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Puerto Iguazú: algo más que cataratas (1ª parte)

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Dos mil argentinos temporales

 
 

 

Puerto Iguazú: algo más que
unas cataratas (1ª parte)

 


Rubén A. Arribas
revistateina@yahoo.es


 

Si se pensara en la Argentina como una mano izquierda, apoyada por su índice sobre la mesa, y se estirara el pulgar hacia arriba, Puerto Iguazú sería algo así como la punta del dedo gordo, justito en la frontera con Paraguay y Brasil. Y si la uña de ese dedo estuviera algo descuidada, se podría intentar rozar el trópico de Capricornio, aunque siempre sin llegar a tocarlo: la provincia de Misiones y su selva pertenecen al subtrópico. O al menos eso repiten incansablemente los guías de turismo.

Subtrópico quizá suene menos exótico que su jerarca inmediatamente superior; sin embargo, no por ello su clima resulta poco caluroso, precisamente. Líneas imaginarias aparte, en Iguazú, el clima consiste en deshidratarse mucho en verano y en deshidratarse un poco menos en invierno. En cualquier caso, los autóctonos del lugar insisten en que padecen un par de meses de frío, incluso que hiela en las selváticas noches de julio y de agosto.

En principio, ese gélido dato parece más de enciclopedia que real: ¿acampa alguien por la noche en la selva, donde hay felinos como en las películas de Tarzán, a ver si hiela? Si es por datos empíricos, éstos demuestran que en la transición entre julio y agosto de 2005, los días invernales en Puerto Iguazú consisten en ir en manga corta, bañarse en la piscina del hotel, tener sed bastante seguido y poder sumergirse bajo las cataratas del Parque Nacional sin necesidad de morir congelado. En otras palabras, el subtrópico argentino tiene más de hemisferio norte que de sur; al menos en el clima y por estas fechas.

BUENOS AIRES - PUERTO IGUAZÚ, RÍO ARRIBA EN AEROPLANO

Apenas dos horas en avión bastan para alejarse del brumoso invierno porteño y aterrizar en el misionero, de casi 30 grados. Unos 1.600 kilómetros de distancia, Río de la Plata arriba, por el aire, con el estuario platense convertido en río Paraná allá abajo y volviéndose más joven a cada minuto, camino de su manantial. Cuentan que Sebastián Caboto, piloto mayor del reino de Castilla cuando Carlos V, hizo un viaje similar y remontó el río en barco, sin necesidad de subirse a un avión. Qué tiempos aquellos. Qué marineros los venecianos.

Aguas abajo, en Aeroparque, lo único que está en calma es el Río de la Plata, que siempre parece tener poca prisa por echarse en brazos del Atlántico. El interior del aeropuerto consiste en un enjambre de personas que corren con sus maletas de aquí para allá, que gruñen debido a las interminables colas, que insultan a los pilotos en huelga, que miran asustados los pasajes cuando un turista chilla en portuñol ante una señorita de Aerolíneas Argentinas que, con voz de operadora telefónica, le explica que se dé prisa y que se vaya con su familia al otro aeropuerto, al de Ezeiza, si quiere volar a Sao Paolo. «Aquí sólo cabotaje y países limítrofes», le dice. ¿Y qué es Brasil?

Por contra, en el pequeño y coqueto aeropuerto de Iguazú todo resulta menos apresurado, con menos abejas humanas, con más albinos, yankis y asiáticos por metro cuadrado que en Aeroparque. De hecho, resulta imposible no encontrar la única cinta transportadora de maletas que hay o no salir como espontáneo en la foto de algún sonriente turista. Sin embargo, el río no pasa por enfrente. Sólo por eso, por la dulce inmensidad del Río de la Plata, el Jorge Newberry le gana de mano al aeropuerto de Iguazú.

CAMINO DEL HOTEL

A pesar de venir a la selva (subtropical), casi nadie considera que llegar a su hotel deba suponer la primera aventura. Por eso, los turistas suelen venir con sus viajes ya cerrados y las agencias les envían jóvenes guías de turismo para que los recojan y los lleven a los hoteles. Entonces, la clásica compra de alfajores y piedras misioneras queda para el viaje de vuelta, para cuando el avión se vuelva a retrasar en el despegue.

De camino al hotel, la ruta se convierte en una estampa propia del National Geographic: la exuberancia natural del paisaje a los lados, la tierra roja sobre los arcenes de la carretera, alguna casa por ahí, de repente un lugareño en una motocicleta con cuatro sacos de yerba mate a la espalda... y prácticamente nada más en la ruta, salvo un sol radiante y un sopor tremendo. Los apenas 15 kilómetros entre el aeropuerto y el hotel bastan para descubrir por qué la siesta es uno de los deportes más practicados en Puerto Iguazú, incluso a finales de julio, en pleno invierno austral.

