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Lawrence de Arabia (los ingleses también saben montar a camello)
Rafael Winograd
rafaelwinograd@hotmail.com

Un siglo escaso de próceres. Tiempo de guerras mundiales y de campeonatos mundiales de fútbol, de héroes anónimos o absurdos, donde las personalidades destacan menos por su integridad que por sus mañas o su capacidad de adaptación. Thomas Edward Lawrence —Lawrence de Arabia— es un prócer o, mejor, un héroe trágico, tanto por su tragedia personal como porque pertenece al dominio de la literatura.
Un héroe literario. Su vida es como un clásico, como esos libros clásicos que no fueron escritos para ser clásicos, que no son perfectos, lo que los hace más bellos porque la vida tampoco lo es. Como esos libros que tienen historias dentro de la gran historia, que interrumpen el relato principal para contar una aventura edificante o divertida o terrible o hermosa. En la vida de Lawrence, esa aventura es contada por él mismo y él es el protagonista. Es un viaje y es un libro, Los siete pilares de la sabiduría, que narra la rebelión árabe contra el Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial. Según Borges, es el único libro memorable de esa guerra.
LLEGADA AL MUNDO
T. E. Lawrence nació el 16 de agosto de 1888. Hijo de Thomas Chapman, un irlandés que abandonó su hogar en Dublín, donde dejó esposa y 4 hijas, y se fugó con Sarah Maden, institutriz de las pequeñas. Después de recorrer Gran Bretaña y Francia, Chapman terminó por instalarse en Oxford, Inglaterra, con nueva familia y nuevo apellido: Lawrence.
Thomas Edward Lawrence, segundo de los 5 hijos ilegítimos de la pareja, nunca terminó de aceptar su bastardía y sintió vergüenza por ello durante toda la vida. La tez clara, las típicas facciones angulosas de estirpe sajona y el cabello rubio contrastaban con su corta estatura —166 centímetros—, producto de unas paperas que detuvieron su desarrollo en los primeros años de la adolescencia. Pero su altísima sensibilidad ya destacaba desde edad temprana, al punto de provocar las burlas y rumores de sus compañeros en el Jesus College de la Universidad de Oxford, que lo consideraban casi un afeminado.
Su formación universitaria y el patrocinio de David Hogarth, arqueólogo y gran conocedor de Oriente Medio, le franquearon el primer viaje al terreno de sus futuras hazañas. En 1909 recorrió Siria a pie, confundiéndose entre la población árabe, encariñándose con su particular forma de vida y de pensamiento, y recavando información para su tesis sobre la arquitectura militar en las Cruzadas.
En 1910, de regreso en Oxford, se graduó con honores como historiador. Poco tiempo después volvió a Oriente Medio, esta vez con una beca de posgrado para realizar excavaciones arqueológicas a orillas del Éufrates. Su estadía se prolongó por 4 años y el encanto que había sentido inicialmente por el lugar y su gente evolucionó a un amor profundo y duradero. Más tarde recordaría esa época como la más feliz de su vida.
Lawrence nunca dejó de ser inglés, en el amplio sentido que ese gentilicio implica. Docto en letras clásicas, glorioso traductor de la Odisea de Homero, fue acaso el último y más cabal hombre de letras llamado a la acción, dignísimo representante de aquella subraza que sólo se dio en la remota isla septentrional, centro del mundo durante más de 100 años y que a principios del siglo XX declinaba. Lawrence era un Richard Burton, capaz de identificarse con causas remotas y ajenas, a veces extravagantes, sin por ello dejar de actuar conforme a los más elevados intereses nacionales.
OTRO GRANDE EN DECADENCIA
Varios siglos atrás el imperio otomano había conseguido unificar el mundo islámico y árabe en una fuerza poderosa, que expulsó los restos de la civilización romana en Asia e hizo pie en Europa. Sin embargo, desde el siglo XVIII daba muestras de debilidad: Austria hizo retroceder sus fronteras hasta el Danubio y Rusia se apoderó de vastas regiones en el norte del Imperio. Durante el siglo XIX, el declive se agudizó con la expansión colonial de las potencias europeas: Francia ocupó la antigua provincia romana de África (Argelia y Túnez), Italia ejerció su influencia en Libia, y Gran Bretaña en Egipto, al tiempo que los Balcanes se independizaban y reducían los territorios turcos en Europa a Estambul y a una porción de la Tracia, entre el Bósforo y el Mar Negro.
El control del canal de Suez por parte del Imperio Británico resultaba fundamental para mantener el comercio y el dominio en la India, de modo que no podía descuidar los territorios al este del canal, especialmente la península del Sinaí y el Hejaz, provincia situada en el flanco occidental de Arabia, sobre la costa del mar Rojo. Lawrence conocía bien el terreno, pues hacia allí se había trasladado tras su larga segunda estancia en Siria para unirse a una expedición que, bajo la fachada de buscar evidencias del éxodo bíblico de los israelitas, espiaba las actividades militares de los turcos en la región.
