La incertidumbre, el perfecto combustible de la apisonadora ecológica neoliberal

¿Guerras del agua?

Colaboración

Un mundo donde disminuyen los riesgos pero proliferan los peligros, por Francesc Jesús Hernàndez i Dobon

Una vieja crítica al industrialismo, que increpa con fuerza al presente, por José Beltrán Llavador

Entrevista:

Ana Esther Ceceña, economista
«Hay lucha contracultural que cuestiona la apropiación tecnológica de la naturaleza»


 

* Integrante del Departament de Sociologia i Antropología social. Universitat de València

Página del autor

Enlaces para ampliar el tema

Ensayos sobre recursos naturales de Ana Esther Ceceña, economista.

«El levantamiento zapatista ha impedido que Chiapas estuviese ya en manos de las transnacionales». Entrevista a Ana Esther Ceceña en La Fogata Digital.

Revista Sin permiso. Artículos de ecología.

Ecología política. Naturaleza, sociedad y utopía.

Tiempo para la vida. La crisis ecológica en su dimensión temporal, por Jorge Riechman (PDF).

Sección ecología de la revista La Insignia.

Ecologismo: una fuerza política, entrevista a Noam Chomsky.

Medio Ambiente: Enfoque ético-religoso.

Los actuales desafíos de la ecología política, por Jean Zin.

Informe reducción del riesgo a desastres: un desafío para el desarrollo.

Medio Ambiente On Line


 

 

LA CONTAMINACIÓN COMO DOMINIO DEL ESPACIO SOCIAL

Un mundo donde disminuyen los riesgos pero proliferan los peligros

 

Las últimas décadas evidenciaron la capacidad humana de convivir con acumulaciones ingentes de contaminación. Los peligros medioambientales permanecen latentes pese a que las tecnociencias han argumentado la posibilidad de revertir situaciones indeseadas. Así, cobra fuerza la idea de que están en el origen mismo de los riesgos modernos. La política, por su parte, se muestra paralizada.


Francesc Jesús Hernàndez i Dobon*
francesc.j.hernandez@uv.es

 

Desde mediados del siglo XIX, el análisis de la sociedad aportó una explicación de cómo la dinámica de la producción acaba determinando el mundo de la vida. El obrero estaba obligado a trabajar más tiempo o más intensamente, y tal dominio sobre el tiempo se traducía en una aportación de valor a la mercancía. A la pregunta principal de la Economía –¿cómo se genera la riqueza?– los estudiosos contestaron: dominando el tiempo, extensiva e intensivamente. El valor, en esa explicación, siempre aparecía como una magnitud positiva: se conseguía más valor añadiendo valor. En el siglo XX emergió una explicación complementaria: se consigue más valor, eliminando valor-negativo. Esto justamente es la contaminación, un residuo indeseado del proceso de producción que se escamotea.

Sin embargo, nada desaparece y es perceptible el daño que genera la contaminación: domina el espacio social. En ese sentido, de manera semejante a como la producción de valor en el siglo XIX era asociada al dominio del tiempo social, en el siglo XX la producción de valor está asociada al dominio del espacio social. Y también de manera semejante al siglo XIX, igual que se distinguía entre dominio extensivo o intensivo del tiempo social, es posible hablar de dominio extensivo o intensivo del espacio social, es decir, más contaminación o más peligrosa.

Así, las últimas décadas evidenciaron la capacidad humana de convivir con acumulaciones ingentes de contaminación: vertidos en ríos, polución atmosférica, residuos industriales, etcétera. Las tecnociencias han argumentado la posibilidad de revertir tales situaciones y algunas empresas aprovecharon las oportunidades brindadas por la moda del prefijo eco. Pero en los últimos años también han aparecido peligros medioambientales irreversibles, frente a los que no sólo las empresas sino incluso los gobiernos se muestran incapaces.

Chernóbil es el paradigma de los peligros de la sociedad actual: en primer lugar, su daño es incalculable. No hay acuerdo en fijar el número de víctimas, el número de personas heridas, la compensación económica equivalente... Y ello, en buena medida, porque el daño es indeterminable: se sabe cuándo empieza –el punto exacto, el segundo preciso–, pero nunca cuándo concluirá el perjuicio –hasta dónde llega la radiación, a qué descendiente afectará. Además, el peligro resulta imprevisible; lo que significa que la distinción clásica entre ciencia-teórica y técnica-práctica, entre investigación y aplicación, se borra por las exigencias productivas. El sistema productivo desarrolla técnicas y comercializa productos cuya inocuidad no está garantizada, con la ingenua creencia de que si surge algún problema podrá solucionarse: ahí está el agujero de la capa de ozono para refutarlo o las centrales nucleares que almacenan cientos de toneladas de residuos de alta actividad sin que nadie sepa qué hacer durante... ¡Cientos de miles de años!.

Siguiendo el análisis de Ulrich Beck, los peligros hoy también resultan inimputables, es decir, ¿quién responde por el daño causado? La ciudadanía percibe cada vez más que vive en una especie de irresponsabilidad organizada. Lo dicho sobre la industria nuclear sirve también para la producción de sustancias que combinan moléculas orgánicas con elementos halogenados o para la ingeniería genética. En todos estos casos, además de los eventuales daños incalculables, indeterminables, imprevisibles e inimputables, también hay agentes patógenos imperceptibles (nadie puede advertir que está siendo irradiado o que inhala dioxinas o que se produce en él una mutación o que está sometido a un campo electromagnético), que alimentan procesos cíclicos (los residuos nucleares se reprocesan para formar nuevo combustible, productos genéticamente modificados para producir nuevos productos que se modificarán, etcétera).

La paradoja, en este punto, es contundente: es posible minimizar los riesgos (es decir, disminuir la probabilidad de un daño) y, al mismo tiempo, hacer proliferar los peligros (generar más posibilidad de padecerlo). Las tecnociencias prometen mayor seguridad mientras crece la sospecha de que más bien son parte del problema, no de su solución. La política, paralizada ante lo que se avecina, representa un espectáculo patético: ministros bañándose en aguas con plutonio, haciendo cociditos con caña de vacuno o zampándose un bocadillo ante las cámaras. La ciudadanía comienza a advertir que la contaminación ya no está en la montaña de ganga, junto a la boca de la mina, o en el penacho de la chimenea o aguas abajo del río, sino aquí mismo. El propio espacio, incluso más allá de lo que es posible percibir, está colonizado. Y que el único tiempo y el único espacio libre que queda está en los anuncios de automóviles, de yogurts o de campos de golf.

 

 

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