De todos modos, en la furgoneta resulta difícil dormir: la guía es una suerte de papagayo (subtropical) que ofrece más y más excursiones, todas adicionales a las ya contratadas, todas imperdibles, todas «a confirmar antes de llegar al hotel». Además, como lugareña, ella sabe que juega con el calor de su lado y que el turista está a su merced: el shock térmico ha dejado al borde del abandono de sí a más de uno.

Por eso, ella presiona sin escrúpulos, porque cada minuto es un kilómetro menos. Las ofertas más llamativas son las de tipo étnico: venga y conozca a los indios guaraníes. Como argumento de venta, la chica derrama unas gotas de historia apresurada y se ceba con la maldad del acero conquistador sobre los indígenas. Los cinco españoles que viajan en la furgoneta ponen cara de circunstancias. Prudentemente, nadie pregunta qué porcentaje de los 70 pesos que cuesta la actividad irá a parar a los indios.

EL HOTEL DE LA RUTA

—¿Un jugo de naranja, señor?

Entre el servicio masculino del hotel abundan los bigotitos casi dibujados a lápiz, la piel chocolatada, el pelo crespo y bien sujeto al cráneo, las facciones aindiadas, las estaturas pequeñas, cierto aire de mansedumbre, las entonaciones cantarinas y a la vez una suerte de inseguridad en el castellano, como la de quien lleva un traje que no es el suyo. No hace falta ser un fisonomista consumado para darse cuenta de que los guaraníes y sus mezclas no están sólo donde los vende la agencia de viajes.

—¿Un jugo de naranja, señor?

Debe de ser un lugar común, pero ser español y mirar al tipo que sirve el jugo, al que realiza la inscripción para las habitaciones, a las chicas que limpian, a cualquiera que no se hospede en el hotel, por poco que se crea en el vudú de la historia, produce una punzada en la memoria.

—¿Señor?

Quizá porque fueron los españoles quienes les enseñaron lo que mata la pólvora, lo obscena que resulta la avaricia, lo sangrientos que pueden llegar a ser los curas, la facilidad con que los caballeros rompen sus principios por unas monedas de oro. Pero también porque asombra que la primera imprenta del Río de la Plata naciera aquí, en la provincia de Misiones, de la mano de aquellos utópicos jesuitas y de sus sometidos guaraníes. Quizá también porque nadie vino en avión a rodar esa parte de la historia.

—¿Señor?

Las naranjas misioneras son buenas para el zumo, ricas, aunque algo amargas.

EN LA TRIPLE FRONTERA

La agencia ofrecía visitar a los guaraníes en la selva (subtropical y argentina) o verlos danzar en la orilla del río, desde un catamarán... Al menos entre los españoles, la llamada del río Iguazú mientras desemboca en el Paraná —justo donde Brasil, Paraguay y la Argentina se encuentran— resultó más poderosa que la llamada de la selva. Y es normal: los españoles suelen ser gente de secano a quienes fascina más el cascabeleo del agua que el rugido de las fieras.

De hecho, la inmensidad de los ríos americanos siempre funcionó como una suerte de alucinación para los súbditos de la corona española: ¿puede ser un río tan ancho, más ancho que el estrecho de Gibraltar o el de Mesina, que decía Colón? También en ésas debía de andar Juan Díaz de Solís cuando se lo merendaron los charrúas, muchos kilómetros río abajo, cuando venía remontando el Río de la Plata, ese fascinante estuario que está frente al Aeroparque y que él confundió con un mar sin sal.

En la triple frontera no hay charrúas antropófagos, pero sí jóvenes guaraníes que pescan en la orilla y cuya piel se confunde con el marrón lechoso del río. Sin embargo, el guía parece no estar de acuerdo en la apreciación del color. Según explica, el basalto del fondo se oxida al contacto con el agua y con la intemperie, se convierte en arenilla rojiza y de ahí procede el color típico de Misiones y del río.

Sea rojizo o achocolatado el Paraná, sea verdad o no que la piel de éste colorea la de los guaraníes, los chicos no se bañan: la mansedumbre del río es sólo aparente; ésta es una zona peligrosa de uno de los ríos más caudalosos de América. 30 metros de profundidad y un cauce muy irregular explican la turbia y algo revoltosa superficie con que éste arrastra por aquí sus 3.000 kilómetros de vida anterior, camino de Buenos Aires. Por eso, los más valientes resignan su heroicidad a cambiarse de orilla remando en una barquichuela de madera.

Los chicos de la barca, vestidos sólo con unas bermudas baratas, saludan efusivos mientras navegan del lado argentino hacia el paraguayo. Y lo hacen tan tranquilos; ellos no necesitan ese invento occidental que es el pasaporte para cambiarse de orilla. Nadie sabe qué transportan, si hacen como que pescan, si los puso ahí la agencia como decoración o si tan sólo hacen de ellos mismos. Con razón, además del turismo, el contrabando es una de las fuentes de ingresos más importantes en esta triple frontera..

(La 2ª parte, en el n. º 11.)

 

 

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