La revolución en el corazón del Imperio Otomano, en 1908, encabezada por el movimiento nacionalista de los Jóvenes Turcos, parecía haber concentrado sus fuerzas en el frente interno y prometía neutralidad. Sin embargo, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, pronto se reveló su alineamiento con Alemania. El ataque de los turcos contra Rusia, aliada de Inglaterra, en 1914, movió a Lawrence a enrolarse en el ejército y fue derivado a una oficina de inteligencia en El Cairo, Egipto.
Se trataba de un frente secundario en el marco de la Gran Guerra, lo que suponía un número relativamente escaso de fuerzas inglesas, más concentradas en el escenario europeo. Los turcos, animados por el estado mayor alemán, lanzaron ataques en las fronteras norte y sur de sus dominios. Aunque fueron frenados en el Cáucaso por las tropas rusas al mando del gran duque Nicolás, hicieron capitular a los ingleses en Kut al-Amara (Mesopotamia), en abril de 1916, y 4 meses después arremetieron contra Suez.
Es entonces cuando comienza el relato y la acción del joven coronel Lawrence. El comando británico estimuló y aprovechó una situación que ponía de manifiesto la debilidad interna del dominio otomano. Husayn ibn Alí, jerife de la Meca —cargo que representaba una suerte de jefatura espiritual dentro del mundo árabe, tradicionalmente respetado por las autoridades turcas—, organizó una revuelta de núcleos árabes que, sin llegar a conmover los cimientos del imperio, sentó las bases de una acción conjunta con las fuerzas inglesas instaladas en Egipto.
UN INGLÉS CABALGA POR EL DESIERTO
Lawrence, harto de entrevistar potenciales espías, cartografiar mapas y telegrafiar mensajes cifrados, se las ingenió para sortear la propia burocracia militar británica y entrar en el teatro de operaciones. Escribe:
Había creído que la mala marcha de la rebelión era debida sobre todo a un liderazgo erróneo, o más bien a una falta de liderazgo, tanto árabe como inglés. Así que pasé a Arabia para observar y sopesar a sus grandes hombres.
Husayn era un hombre de edad avanzada y había delegado en sus 4 hijos la dirección de las acciones. Lawrence consideró a Abdulla «excesivamente listo», a Alí «demasiado íntegro» y a Zeid «frío en exceso» para encabezar la lucha, pero marchó al interior de Arabia y se reunión con Feisal, en quien encontró «al líder con la fogosidad necesaria, y al mismo tiempo lo suficientemente razonable como para poner en práctica nuestras ideas». Así que se ganó la confianza de Feisal y la de sus hermanos.
Durante casi dos años, Lawrence cabalgó por las áridas tierras del Hejaz, organizó las tribus de beduinos desperdigadas por el desierto, saboteó trenes y hostigó los principales enclaves turcos, vestido como un árabe e identificado con su movimiento. Su objetivo era «ayudar a formar una nación», como escribió en una carta a su hogar por aquellos días. Un objetivo idealista al que Lawrence le dedicó toda su voluntad y su energía, su corazón y sus brazos y sus piernas y su estómago. Sin embargo, su razón, disimulada tras varias capas de entusiasmo sincero, le advertía que aquel hermoso ideal (asumido y suscrito por el comando inglés) tarde o temprano chocaría contra los intereses de la alta política. Eso confiesa al menos en la introducción del libro:
Desde el comienzo se hizo evidente que, si llegábamos a ganar la guerra, las promesas hechas serían puro papel mojado, y de haber sido yo un honesto consejero de los árabes, les habría advertido que volvieran a sus casas en vez de arriesgar sus vidas luchando por semejante bazofia, pero me consolé a mí mismo con la esperanza de que, conduciendo a los árabes a una furiosa victoria final, podría ponerlos, con las armas en sus manos, en una posición tal que (sin ser dominante) fuera lo suficientemente fuerte como para aconsejar a las grandes potencias el otorgamiento de sus reivindicaciones...
En otras palabras, presumí (no viendo que existiera otro líder dotado de suficiente voluntad y poder) que sobreviviría a las campañas, y que sería capaz, no solamente de derrotar a los turcos en el campo de batalla, sino a mi propio país y a sus aliados en la cámara del consejo. Era una suposición realmente inmodesta, y no está claro que saliera exitoso de ella pero es evidente que no dudé un momento en comprometer a los árabes, ignorantes del contexto, en semejante albur. Me arriesgaba a cometer un fraude, convencido como estaba de que la ayuda árabe era necesaria para nuestra rápida y fácil victoria en Oriente, y que mejor era que venciéramos y rompiéramos nuestra palabra antes que perder.
