| El destino de los poetas
de Carmen de Areco
Andrea del Río
andyrio74@hotmail.com

Me preparé toda la vida, en un camino que fue un Infierno, para poder disfrutar de mi sueño postergado cuando me salieran las primeras canas. Pero llegué a la puerta del Paraíso y me quedé con la manija en la mano.» La voz vencida de Ernesto Haristoy se perdió por los pasillos del Museo Histórico Familiar de Carmen de Areco. Y enseguida pensé, más cerca de la pulsión de huida que del instinto compasivo: «Si empieza a llorar, ¿qué hago?».
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Ya perdí la cuenta de los kilómetros que recorrí los fines de semana de los últimos dos años. Fuera del circuito oficial de las rutas bonaerenses, late un entramado de caminos rurales y huellas tímidas que aprendí a descifrar a fuerza de desorientarme, hasta que entendí que los mapas son enemigos de los curiosos. El hobby, como toda obsesión, se instaló sin permiso.
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Alguien le confió a mi marido el dato de un puesto de campo, por los pagos de Chivilcoy, que mantenía intacta la reja, el estaño, el juego de sapo y el espíritu de la época en que las pulperías eran el único rincón de abastecimiento y de ocio para los chacareros. Dispénsenme de revelar su ubicación exacta: prometí evitar que el paraje sea invadido por hordas de domingueros y bandas de cazadores de rarezas folclóricas con destino de mercado de pulgas. Baste confesar que, desde entonces, mi marido y yo encaramos un relevamiento fotográfico de esas esquinas bonaerenses, situadas siempre ahí donde dos caminos se cruzan para conjurar el anonimato. De la foto a la sangría compartida en rueda de paisanos, un suspiro. Y con la garganta envuelta en caricias de alcohol, hasta el gaucho más remiso suelta prenda. Pronto, la Minolta y el grabador también acumularon millaje, retratando arquetipos, rescatando historias.
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Hace unos días, salió la bolilla de Carmen de Areco. Una vuelta por el pueblo y la charla paciente con los personajes que más saben de la vida de sus vecinos —el dueño del hotel, la farmacéutica, el barrendero— nos convencieron de que Tito Haristoy, el director del Museo Histórico Familiar, sería nuestro cicerone en la búsqueda de los boliches de campo que sobreviven en la zona, pródiga en criadores de jabalíes y apicultores. «Hace años que está al frente del museo, prácticamente vive ahí. Conoce a fondo la historia del pueblo y rescató varias joyitas que muchas familias estuvieron a punto de tirar a la basura o de malvender en los remates», nos confirmó Martín Vera después de habernos guiado por los recovecos húmedos del Monasterio San Pablo de la Cruz, un conjunto arquitectónico con profusión de simbología celta y que fue construido en 1884 por la Congregación Pasionista, en el marco de la avanzada irlandesa que pobló la región.
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Durante la primera media hora, Tito no nos dio respiro. Generoso y diáfano, convidaba mate, revolvía estantes, relataba anécdotas, desnudaba las reliquias que había rescatado, desempolvaba centenarios libros de fiado de El Resorte, donde la cuenta de un paisano lista un par de alpargatas, un recado, una bolsa de alpiste e incluso un Ford T, todo en la misma compra, sin otra garantía que la palabra del cliente.
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Durante la hora siguiente, Tito nos quitó el aliento. Bastó la pregunta inocente y de rigor sobre el origen de su pasión por la historia de su pueblo para que se derrumbara. Alto, enjuto, encorvado, con apariencia de hippie tardío, demostró ser igual de dadivoso en el relato de sus amarguras.
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«Hice las cosas como se debían hacer. Me casé con una buena mujer, aprendí el oficio de relojero y tuve una joyería que era uno de los negocios más importantes de Carmen. Tuve dos hijas que estudiaron y se casaron bien. Cuando vi que estaba todo organizado, les dije: «acá les dejo el negocio, la casa, la cuenta, todo. Ahora, me voy a dedicar a lo que me gusta». Comencé a escribir poesía, a ordenar toda la información que había ido reuniendo sobre el pueblo. Nunca me entendieron, ni ellas ni los vecinos. Me dieron la dirección del museo por cansancio, pero me hicieron el vacío», contó de un tirón, con la mirada perdida y el mate frío, al que se aferraba hasta que los nudillos se le blanquearon. «Ahora tengo 62, y me siguen golpeando. Disculpen si me emociono, pero hace dos días me expulsaron del grupo de poesía que fundé: "Las cosas cambiaron, Tito. Lo que voy escribís no va más.", me dijeron. Me duele, pero no debería sorprenderme. Éste es un pueblo de bárbaros, de salvajes, que siempre castigó a sus poetas. Por suerte están las docentes, que son mi gran apoyo; ellas traen a los chicos al museo todos los años. A veces se acercan algunos pibes, con curiosidad por la historia, pero el entusiasmo les dura unos días, nomás.»
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Trabaja solo, aunque dos veces por semana lo asiste, durante un par de horas, una muchacha, beneficiaria de un Plan Jefas y Jefes de Hogar, que pasa a máquina las investigaciones que él garabatea. «Mucho no ayuda, pero al menos tengo con quien hablar. Me cansé de ir a la Municipalidad y estar tres horas sentado, en un pasillo, esperando a que un payaso me firme una orden de compra. Así que las resmas de papel se las mangueo cada mes a un vecino distinto, porque no tengo presupuesto. Ni sueldo tengo, prácticamente. A fin de año logré que me encuadraran con otros trabajadores públicos, y así me aumentaron de $ 200 a $ 370. El mes pasado salió a remate un lote de libros de fiado de un boliche del pueblo. Me pedían mil pesos por los dos. No pude convencer a nadie de que los comprara para que se quedaran en Carmen. Después, me enteré de que el delincuente los había vendido en San Antonio a $ 500.»
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Tito, finalmente, no se deshizo en llanto. Pero lo último que oí de él, mientras nos saludaba con un abrazo campechano, fue el sordo crujir de sus tripas. Salimos al campo. Tito se quedó chupando el mate frío.
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