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Delirio colombiano


María Taltavull

mtaltavull@ciudad.com.ar

 

Un mundo interno y externo de incoherencias. Eso es delirio. Desde la primera escena, Laura Restrepo (Bogotá, 1950) plantea el conflicto que arrastra al lector a descubrir qué le pasó a Agustina. Aguilar, el marido, vuelve de un corto viaje y encuentra a su esposa sumergida en el delirio; esta situación lo lleva a darse cuenta que la mujer que ama es una desconocida y que tiene un pasado familiar y social que ha alterado su cordura. A partir de allí la narración avanza en círculos: se entrecruzan en el tiempo las voces de distintos personajes, mostrando las incongruencias de la propia Colombia. 

Con  tono irónico, pero con un análisis un tanto simple o ingenuo, Restrepo presenta una sociedad donde la hipocresía y la mentira son las formas que predominan. Aguilar es el superhéroe enamorado y cuerdo con la misión de rescatar a su mujer del abismo y desenmarañar la historia de una familia de la clase alta bogotana, a la que ella pertenece. Las farsas y las apariencias, apiladas por generaciones, empiezan a desmoronarse una tras otra ante los ojos del lector. El trasfondo familiar ayuda a entender la estrecha relación de la sociedad con el narcotráfico: el recurso natural por excelencia en Colombia. Con estos elementos, aflora todo un circo fabricado para disimular los vínculos evidentes entre Pablo Escobar y sus súbditos, la clase alta colombiana. 

Así, la narración se va entrelazando entre lo general y lo particular a través de una trama, por momentos, confusa; y al mismo tiempo, cautivante. Delirio (Premio Alfaguara de novela 2004) explora, en 342 páginas, límites literarios no siempre seguros. Queda en evidencia un esfuerzo por llevar la narrativa a lugares exóticos: con interminables cambios de primera a tercera persona, con voces de distintos personajes que se mezclan en el presente y en el pasado; desafiando al lector a una concentración extrema o a seguir adelante con la esperanza de que en algún momento se aclaren las ideas.  

En resumen: una historia interesante, pero en la que cuesta avanzar. La parte más sólida está en Agustina y Aguilar, dos personajes «que gustan». Ella, una de esas mujeres de las que, a pesar de todo, cualquiera podría enamorarse perdidamente; él, un típico romántico hasta el fin de los tiempos. Los demás ingredientes: la pérdida de valores, los engaños, la sumisión de los terratenientes al narcotráfico y los códigos de una clase hundida en la corrupción, marcan el contexto necesario para que la novela sea rescatable. Muchos otros personajes —la tía buena, el padre estricto, la madre hipócrita, el hermano sometido, etc.— se van entrecruzando para armar y desarmar las vueltas narrativas.

A pesar de las confusiones, el clima es cálido, el lenguaje, sólido y el argumento, con mucha emoción; aunque por momentos no deja de ser una historia demasiado para mujeres, al mejor estilo Ángeles Mastreta o Isabel Allende. Con lo cual, el Premio Alfaguara ya tiene claramente asegurado un público. Como detalles que hacen ruido, en ocasiones Aguilar desarrolla líneas de pensamiento que no son típicamente masculinas: frente a una señorita  exuberante por la que se siente sumamente atraído, no atina más que a preguntarse si se habrá pintado las uñas ella misma o se las habrán esculpido en la peluquería. Es decir: la novela transcurre con este tipo de interferencias. 

A pesar de ello, sí es una historia para entretenerse; sí para conocer la elite bogotana desde adentro; sí para escuchar la historia bien contada de una familia que se resiste a ver la realidad e institucionaliza el vivir de las apariencias. Y en este marco, Restrepo dibuja por detrás un paisaje social desalentador, donde la economía de todo un país depende del gran negocio de la droga y el narcotráfico.

 

 

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