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Entrevista a Marcelo di Marco
«Un buen taller literario
puede enseñarte a leer…»


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Entrevista a Marcelo di Marco

«Un buen taller literario
puede enseñarte a leer…»


María Taltavull
mtaltavull@ciudad.com.ar


 

Marcelo di Marco (Buenos Aires, 1957) se siente cómodo en su taller de escritura: un ambiente amplio, repleto de estantes y de libros. Un tema lo lleva a otro y nunca se agota la charla cuando se trata de literatura o de cine. Cualquier excusa es buena para tomar un libro de la biblioteca y empezar a leer. Porque Marcelo tiene esa pasión por la literatura que contagia e invita a querer explorar más allá de la primera página. No hay autor que uno pueda nombrar que no salte desde algún estante, casi por arte de magia.

Y ése es su mundo. Desde hace veinte años publica libros de poesía, narrativa y ensayo, como así también artículos y críticas sobre literatura y cine. Con orgullo, cuenta que desde 1979 está dedicado a la coordinación de grupos de escritura; sintetizó esa experiencia en cuatro títulos de Editorial Sudamericana: Taller de corte & corrección. Guía para la creación literaria (1997), Hacer el verso. Apuntes, ejemplos y prácticas para escribir poesía (1999), Atreverse a escribir (2002) y Atreverse a corregir (2002) —los dos últimos en coautoría con la profesora Nomi Pendzik. 

Su obra empezó a ser divulgada a partir de la publicación del libro de cuentos El fantasma del Reich (Sudamericana, 1995), ganador del concurso 1994 de la Fundación Antorchas. Fue secretario de redacción de la revista de cine La Cosa y coordinó talleres de literatura fantástica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Asimismo dirigió el taller literario de la Universidad de Belgrano durante varios años. En 2004 fundó con Diego Ruiz, titular de elaleph.com, el diario informativo cultural Fin. Actualmente coordina el TC&C (Taller de corte & corrección) junto a Nomi Pendzik y lidera La Abadía de Carfax, círculo de escritores de horror y fantasía. 

¿Cuál es el objetivo de un taller de escritura?
Puntualmente, procurar que los escritores le entreguen al lector lo mejor que puedan entregarle, expresándose por escrito con mayor justeza y precisión que cuando entraron al taller. Por supuesto, trabajar en el estilo con rigor y pensando que uno está comunicándose con el otro, por lo general te lleva a pensar mejor. Te lleva a ser un poco más independiente del Pensamiento Único que intenta unificarnos por medio de eso que se llama cultura, a falta de peor nombre.  

¿Qué se puede aprender en un taller literario y qué no?
Un buen taller literario puede enseñarte a leer… a leer de un modo asimilativo, digamos. Puede mostrarte trucos para ayudarte a construir y dirigir la espontaneidad. Puede darte pautas para pulir lo escrito. En suma, un buen taller puede enseñarte a preparar tus buenos bizcochos. Pero nada puede hacer un buen taller si no le llevás un poco de buena harina. En esto corre la ley del talento: lo que Natura non da, el taller no presta. Si no está en el novel el entusiasmo por crear belleza y sentido, si viene al taller con ganas de que le pongas en las manos recetas o varitas mágicas, mejor que no haga el intento: ya hay demasiada fealdad en el mundo como para agregarle literatura. 

¿Cuáles son las etapas en el proceso de escritura?
Lectura de lo ajeno, en primerísimo lugar. Y de lo ajeno valioso, por supuesto: el buen escritor no se deja llevar de la nariz por las modas, busca lo clásico antes que lo novedoso. Después viene el intento de sacar afuera lo que necesite expresar, dejándose llevar por las ideas y las imágenes, por lo que le dicten sus personajes. Buscarse sin censura y sin presiones: sólo el escritor frente a su texto libre y espontáneo. Luego viene el momento de atacar ese bloque de mármol. Y ahí uno pone en juego estrategias diversas que le permitan decir con exactitud lo que tenga que decir. En esa etapa quirúrgica, uno empieza a modificar lo creado: primero simplifica, luego simplifica lo simplificado, y luego simplifica un poco más aún. Y cuando ya está todo simplificado, simplifica un poco más. Y a veces agrega, invierte, reemplaza y —¿por qué no?— desplaza. Después viene la simplificación de lo que ha quedado. Más tarde, el escritor se enfrenta con ese precipitado, y entonces… pues bien, sigue simplificando. Por último pule, limpia y da esplendor. Da lo mejor de sí, en definitiva, siempre dejándose llevar por el contexto, que es el único que pone las reglas. Por eso estoy de acuerdo con Abelardo Castillo cuando habla de una «ética de la corrección»: dejar las cosas «según me salieron» es una falta de ética. Uno es libre, desde luego. Pero libertad sin responsabilidad es pura anarquía. Jamás se debe olvidar que la literatura, como todo arte, es ante todo un acto de comunicación. Entiendo que esto es obvio, pero lo menciono porque muchos artistas parecen olvidarlo. 

