social más cercano para que le compren unos botes de spray, para conseguir una semana de gloria con las cuatro paredes de la enmohecida sala de exposiciones municipal o para que la Diputación Provincial le publique un alegato contra el capitalismo y la cultura estancada en su municipio. También resulta curioso que, después, ese espíritu revolucionario y subversivo termine resentido con el Sistema —contra el cual parecía despotricar— porque pensó que la cultura endogámica y politizada de su ayuntamiento podría haberse redimido subvencionándole a él.
Algunos de estos subversivos acceden y manejan las subvenciones y medios públicos con una facilidad asombrosa. De hecho, como si jugaran a los malabares, son capaces de hacer girar sobre palillos diez platos a la vez. Así, tan pronto logran que les financien una exposición en el Ayuntamiento como que la Comunidad Autónoma les publique un libro. O por la mañana consiguen una beca del Ministerio y por la tarde la Administración les compra 2 cuadros para unas oficinas públicas. Y si algo de eso falla o las ganancias no alcanzan la cifra esperada siempre hay un concejal en el pueblo de al lado que les contrata para dar unas conferencias.
Esta clase de subversivo cultural practica lo que podríamos llamar Cultura de Pasillo, es decir, aquella que se basa en la subvención pública como único recurso. Para este intelectual creativo (y malabarista), la subvención es un «derecho» y ejercerlo simplemente demuestra la habilidad jurídica de cada cual.
Bien pensado, la Administración se asemeja a una máquina tragaperras. La ranura para echar las monedas y probar suerte está en el pasillo que lleva al despacho del concejal de cultura, que es quien concede las ayudas públicas, pero que también, en general, se trata del político peor situado en su partido. O lo que es lo mismo: quien, perdida la concejalía de Urbanismo y la de Obras Públicas, sólo pudo conseguir la de Cultura, que precede en el abismo político a la de Aguas y a la de Trafico. Y esto en el pueblo; ni qué decir de los largos y muy frecuentados pasillos de la Diputación o del Ministerio de turno.
Y aclaro: digo Cultura de Pasillo en vez de Cultura de Despacho porque es el creativo quien recorre lo pasillos en busca de la subvención —ésta nunca suele acudir al creativo—, es él quien pide citas, espera, acepta de buen grado cuando le suspenden la entrevista y, sobre todo, quien acude a la inauguración de todas las exposiciones públicas, a fin de compartir bandeja de canapés y sonrisa con los políticos. Y es que «Hay que ir dejándose ver», piensan todos.
(Hago aquí un inciso para contar una anécdota. Un compañero de trabajo decidió dedicarse a la política con el partido de la oposición, que en mi ciudad nunca ha gobernado. Como concejal no gobernante, su partido le asignó que asistiera a los actos culturales, es decir, a las inauguraciones. Cuando me ve por allí se abre paso entre la multitud de intelectuales y de camareros con bandejas, se acerca hasta mí y me dice siempre: «Me alegra verte. Nadie habla conmigo, para que no le vean». Supongo que si su partido sube alguna vez al poder, él dejará de buscarme y yo seguiré sin moverme —espero— de la mesa de canapés, acompañado por mis 2 hijas. Y ya que estamos: acudo a las inauguraciones los viernes porque el museo es contiguo a mi casa y a mis hijas pequeñas les encantan esos «bocadillitos pequeños con rodaja de tomate en todo». Las pongo a ellas, Helena y Alicia, por testigos.)
EL GENIO DEL INTELECTUAL ACODADO EN LA BARRA DEL BAR
Sin embargo, existen más culturas y más intelectuales. Junto a los cultores de pasillos están otros creativos, siempre llenos de ideas geniales tras una supuesta noche en vela o una cena con fulanito y menganito. Con ellos, basta que abras la puerta del bar para que te llamen desde la barra, café con leche o cerveza en mano, y que te cuenten cuáles son sus proyectos más inmediatos, todos ellos luminosos a su entender —aunque a ti te parezca que sólo algunos son pasables—. Además, si les faltó darte un detalle, después telefonean a tu casa y completan por esa vía la idea genial. Obviamente, una semana más tarde, mientras compras el pan, descubres que sí, que las señoras que esperan delante de ti hablan sin parar de ese luminoso proyecto... y que éste es público y ha asombrado a todo el personal de intelectuales creativos y también al de intelectuales pasivos. No faltaba más.