UN TRIUNFO, PERO INCOMPLETO
La incansable tarea del coronel anglosajón y su informal ejército de jinetes semitas fue socavando las comunicaciones y el suministro del ejército turco en puntos estratégicos de la región. Hasta que el 1º de octubre de 1918, Lawrence y Feisal entraron victoriosos en Damasco, apoyando como improvisada ala derecha el avance del general Allenby, que atacó con tropas numerosas el corazón otomano desde el norte, a través de Palestina.
La muchedumbre exaltada proclamó a Husayn rey de los árabes, pero la constitución del reino árabe prometido por Gran Bretaña, como sospechaba Lawrence, se vería interrumpida por acontecimientos muy alejados espiritual y geográficamente del heroísmo y el empeño derramados en campaña.
A diferencia de Julio César, cuyos Comentarios de la Guerra de las Galias son una suerte de folleto publicitario —aunque maravilloso— para exaltar a su propia persona, donde él siempre se muestra en el centro de la escena, en Los siete pilares Lawrence se presenta a sí mismo como un héroe medido, demasiado inglés para soportar el sol del desierto arábigo o para disparar un rifle montado en un camello, pero lo suficientemente apasionado por la causa como para contagiar y unir a los propios árabes.
EL FINAL DE LA CAMPAÑA
La campaña anglo-árabe fue rápida y brillante en el terreno; y la acción de Lawrence, decisiva. Allí terminaba el relato y la aventura de Los siete pilares de la sabiduría. Allí terminaban las andanzas de Lawrence en el desierto, pero no su lucha. Sin embargo, en los cenáculos del poder la batalla por la nación árabe sería sorda y penosa, destinada al fracaso.
En 1916, antes siquiera de vislumbrar el resultado de la guerra, Londres y París, lápiz en mano, ya trazaban sus anhelos futuros en los mapas de Oriente Medio. El convenio denominado Sykes-Picot (por el nombre de los negociadores de ambas naciones) dividió los países árabes del Imperio Otomano en dos zonas de influencia política y económica: la francesa, que incluía Siria y el Líbano, y la inglesa, en Palestina, Irak y Transjordania. Poco después, a fines de 1917, mediante la Declaración Balfour, Gran Bretaña jugaba su carta sionista al mismo tiempo que estimulaba la revuelta árabe, afirmando así su voluntad de «crear después de la guerra un hogar nacional judío en Palestina».
De poco valieron los intentos de Lawrence en los pasillos ministeriales por anular el tratado Sykes-Picot, por mantener a Francia fuera de Oriente Medio y por dividir la Mesopotamia y Siria en tres reinos dirigidos por los hijos de Husayn, con Feisal en el trono de Damasco. Los valores de la alta política, el dinero y un novedoso interés supremo —el petróleo— resultaron mucho más poderosos que la sangre vertida y el clamor de un pueblo. Y los grandes salones, los discursos estudiados y los compromisos adquiridos, mucho más invencibles que las inhóspitas arenas del desierto y las balas turcas. Lawrence se lamentaba de ello:
Muchas vidas vivimos en aquellas tumultuosas campañas sin jamás hurtar el bulto; con todo, cuando finalmente rematamos nuestro trabajo y el nuevo día amaneció, el hombre viejo resurgió de nuevo y se apropió de nuestra victoria para conformarla al mundo que le era conocido de antes. La juventud podía lograr la victoria, pero no había aprendido a conservarla, y se mostró tristemente débil frente a la ancianidad. Balbucimos que habíamos trabajado por unos nuevos cielos y una nueva tierra, y ellos nos lo agradecieron amablemente y firmaron su paz.
Con todo, a modo de compensación, Feisal fue coronado rey de Irak en 1921, y Abdullah, su hermano mayor, emir de Transjordania un año después, ambos bajo protectorado inglés.
LAS MOTOS NO SON COMO LOS CAMELLOS
Asqueado de la política y decepcionado de los hombres, Lawrence escapó a todos los timbres de la fama. Se enroló en la fuerza aérea inglesa bajo el seudónimo de John Ross y se sometió a la tiranía de los oficiales. Poco después, conocida su autohumillación, fue dado de baja y más tarde readmitido en el ejército, como soldado raso, con el nombre de T.E. Shaw. Durante sus últimos diez años alternó sus servicios como piloto en la fuerza aérea con paseos en motocicleta por la campiña inglesa. Ni las arremetidas rabiosas montado en camello ni los rigores de la guerra y el desierto habían podido doblegarlo, pero el 13 de mayo de 1935, en las afueras de Londres, perdió el control de la motocicleta y salió despedido por encima del manubrio. Murió seis días después, producto de las heridas sufridas en el accidente.
