A 100 AÑOS DE LA VIDA DE LA RAZÓN, DEL ESPAÑOL GEORGE SANTAYANA
Una vieja crítica al industrialismo,
que increpa con fuerza al presente
Santayana arremetió frontalmente contra la uniformización que deriva de las exigencias del industrialismo, que en su desarrollo más extremo da lugar al pensamiento único. Señalaba la lógica perversa de la acumulación sin freno del capital, que invierte y subvierte fines y medios, y advertía así de los límites del crecimiento y del desarrollo industrial.
José Beltrán Llavador
Universitat de Valencia
La publicación de los 5 volúmenes de La vida de la razón entre 1905 y 1906, que este año cumple su centenario, abre uno de los grandes momentos filosóficos del pensador George Santayana (Madrid, 1863-Roma, 1952). Esta obra fue considerada como una invitación vitalista a la acción y saludada con entusiasmo, y se erigió en un tratado de referencia para los jóvenes coetáneos.
El propio autor —filósofo, poeta, novelista, memorialista— definió ésta como una «historia sumaria de la imaginación humana», donde se realiza un examen crítico de la civilización mediante una evaluación del pasado a través de un análisis de las funciones del sentido común, sociedad, religión, arte y ciencia en la estructura de una cultura basada en la razón. Aquí anticipa, con extraordinaria lucidez, enfoques que hoy forman parte de la agenda común. En esta obra se encuentran frases tan celebradas como «los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo», y que no son sino una pequeña muestra de la potencia, lucidez, elegancia e ironía (1) de su prosa.
En el capítulo tercero —«La industria, el gobierno y la guerra»— del segundo volumen de esta pentalogía, La razón en la sociedad, Santayana realiza una crítica bien temperada al industrialismo, que él veía desarrollarse de manera desaforada.
Como observador privilegiado de los acontecimientos de su época, Santayana no despreció los enormes avances logrados por la revolución industrial. Entendía que una aproximación racional a los problemas podía ayudar a resolverlos. Pero al mismo tiempo situaba el progreso de la humanidad en una perspectiva histórica de largo alcance y en un amplio contexto cósmico. Esta visión hacía que considerara los logros del hombre como incidentes locales, reversibles y relativos en el mundo natural. Pese a ser pragmatista, no podía compartir con el pragmatismo el optimismo en un futuro más prometedor. Y sin embargo legó, mudando su optimismo en lúcido escepticismo, algunas valiosas lecciones que merecen atención.
Sus reflexiones acerca de la esfera social solo pueden ser cabalmente apreciadas, como el resto de su obra, desde una lectura y una comprensión extemporáneas. Las reflexiones de Santayana resultan plenamente coetáneas precisamente por el hecho de ser extemporáneas o, lo que es lo mismo, son tan vigentes como lo pueda ser cualquier obra clásica. Y por ello, sus juicios, por ejemplo, acerca de la democracia están formulados con la misma libertad, distancia y fina ironía con los que elaboró sus teorías acerca de cualquiera de los problemas filosóficos.
El compromiso social de Santayana al elaborar estas obras no es, pues, de distancias cortas, partidista, reactivo o proactivo a alguna causa o movimiento de la época. Al contrario, resulta un compromiso intelectual desasido, irreverente hacia esas falsas autoridades que legitiman las explotaciones o dominaciones, y los juegos y abusos de poderes o potestades de unos sobre otros. Así, Santayana es capaz de desenmascarar la farsa del traje invisible del emperador, mientras otros adulan su factura. De la misma manera, es capaz de cuestionar no la democracia, sino los déficit y miserias de una democracia siempre por reinventar, mientras otros la deifican y frenan, así, su necesario curso hacia la mayoría de edad.
TRES ESTADIOS DE LA SOCIEDAD
La crítica que Santayana elabora acerca del industrialismo se entiende, pues, en el marco de su filosofía social. En ella distingue 3 tipos de sociedades diferentes, a las que corresponden gobiernos determinados, y que se despliegan históricamente en los estadiosnatural, libre e ideal.
La sociedad natural tiene como objetivo proteger al individuo y permitir aquellas condiciones necesarias para el ejercicio de la libertad, como una cierta estabilidad, continuidad y seguridad vital. Las sociedades naturales pueden ser relativamente simples y espontáneas, como la familia y la nación, o complejas y estructuradas jurídicamente, hasta alcanzar el caso límite del Estado.
La sociedad libre, aunque encuentra sus bases en la sociedad natural, tiene sus propias metas ideales. El pasaje de un tipo de sociedad natural a un tipo de sociedad libre no representa necesariamente un salto, ni la frontera que las separa está siempre bien definida; sentimientos como la camaradería, la amistad o la simpatía pueden propiciar el tránsito.