Sin embargo, ahí no termina la cosa. Después, porque la Cultura de Barra es un laberinto confuso de voces como el de una granja cuando amanece, otro conocido te cuenta otra idea —no menos luminosa que la anterior—, presume de un proyecto y hasta intenta embarcarte en un tercero... Entonces te bajas anticipadamente de su autobús, porque tanta grandilocuencia te apabulla y temes que tu enciclopedia de varios tomos se haya quedado anticuada al no incluirle a él, alguien con tantos proyectos y tan importantes. Acto seguido, evidentemente, te consideras un marginal porque tus emprendimientos culturales son tonterías al lado de los de ese otro. Por si fuera poco, cuando llegas a casa tu mujer te pide que bajes a por un bote de tomate para los macarrones. Encima, eso.
Por supuesto, tanta tristeza reclama a gritos un vaso de cerveza, con cierta dosis de resentimiento porque también hubiera podido bajar ella a por el bote de tomate. Y, por si uno necesitaba envenenarse un poco más, con el bote de tomate en la mano, abre la puerta del bar... Y allí está él, el otro intelectual, el que se acoda en la barra, y te llama desde el fondo para contarte su nuevo inmediato proyecto. «Oye, pero tú no tenías otro el mes pasado», le preguntas. Entonces él te mira con ojos vidriosos, embriagado de vanidad, como si la interrupción le obligara ahora a empezar de nuevo el relato de sus proyectos. Y es que la grandilocuencia ensayada no admite improvisaciones.
AGITACIÓN EN SESIÓN CONTINUA
Frente a dichas culturas, la de barra y la de pasillo, yo confío en la creación inmediata y en la acción continua. El caudal de medios tecnológicos actuales ha supuesto el abaratamiento de los medios de reproducción clásicos —imprentas y demás— y, de otro lado, ha puesto sobre el mantel múltiples alternativas económicas y de gran calidad.
La combinación del ordenador con la calidad de las fotocopiadoras, permite editar fanzines inmediatos, incluso libros, revistas o carpetas de ilustraciones. Las impresoras, ésas que cuestan lo mismo nuevas que la pieza más pequeña que sustituir, permiten incluso ediciones en color. Además, el diseño resulta sencillo con cualquier programa y la reproducción, impecable, tanto con impresora como con fotocopiadora. De hecho, un colectivo de creadores puede reunirse a las 5 de la tarde y marcharse a tomar una cerveza a las 8 —cuidado con que el intelectual de barra os dé la paliza—, con la revista preparada.
La magia y el olor hechizante de la tinta se perdió hace mucho tiempo con el invento del off-set. El operario de la imprenta ya no junta las letras una a una, con lupa y guardapolvo gris. Cuando pasas la yema de los dedos por las hojas de los libros, notas que ya no dejan relieve las letras. Por si fuera poco para los puristas, después del off-set, resulta que las imprentas imprimen las tiradas cortas con la impresora de su ordenador (¡horror!) y que es un secreto a voces que hay una maquina de impresión que almacena en su memoria los datos e imprime los libros a la carta: «Hazme dos de éste para el lunes y diez del otro, y siete que me han pedido de Zamora de esos dos». Hay editoriales que comienzan a trabajar así: no hay tirada completa, sino datos almacenados y se imprimen sobre la marcha según pedidos (¡horror, horror!).
El avance de la tecnología ha provocado que la imprenta baje de su hornacina en la fachada de las catedrales de la cultura y que la impresión se haya mezclado con el público, sin diferencia alguna. Sí, queridos creyentes, un libro es un libro, sirve para abrirlo por la primera página y seguir leyendo si nos gusta, después se guarda y ya está. Y es que la magia del libro está en su contenido (si la tiene, claro). Es decir: ni la imprenta es ya una sacerdotisa que sacraliza las obras, ni el ordenador o la fotocopiadora envilecen los textos o las imágenes.
Por supuesto, existen otras alternativas culturales, como son los recitales, las performances, los poemas en camisetas, las exposiciones en bares, los gritos en la calle, las paellas con tertulia de sobremesa, los bocadillos a medianoche con los amigos, los cine-fórum en casa viendo cintas de vídeo.... La cultura está viva porque no es cosa distinta de la propia vida.
De hecho, el caudal de posibilidades es inmenso. Tanto, que no he completado todas las ideas. El resto os lo puedo contar si me veis en una inauguración municipal comiendo canapés gratis con mis hijas. En esas inauguraciones, el compañero de trabajo metido a político de la oposición, con su compañía me protege de los idiotas, que no se acercan para no ser vistos con él. Además, mis hijas lo adoran porque ellas son pequeñas y los intelectuales de pasillo en tumulto se empujan y apuñalan mucho, pero él vacía el entorno y deja completas las bandejas frente a nosotros.
PD: La imprenta con la que trabajo imprime con el ordenador las tiradas inferiores a cien ejemplares.
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