¿Por dónde se empieza a corregir?
Se empieza a corregir por la estructura: primero los cimientos, luego las paredes y el techo. Ya habrá tiempo de ver el color de la pintura y la tela de las cortinas. Pero lo primero es lo primero: levantar una casa habitable. 

¿Es mejor corregir mientras se escribe o terminar para comenzar después la etapa de corrección?
Depende de cada escritor. Para los noveles es mejor lanzar, lanzar y lanzar, y después atacar aquello que se ha lanzado. Pero con los escritores que ya tienen cierta andadura no sucede lo mismo. En la mayoría de las numerosas entrevistas que para mis libros sobre escritura les hice a autores conocidos, se ve bien claro que estos narradores, poetas y ensayistas inventan y corrigen prácticamente al mismo tiempo. Una especie de amalgama, digamos. En mi experiencia personal se dio así. Ahora invento y releo y repaso y sigo inventando y releyendo y repasando. Todo para lograr verosimilitud y fluidez. Al principio no era así: a la hora de ir conociéndose como escritor, uno no puede estar trabajando con la cabeza de un cirujano. Imposible. Es preferible soltarse. 

En el proceso de corrección, ¿es indispensable la visión de un lector?
Sí. Todos nos leemos entre nosotros. Pasa en muchas profesiones, y ésta no queda al margen. 

¿Cuál es el lector ideal?
El que ama la literatura, a despecho de los claustros y los gabinetes y los ministerios y los periódicos culturales. El que se pasa de la parada del colectivo con un libro en la mano. El que se deja atrapar. El que prefiere regalar un libro en lugar de un desodorante. Lector Ideal, a ti te busco… 

¿Cuál es la función de la crítica? ¿Cómo hace el escritor para capitalizarla?
Parafraseando a Eliot, el mejor crítico es aquel que nos hace amar el poema. La clave está allí, no hay mejor modo de aprovechamiento. ¿Qué puede salir de mentes que piensan que «todo es literatura» o que «la literatura no interesa»? Lo que sale: una incomprensible cháchara de pedantes. Ahora parece que la última moda es confundir literatura con sociología, por favor… Un buen crítico es el que sabe que no sabe más que el autor del libro que está criticando. Pero para eso se necesita humildad, y hoy encontrar un crítico humilde es más difícil que encontrar un político honesto. Como guía para la juventud, citaré una delantera de cinco auténticos críticos que nuestro país supo tener: Enrique Anderson Imbert, Raúl Castagnino, Mario Lancelotti, María Rosa Lida y Jaime Rest. Gente hoy olvidada, despreciados por antiguos. Pero leerlos es sorprenderse, descubrir cuánto puede  ayudar un crítico metódico y con formación clásica a los autores que quieren hacer las cosas bien. Empezar a hojearlos es asomarse al pensamiento libre y exacto.  

¿Cómo se reconoce que un relato es bueno?
Cuando el lector, sin darse cuenta, empieza a pensar en los personajes de ese relato como en gente viva. Si un cuento no tiene dentro de las tripas un conflicto lo suficientemente vigoroso como para cambiar las vidas de sus protagonistas, no avanzará jamás. Será puro ramaje, sin raíces. Pero, para evaluar la eficacia de un cuento, mejor acordate de lo que te dije recién sobre el lector ideal. Subite a un colectivo con Poe o Quiroga o Highsmith… y después me contás qué pasa.


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