La sociedad libre encarna el modelo (en el sentido platónico) de las relaciones sociales. Situada en el espacio y el tiempo, compuesta de personas de carne y hueso, sujeta a las contingencias de las circunstancias, la sociedad libre está tejida por hechos, dotados de valor y de sentido. Así, con una afirmación que hoy debería servir como lección y como telón de fondo frente a la actual inflación de discursos mediáticos sobre la cuestión de la inmigración y la consiguiente producción de miedo al otro, Santayana sostiene: «Hay sociedad allí donde nadie es un intruso». Y ofrece un claro ejemplo de universalismo cosmopolita al brindar una aproximación a la felicidad humana entendida como vinculación social, esa idea que procura materializarse en la creación y promoción de redes de solidaridad humana.
Por su parte, la sociedad ideal representa los productos arquetípicos de la sociedad. Poblada de símbolos como está, constituye por sí misma un universo de discurso. Las esferas del arte, de la religión y de la ciencia configuran las 3 grandes sociedades ideales a las que se puede pertenecer. Cada una de ellas está al servicio de un ideal particular: la belleza, la excelencia y la verdad, respectivamente.
La tipología de la sociedad así esbozada tiene sus correspondientes formas de gobierno. Santayana acepta la coexistencia de formas políticas y sociales, de instituciones y culturas heterogéneas y alternativas. Por eso, arremete frontalmente contra la uniformización que deriva de las exigencias del industrialismo, que en su desarrollo más extremo dará lugar a lo que recientemente se llamó pensamiento único.
Así, el industrialismo queda sometido al tribunal de la razón, de manera que «el juicio formidable que debe afrontar el industrialismo es el de la razón, la que exige que el aumento y la especialización del trabajo se justifiquen con beneficios que se concreten verdaderamente y se den en individuos. La riqueza debe justificarse con la felicidad. Alguien debe vivir mejor por haber producido o disfrutado de esas posesiones. Y no viviría mejor, aun concediendo que las posesiones constituyen ventajas en sí mismas, si debiera adquirirlas a un precio demasiado alto o anularan otras oportunidades o beneficios superiores».
CONTRA LA BARBARIE DE MASAS
En su análisis de la civilización y de la cultura, Santayana no considera que lo más inconveniente sea el privilegio de unos pocos, sino la masificación de todos. Santayana abomina ese fenómeno emergente, derivado de la industria (entendida no solo como sistema –económico, cultural–, sino como forma de vida), identificado como cultura de masas que para él no es más que un sinónimo de la «barbarie de masas».
La legitimación de la diferencia o de la desigualdad (en cuanto diversidad y jerarquía) no posee un carácter abstracto, al contrario que la pretensión de igualdad absoluta y universal, sino que se atiene a la ley natural que dictamina que cada vida es más plena cuanto más fiel permanece a su forma y grado de existencia que le es propio. Pero Santayana no quiere apoyar un privilegio que imponga sufrimiento a los más débiles. Según él:
[La sociedad occidental] ha puesto en manos de los hombres ricos facilidades y lujos con que éstos juegan sin alcanzar ninguna dignidad o auténtica magnificencia en su vida, en tanto que los pobres, si materialmente gozan de mayor confort que en otro tiempo, no son por ello notablemente más sabios o dichosos. Se ha sacrificado la distinción ideal de los mejores individuos al aumento de las comodidades materiales para los peores. Como dijo Emerson, las cosas manejan las riendas y cabalgan sobre la humanidad. Los medios suplantan a los fines, y la civilización, cuando menos se piensa, retrocede a la barbarie.
Al señalar esta lógica perversa, la lógica de acumulación sin freno del capital que invierte y subvierte fines y medios, Santayana ya advertía claramente (¡hace 100 años!) de los límites del crecimiento y del desarrollo industrial, y alertaba acerca de la hybris, de la desmesura en la que el hombre permanece cautivo:
Existe un irracional impulso creador, un goce en la novedad, en el progreso, en derrotar a los demás hombres, o como se dice, en batir el record. También hay cierta fascinación en ver cómo el mundo entrega antiguos secretos, obedece a los halagos del hombre y asume formas inusitadas.
Santayana coincidía, en cierta manera, con la crítica que Heidegger hiciera acerca del gigantismo en La época de la imagen del mundo. Y por tanto afirmaba:
El edificio más alto, el vapor más grande, el tren más rápido, el libro que alcanza mayor circulación, tienen en Norteamérica, claros títulos al respeto. Cuando no se han discriminado todavía las legítimas funciones de las cosas, es natural que lo superlativo, en cualquier dirección que sea, parezca admirable.
