Invitación al viaje

La conquista del espacio


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INVITACIÓN AL VIAJE

La conquista del espacio

 

La necesidad de movimiento, el apetito de espacio, en la mayoría de las plantas, se manifiesta a la vez en la flor y en el fruto. Se explica con facilidad en el fruto; o, en todo caso, no revela en él más que una experiencia, una previsión menos compleja. Al contrario de lo que sucede en el reino animal, y debido a la terrible ley de inmovilidad absoluta, el primer y peor enemigo de la semilla es el tronco paterno. Estamos en un mundo extraño, donde los padres, incapaces de cambiar de lugar, saben que están condenados a matar de hambre o a ahogar a sus vástagos. Toda semilla que cae al pie del árbol o de la planta es perdida o germinará en la miseria. De ahí el esfuerzo inmenso para sacudir el yugo y conquistar el espacio. De ahí los sistemas maravillosos de diseminación, de propulsión, de aviación, que encontramos en todas partes del bosque y en el llano, entre ellos, por citar sólo algunos de los más curiosos: la hélice aérea o sámara del arce; la fráctea del tilo; la máquina de cerner del cardo, del amargón y del salsifí; los resortes explosivos del euforbio; la extraordinaria pera surtidora de la momórdica; y así otros mil mecanismos inesperados y asombrosos, pues puede decirse que no existe semilla que no haya inventado algún procedimiento particular para evadirse de la sombra materna.

Quien no haya practicado un poco la botánica no puede creer el gasto de imaginación y de ingenio que se hace en ese verdor que regocija nuestros ojos. Miren, por ejemplo, la bonita olla de semilla de la anagálide roja, las cinco válvulas de la balsamina, las cinco cápsulas con disparador del geranio, etc. No dejen de examinar, si es que tienen ocasión de hacerlo, la cabeza vulgar de adormidera que se encuentra en todas las herboristerías. Hay en esa buena cabeza una prudencia y una previsión digna de las mayores elogios. Se sabe que encierra millares de semillitas negras muy pequeñas. Se trata de diseminar esa semilla de la manera más hábil y lo más lejos posible. Si la cápsula que la contiene se agrietara, cayera o se abriera por debajo, el precioso polvo negro sólo formaría un montón inútil al pie del tallo. Pero no puede salir sino por aberturas realizadas encima de la cáscara. Ésta, una vez madura, se inclina sobre el pedúnculo, inciensa al menor soplo de aire y siembra, literalmente, con el gesto mismo del sembrador, la semilla en el espacio.

¿Hablaré de las semillas que prevén su diseminación por los pájaros y que, para tentarlos, se acurrucan como el muérdago, el enebro, el serbal, etc., en el fondo de un envoltorio azucarado? Existe ahí tal razonamiento, tal inteligencia de las causas finales, que uno no se atreve a insistir por temor a renovar los cándidos errores de Bernardino de Saint-Pierre. No obstante, no se explican los hechos de otra manera. El envoltorio azucarado es tan inútil para la semilla como lo es para la flor el néctar que atrae a las abejas. El pájaro se come el fruto porque es dulce y a la vez se traga la semilla que es indigerible. El pájaro vuela y devuelve poco después, tal como la recibió, la semilla desembarazada de su vaina y dispuesta a germinar lejos de los peligros del lugar natal.

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La inteligencia de las flores, Maurice Maeterlinck.
Traducción de Diana Blumenfeld.
Editorial Longseller, Buenos Aires 2003.
http://www.longseller.com.ar

Maurice Maeterlinck (Gante, 1862 - Niza, 1949

 

 

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