Fragmento extraído de Los siete pilares de la sabiduría

Nota previa 

El puerto de Akaba, bajo control turco, era un sitio estratégico y con muy buenas defensas naturales. Capturarlo era un paso clave para tener alguna posibilidad de éxito en la arremetida final contra Damasco, y sólo era posible hacerlo por tierra y sorpresivamente. Feisal se había quedado en Weyh y el liderazgo de la expedición recayó en Lawrence, al que se unieron las dispersas fuerzas beduinas del desierto oriental, al mando de Auda abu Tayi. Estos párrafos condensan no sólo una instancia fundamental de la aventura bélica del autor y una jugosísima anécdota, sino también su quebranto en un entorno hostil, su familiaridad con los árabes, su extraordinario arrojo, sus dotes poéticas y su inefable humor inglés.

*

Poco después del mediodía sufrí una insolación, o así lo fingí, ya que estaba mortalmente cansado, y ya no me importaba nada de lo que estaba ocurriendo. Me arrastré hasta un agujero donde había un chorrito de agua barrosa que iba a dar a una arcillosa charca de las colinas, para sorber un poco de humedad de entre su suciedad, a través del filtro de mi manga. Nasir vino a juntárseme, gesticulando como un animal cercado, con los labios cortados y sangrantes dados de sí por la fatiga; también el viejo Auda hizo su aparición, dando poderosas zancadas, con los ojos inyectados en sangre y fijos, y su nudosa cara cargada de excitación. 

Sonrió con malicia cuando nos vio allí tumbados, alejados de la lucha para hallar un poco de frescor, y me gruñó con reproche: «¡Y bien! ¿Cómo van las cosas con la tribu de los howeitat? ¿Mucha charla y poco esfuerzo?» «Por dios que sí», le respondí airado, porque me hallaba enojado con todo el mundo y conmigo mismo el primero, «disparan mucho y aciertan poco». Auda, casi pálido de rabia, y temblando, se arrancó su pañuelo y lo arrojó al suelo cerca de mí. Luego, echó a correr colina arriba como un loco, gritándoles a los hombres con su tremenda y desgarrada voz. 

Se reunieron todos en torno suyo, y al poco tiempo se dispersaban colina abajo. Temí que las cosas pudieran ir mal y me abrí paso hasta donde se hallaba en pie solo, sobre la colina, mirando fijamente al enemigo; pero todo lo que me dijo fue: «Agarra tu camello si quieres ver el trabajo del viejo». Nasir llamó a su camello y ambos montamos. 

Los árabes de Auda pasaron delante de nosotros y se dirigieron a un lugar más bajo, rematado por una cresta de poca altura. Y sabíamos que la colina situada al otro lado tenía una ladera poco empinada que iba a dar al valle, un poco por debajo del manantial. Los cuatrocientos hombres  a camello se hallaban estrechamente arracimados, fuera de la vista del enemigo. Cabalgamos hasta su cabeza, y preguntamos al jefe qué ocurría y adónde habían ido los hombres de a caballo. 

Señaló una loma del valle situado por encima de nosotros, y dijo: «Allí, con Auda». Y mientras hablaba, gritos y tiros empezaron a oírse en súbita torrentera desde el otro lado de la cresta. Espoleamos furiosamente nuestros camellos hasta el borde, para ver a nuestros cincuenta jinetes descendiendo la última colina hasta el valle principal como una avalancha, a todo galope, disparando desde sus monturas. Mientras mirábamos, dos o tres de ellos cayeron al suelo, pero el resto avanzaba atronadoramente a maravillosa velocidad, y la infantería turca, amontonada bajo el acantilado dispuesta a cortar su desesperada avalancha, con las primeras luces del ocaso empezó a tambalearse, hasta salir finalmente en estampida, sumando su huida a la carga de Auda. 

Nasir me chilló: «Vamos», con su boca ensangrentada; y ambos echamos a correr enloquecidamente nuestros camellos sobre la colina, y luego ladera abajo hacia la cabeza de la desbandada enemiga. La pendiente no era demasiado escalonada para el galope de un camello, pero sí lo suficiente como para hacer su paso terrorífico, y su carrera incontrolable, a pesar de lo cual los árabes eran capaces de moverse a izquierda y derecha para disparar sobre la masa turca. Los turcos estaban demasiado atenazados por el terror de la furiosa carga de Auda sobre su retaguardia para darse cuenta de que veníamos sobre ellos desde la ladera este, así que también nosotros los tomamos de sorpresa por el flanco; y una carga de camellos desatados a casi treinta millas por hora es algo irresistible. 

Mi camella, la corredora sherari Naama, se lanzó hacia delante, y echó a correr colina abajo con tal fuerza que pronto dejamos atrás a todos los otros. Los turcos dispararon unos pocos tiros, pero principalmente se dedicaban a chillar y a correr sin mirar atrás. Las balas que nos disparaban no hacían mucho daño, ya que costaba mucho convertir en un montón sin vida a un camello a la carga. 

Me había entremezclado entre los primeros de ellos, y me hallaba disparando, con pistola por supuesto, ya que sólo un experto podría emplear un rifle desde tan encabritadas bestias, cuando de repente mi camella tropezó y cayó redonda sobre su morro, como fulminada por un rayo. Yo salí despedido de la silla, volé por los aires un buen trecho y aterricé con un choque que pareció quitarme toda la fuerza y todo el sentido. Allí me quedé tumbado, esperando pasivamente que los turcos vinieran a matarme, sin dejar de recitar los versos de un semiolvidado poema, cuyo ritmo habían traído acaso a mi memoria las largas zancadas del camello, mientras saltábamos colina abajo: 

Pues siendo libre de elegir todas tus flores, Señor,
elegí las tristes rosas del mundo.
Por eso mis pies se hallan desgarrados, y mis ojos
cegados de sudor. 

Mientras otra parte de mi mente imaginaba la sanguinolenta masa que sería cuando toda aquella catarata de hombres y animales hubieran pasado sobre mí. 

Después de un largo rato, concluí de recitar mi poema, y ningún turco se acercó, ni pasó camello alguno sobre mí; parecían haberme quitado un tapón de los oídos: oía un gran ruido ante mí. Me enderecé y contemplé la batalla, y a nuestros hombres marchando en grupo y degollando los últimos restos del enemigo. El cadáver de mi camella se hallaba tendido a mis espaldas como una roca, dividiendo la carga en dos riadas, y en la parte trasera de su cráneo podía verse alojada la pesada bala de mi quinto disparo.

* 

Los siete pilares de la sabiduría, T. E Lawrence
Ediciones B, Barcelona, España, 1997
Traducción de Alberto Cardín revisada por José Marcelo. 

Libro IV, La conquista de Akaba, capítulo LIII.