MATERIALISMO IRRACIONAL
¿Es necesario señalar ejemplos de última hora acerca de lo que sugiere el pensador? Quizá baste con mirar el propio paisaje urbano, convertido en una suerte de parque temático, para mostrar un ejemplo de su descripción:
Pero, repetimos, las numerosas posesiones, si no vuelven mejor al hombre, se supone que aumentan, al menos, la felicidad de sus hijos; y esta patética esperanza es la que instiga muchos esfuerzos. Un materialismo experimental, espontáneo y divorciado de la razón y de toda utilidad se confunde también en ciertas mentes con los deberes tradicionales; y no falta tampoco una escuela de hierofantes que lo convierta en una especie de religión y lo llame tal vez idealismo. En todo esto aparece más visible el impulso que la finalidad, la imaginación que el buen juicio; pero resulta grato por el momento prodigar invenciones y esfuerzos y dejar que el futuro pague la cuenta.
Ese futuro que hoy es presente y que ya pasa elevadas facturas, acompañadas de ruido y de furia.
Casi medio siglo después de La vida de la razón, Santayana ofrece en Dominaciones y potestades (1951) un magnífico precedente de una idea que después aparece desarrollada en una distopía de última generación como Informe Lugano, de Susan George. Ahí dice:
Me describo a mi mismo, casi en las nubes, un Instituto Internacional de Economía Racional de múltiples pabellones, impecable en su arquitectura y equipo (...) Toda la fuerza y todo el saber para conducir el mundo por el recto camino: ¿Qué podría parecer más satisfactorio?
Imagen que sin duda evoca al conjunto de los cuasitodopoderosos organismos transnacionales rectores de la economía mundial en la actualidad.
Santayana finaliza esta obra recordando la futilidad de los análisis contrafácticos: el escenario de lo que podría haber sucedido en caso de concurrir un conjunto de circunstancias que no se han dado, dando lugar a futuribles o futuros posibles. Pero también acaba advirtiendo contra el fatalismo programado (R. Williams) y la irresponsabilidad organizada (U. Beck) en forma de capitalismo desaforado. Y aquí sobresale el maestro pensador de fondo, contradictorio, extraordinario, capaz de escribir, hace 50 años, pasajes como el siguiente, de tremenda actualidad, que interpelan directamente a la especie humana en las decisiones que habrá de tomar sin más dilación para encontrar la salida en las encrucijadas del laberinto:
Los frutos de la aventura monopolista y de las incesantes invenciones mecánicas habían danzado, en Norteamérica, ante los ojos de la ambiciosa juventud y de los viejos capitalistas; era un mundo en progreso y no se consideraban ulteriores repercusiones y consolidaciones. La militancia del comercio y de la reforma política parecían vitales y casi normales, y sin duda prestó al crecimiento de la industria y de la riqueza en el siglo XIX una rapidez y brillantez que pareció a los contemporáneos un bien sin mezcla, que debía ser perseguido e intensificado para siempre. (...) Tan sólo ahora, la multiplicación de las máquinas se ha convertido en una pesadilla, la propaganda omnipresente en una plaga, el proletariado excesivamente crecido en un tembladeral bajo los pies de los ricos, y la jerarquía de las ocupaciones en una regresión a cierta forma de servidumbre. En Europa, se percibe esta tragedia del comercialismo; en América, parece oírse su lejano tronar, aún invisible, más allá del horizonte.
Ese lejano tronar cada vez resulta más cercano.
(1) Véase en la edición: George Santayana. La vida de la razón o fases del progreso humano. Madrid, Tecnos, 2005. Adaptación, introducción, notas y anexos de José Beltrán Llavador. En la sección de Máximas y aforismos de esta edición se recoge, entre otras, la siguiente cita: «Aquella ‘economía del productor' que empezaba a prevalecer en Estados Unidos y que comienza por crear los artículos y procura después estimular su demanda, economía que ha inundado el país de artículos alimenticios de desayuno, jabones de afeitar, poetas y profesores de filosofía».
Para ampliar la información sobre el autor puede verse, entre otras, la monografía:
- José Beltrán Llavador: Celebrar el mundo. Introducción al pensar nómada de George Santayana. Valencia, Universitat de València [Biblioteca d´estudis nordamericans Javier Coy], 2002.
- Recientemente se ha publicado del autor su autobiografía en un solo volumen:
George Santayana: Personas y Lugares. Madrid, Trotta, 2002.
- Con motivo del centenario de su muerte, se publicó un número monográfico con rescates del autor y artículos sobre su obra:
Teorema. Revista Internacional de Filosofía, vol. XXI/1-3, 2002.
Esta misma revista incluye, desde 1996, una separata denominada “limbo”, boletín de la Cátedra Jorge Santayana.
- La Cátedra Jorge Santayana, a cargo de Manuel Garrido, ha impulsado la edición en los últimos años algunas de sus obras:
Interpretaciones de poesía y religión. Madrid, Cátedra, 1993.
Tres poetas filósofos:Lucrecia, Dante, Goethe. Madrid, Tecnos, 1995.
Diálogos en el limbo. Madrid, Tecnos, 1996.
El sentido de la belleza. Madrid, Tecnos, 1999.