Aquellos años que siguieron a la guerra, amargos para Lawrence, fueron felices para la posteridad. En 1919, en París, durante las conferencias de paz, garabateó las primeras líneas de su libro, basado estrictamente en su memoria:
No pude tomar las notas pertinentes: en verdad hubiera incumplido mi deber para con los árabes de haberme dedicado a recoger semejantes flores mientras ellos luchaban.
LAS GALERAS DEL LIBRO
El libro, como la vida de Lawrence, también tuvo una historia compleja, no libre de derrotas pero asimismo venturosa. A.W. Lawrence, hermano de Thomas Edward, recogió en una edición póstuma de 1939 algunos manuscritos sueltos del autor que dan cuenta no solo de las vicisitudes que corrió el texto antes de ser publicado, sino también de la excéntrica y encantadora personalidad de nuestro héroe.
El primer escrito, que según Lawrence constaba de unas 250.000 palabras y fue terminado entre París y El Cairo en 1919, fue perdido íntegramente por el autor en Inglaterra, a fines de ese año, mientras cambiaba de tren en la estación de Reading.
El segundo, labrado con el malhumor y el apuro consecuentes a la pérdida de la primera versión, era bastante más largo (de unas 400.000 palabras), su estilo era «descuidado» y fue completado en 3 meses, pero no corrió mejor suerte que el anterior: «Todas las páginas de este texto, menos una, las quemé en 1922», apunta Lawrence.
Antes de la hoguera, Lawrence trabajó en un tercer texto sobre la base del segundo, que terminó en febrero de 1922 y que constituiría el núcleo fundamental de las primeras ediciones. El manuscrito aún existe y consta de unas 330.000 palabras. Se imprimieron ocho ejemplares en Oxford ese mismo año. De la condensación de esa prueba preliminar surgió la edición de suscriptores, de unas 280.000 palabras, impresa el 1º de diciembre de 1926, y que puede considerarse la auténtica primera edición de autor de Los siete pilares de la sabiduría.
La reducción y los cambios respecto del manuscrito original sólo obedecían a cuestiones literarias:
Los principiantes en literatura suelen tantear el perfil de lo que desean decir acumulando adjetivos, pero para 1924 había aprendido ya mis primeras lecciones en el arte de escribir, y era ya capaz de combinar dos o tres de mis frases de 1921 formando una sola.
Vyvyan Richards, biógrafo y amigo personal de Lawrence, comenta en un pasaje de su libro Portrait of T. E. Lawrence las obsesiones tipográficas del héroe frente a las últimas pruebas de la edición de suscriptores, donde solía acortar o aumentar el texto para que cada página de su libro fuera impecable. En ese sentido, aunque paradójicamente, el hermano de T.E. transcribe en su prefacio de la edición póstuma algunas cuestiones suscitadas en torno a una versión abreviada de Los siete pilares que salió publicada pocos meses después que la edición de 1926 bajo el título Rebelión en el desierto.
Los correctores de las pruebas dirigen una serie de preguntas al autor por las numerosas inconsistencias que encuentran en la transcripción de nombres propios. Lawrence les advierte que los nombres árabes, además de variar de un distrito a otro, no cuadran en inglés con exactitud y que los sistemas de transcripción válidos son inútiles para los que desconocen uno de los dos idiomas, de modo que escribe los nombres con variantes «para mostrar la basura que son los sistemas». En todo caso, el autor contesta con aplomo, y no sin gracia, cada una de las preguntas realizadas por los correctores. Vayan aquí algunos ejemplos:
Corrector: —Galerada 1. Yeddah y Yidda aparecen usadas indiferentemente por todo el texto. ¿Es intencional?
Lawrence: —¡Más bien!
C: —Galerada 16. Bir Waheida, era Bir Waheidi.
L: —¿Por qué no? Era el mismo sitio.
C: —Galerada 47. Yedha, la camella, aparece como Yedhah en la galerada 40.
L: —Era una bestia espléndida.
C: —Galerada 53. «Meleagro, el inmoral poeta.» Yo he puesto «inmortal», pero al fin y al cabo el autor puede haber querido decir «inmoral».
L: —La inmoralidad la conozco. De la inmortalidad no puedo juzgar. Como les parezca: Meleagro no se querellará por injurias.
C: —Galerada 65. Se dirigen al autor diciendo «Ya Auruns», pero en la galerada 56 era «Aurans».
L: —También me llamaban Lurens y Runs, por no hablar ya de Shaw. Vendrán aún más, si el tiempo lo permite.
*
Los siete pilares de la sabiduría, T. E Lawrence.
Ediciones B, Barcelona, España, 1997.
Traducción de Alberto Cardín revisada por José Marcelo.
Fotos: http://www.geocitis.com
Retrato y mapas: http://www.lawrenceofarabia.info (editado por Jeremy Wilson).
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